Francisco Barrios

Escribe borracho, edita sobrio

In Off on 31/01/2019 at 09:09

El alcohol relaja al principio y mejora la concentración. En la siguiente etapa disuelve las inhibiciones y causa euforia. En