Francisco Barrios

Archive for 2019|Yearly archive page

David y yo

In Off on 19/02/2019 at 08:14

Mi rockero favorito es David Bowie. Es también una de mis personas favoritas. Creo que era un genio y, además, siempre que daba entrevistas o hacía declaraciones, era acertado. Cuando le hicieron el famoso Cuestionario Proust, a la pregunta: ¿Cuál es su idea de la felicidad? Contestó: Leer. En otra entrevista confesó que no se tomaba un trago: “¿Por qué?” “Porque soy alcohólico”. Y en otra le preguntaron que qué otra cosa hubiera querido ser sino hubiera sido músico. “Profesor” contestó. La única otra cosa que yo hubiera querido ser sino fuera profesor y escritor es rockero.

En un sueño que quiero tener le doy clase a Bowie.

La caravana

In Off on 14/02/2019 at 08:31

Me encanta manejar por carretera. Estoy pendiente del carro que va adelante y del que va detrás, como toca, y cuando caigo en cuenta de que voy detrás de un carro hace un buen rato y de que estamos sincronizados en la velocidad porque no siento el impulso de sobrepasarlo, decido que la persona que lo va manejando me cae bien. No lo pienso, lo siento, ese es el punto. Supongo que creo, sin ser consciente de ello en el momento, que si me gusta la velocidad a la que va es porque es alguien que en algo se parece a mí o, al menos, estamos de acuerdo en la velocidad a la que se debe conducir. Supongo también que extrapolo: estaremos entonces de acuerdo también en nuestra percepción del mundo, ¡y tal vez hasta en nuestras convicciones más profundas, por qué no! Y cuando el carro toma un desvío para seguir su camino, que no es el mío, me despido triste.

El fin del mundo

In Off on 12/02/2019 at 08:46

A veces no estoy seguro de cuál es el número telefónico de mi trabajo y ocasionalmente  dudo del número de mi celular. No importa: los puedo mirar en el celular. Y si voy solo en el carro y me incomoda el silencio -me entristece- pues pongo música; radio no, Spotify: mis listas con mi música que ya conozco. Si extraño a alguien, antes de que me pegue su ausencia, le pongo un mensaje por WhatsApp o Messenger, y si quiero saber cómo es Katmandú o Capadocia, pues lo miro en Google Maps. Y es como si la memoria, la añoranza, la nostalgia y la curiosidad se estuvieran acabando. No es algo que me preocupe ni me alegre. Me produce curiosidad. ¿Cómo sentiremos en 50 años? ¿Nos inventaremos palabras para describir emociones nuevas? ¿Cómo será la vida sentimental de los que están naciendo hoy?

Las tapas

In Off on 08/02/2019 at 08:31

En la Escuela Primaria siempre hay un niño que cambia las tapas de los bolígrafos. Al comienzo del año a todos los niños les dan un bolígrafo azul y uno rojo, y cada uno cumple una función. Son objetos importantes en la vida de un colegial. Y siempre hay un niño que le pone la tapa roja al bolígrafo azul y la tapa azul al rojo. Apenas lo hace, se siente muy ingenioso y así los deja. A unos pocos les gusta esa pequeña rebeldía, ese cambio del parámetro -ni siquiera es una regla. Un solo niño lo imita; los otros lo admiran un poco, pero no se van a copiar porque no serían originales; ya tendrán que encontrar otras formas de serlo, de hacerse notar. A la otra parte del curso le parece una tontería desagradable; esos son los juiciosos y ordenados. Su vida será buena. Las profesoras se molestan y quisieran decirle que no cambie las tapas, pero es una nimiedad que revelaría su propia neurosis. El niño que cambia las tapas deja de sentirse orgulloso con el tiempo porque se volvió su “marca”. Pero las deja así, aunque se lo reprocha a veces: “Ni siquiera se ve chévere. Me tiré todo”. Y además, a veces se equivoca de bolígrafo y daña la tarea. Yo sigo siendo ese niño que cambia las tapas de los bolígrafos.

La ciudad secreta

In Off on 05/02/2019 at 10:05

     El fin de semana pasado fui de visita a Nueva York porque estoy viviendo a un par de horas de allí y por supuesto que está imposiblemente cara (como ya lo estaba hace veinte años, cuando me fui). Lo mismo pasó con Barcelona después, pero en ese caso mis amigos y yo vivimos en directo el tránsito de una ciudad estudiantil en pesetas del siglo XX a una ciudad turística en euros de nuestro hiperconsumista siglo XXI. A veces fantaseo con vivir en París –un año, digamos– pero sé que es imposible hacerlo como quisiera. No soy rico, pero tampoco estoy como para pasar penurias de estudiante a estas alturas de la vida. Y todos sabemos que las ciudades se encarecen, primero, por la industrialización, pero después se gentrifican del todo y se vuelven invivibles cuando se ponen de moda por culpa de los artistas pobres que alguna vez vivieron en ellas. París es cara por ser la sede de gobierno, claro, pero lo es también por los impresionistas, por Baudelaire y por Picasso; Barcelona le debe su carestía a las Exposiciones Universales de 1888 y 1929, pero también a los escritores del Boom latinoamericano; Nueva York es Wall Street y es la ciudad de Trump, claro, pero también se encareció por culpa de Capote, Warhol y Basquiat, entre otros. Y ahora me pregunto, ¿cuál es la ciudad que se está incubando ahora y que en 25 años será imposiblemente cara por lo chic? A veces pienso que es Montreal y pienso en Xavier Dolan, en el Cirque du Soleil y en Arcade Fire, pero creo que su largo invierno la hace inviable para ponerse muy de moda. ¿Es Berlín entonces, como se viene anunciando hace más de 20 años y como lo intuyó David Bowie hace 40?

Ideas

In Off on 01/02/2019 at 09:26

“People ask me, ‘Don’t you ever run out of ideas?’ Well, in the first place, I don’t use ideas. Every time I have an idea, it’s too limiting and usually turns out to be a disappointment. But I haven’t run out of curiosity’.”

Robert Rauschenberg

Escribe borracho, edita sobrio

In Off on 31/01/2019 at 09:09

El alcohol relaja al principio y mejora la concentración. En la siguiente etapa disuelve las inhibiciones y causa euforia. En exceso, produce depresión o agresividad, y uno puede ver las cosas de una forma fatalista. Y si uno se emborrachó, al día siguiente se siente enfermo y se torna susceptible a cualquier estímulo sensorial. Todos conocemos este cuadro clínico y hemos visto sus efectos sociales, pero, ¿qué pasa cuando hablamos de escribir? Ahí es que se pone bueno. La relajación inicial le permite a uno tener claridad sobre una idea -una frase, una imagen- de la que bien puede salir un texto; la euforia le permite a uno empezar a escribir en un impulso con seguridad y alegría; la fase depresiva ayuda con lo de melancólico o evocativo que pueda tener el texto y, aunque es mejor no emborracharse porque en la fase final uno puede tener el impulso de borrarlo todo, al día siguiente uno mismo es su crítico más severo: lo realmente bueno se queda y lo que no lo es no sobrevive a la resaca. Por eso el alcohol es el vicio de los escritores; Hemingway fue el que dijo alguna vez la frase que da título a esta entrada, la única vez en que García Márquez perdió los estribos mientras escribía Cien años de soledad fue un día en el que no había whisky en su casa. Y así…

Los Vaccaro

In Off on 29/01/2019 at 08:31

Cuando era niño no me perdía un programa que se llamaba “Esto es Hollywood”. Hollywood me fascinaba y me gustaba presumir de saber mucho de cine. Tal vez en ese programa oí nombrar a Brenda Vaccaro. Un día leí en una crónica de Truman Capote que la dueña de la United Fruit Company, la compañía bananera de Cien años de Soledad -que ahora se llama Chiquita– era la familia Vaccaro de Nueva Orleans, que no tiene ninguna relación con la actriz. Pero yo me imagino luciéndome en una conversación al decir: “Claro, hombre. Brenda Vaccaro. Ella era de los Vaccaro de Nueva Orleans. Los dueños de la United Fruit Company. La del Urabá”. Esa conversación nunca sucederá porque es una mentira.

Azul

In Off on 25/01/2019 at 09:29

Ella solo sabía montar a caballo y enseñar matemáticas. Y era excelente en las dos. La conocí en mi trabajo hace muchos años. Me acompañaba a fumar en el basurero del colegio. Me fascinaba su cara. En esa época yo iba a una piscina a nadar y por esos días también descubrí el Unplugged de Soda Stereo. Me encantó la versión acústica de “Pasos” (los había oído en mi adolescencia, claro, pero dejé de hacerlo por más de diez años porque habían dejado de gustarme). Salía del trabajo, en donde había pasado un rato del día con ella, iba a la piscina y, en el momento en que me sumergía, se me venía a la cabeza “Pasos”, su cara y el color azul, que copaba mi imaginación. Todo al tiempo de repente, duraba unos segundos y me pasó por muchas semanas. Después sacaba la cabeza del agua y nadaba pensando en otras cosas.

Un señor

In Off on 24/01/2019 at 09:29

Se termina el primer semestre en mi nuevo trabajo y hay una reunión de todos los profesores en la que los directivos hacen un recuento de lo importante. Al final abren el foro. Habla una persona, luego otra; hacen reconocimientos y dan las gracias. Empieza a hablar una tercera persona y entonces siento que tengo que dar las gracias por este semestre. Soy el mayor de mi cohorte, nadie me ha pedido que lo haga, no lo hago por quedar bien y sé que hacerlo no me va a hacer sentir bien ni mal. Simplemente, debo hacerlo. Sé que para mis jóvenes colegas es un alivio sentir que ninguno de ellos tiene que hacerlo porque para eso estoy yo. Me pongo de pie y doy las gracias en inglés delante de más de cien personas a las que apenas conozco. Soy un señor.

Dementes

In Off on 22/01/2019 at 14:15

“Dice que es extraño, si te paras a pensarlo, que personas normales, inteligentes, puedan creer en algo tan insensato como la religión cristiana, algo del mismo género que la mitología griega o los cuentos de hadas. En los tiempos antiguos, se puede entender: la gente era crédula, la ciencia no existía. ¡Pero hoy! Si un tipo creyera hoy en día en historias de dioses que se transforman en cisnes para seducir a mortales, o en princesas que besan sapos que, con su beso, se convierten en príncipes encantadores, todo el mundo diría: está loco. Ahora bien, muchas personas creen en una historia igualmente delirante y nadie les toma por dementes.”

El Reino, Emmanuel Carrère (Anagrama, Madrid: 2015)

El bómper

In Off on 18/01/2019 at 08:35

Un día estaba dando reversa en el garaje de un edificio en Bogotá. Sabía que el espacio era muy estrecho y que posiblemente le pegaría a otro carro, así que lo hacía con mucha cautela. Un par de residentes se bajaron de su carro en el momento en el que toqué a otro carro con el bumper del mío. Ni pensé en bajarme. Solo di marcha adelante. Pero cuando vi que los del otro carro se acercaron a ver el daño que le había hecho al carro, pues me bajé. Frotaron el bumper del otro carro como para ver si debajo del polvo había algún daño irreparable. ¡Por supuesto que no! El bumper es para eso. Y lo escribo en inglés para recordar el origen del término: del verbo to bump: chocar con, topar. Y esa es otra de esas reacciones automáticas en Colombia; a alguien se le ocurrió que era así y entonces, si uno toca a otro carro, hay que bajarse a ver. Para eso se hicieron los bumpers: para reducir el impacto de los golpes y, en el caso de un leve toque, para que no afecte a los carros en lo más mínimo. Y su traducción correcta es guardabarros o guardafangos, pero aquí adoptamos el término sin saber su significado y, por lo tanto, su uso.

La civilización

In Off on 17/01/2019 at 08:13

Por la Avenida Diagonal de Barcelona, a la altura del Paseo San Juan, hay una glorieta mal señalizada en la que convergen los carros a alta velocidad. Un conductor decidió cambiar de carril antes de llegar a la glorieta y al hacerlo cerró al carro de atrás, que por poco lo choca. Los dos autos frenaron y del carro de atrás se bajó la mujer que iba de copiloto. Se acercó a la ventana del conductor imprudente, ese que casi los hace matar, y con las manos siempre cruzadas en su espalda a la altura de la cintura, lo insultó a gritos de la peor manera. Pero nunca se acercó demasiado al vidrio, nunca hizo el menor gesto de agredirlo físicamente, ni siquiera de golpear el carro. Vi esa escena hace más de diez años. Pasaron tres mil para llegar a eso: la civilización.

Comemierdas

In Off on 13/01/2019 at 11:06

Vamos con unos amigos a un restaurante que, les digo yo, es muy bueno. Es de esos restaurantes de barrio que no son de “corrientazo”, pero que tampoco tienen vinos en la carta. Es, digamos, en el que almuerzan los jefes de las oficinas, no los empleados. Nuestra orden se tarda, el servicio es malo y la comida mediocre. Nada raro. Pero aquí está el asunto: es caro para lo que ofrece; digamos que los platos fuertes son 10 mil pesos más baratos que los de un restaurante realmente bueno. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que vive repleto y tiene buena fama. Y eso me hace pensar que así somos los colombianos: aceptamos por bueno algo que no lo es. Alimentamos reputaciones inmerecidas, lo mediocre. ¿Por qué?

The Blues

In Off on 12/01/2019 at 09:16

https://www.brainpickings.org/?s=blue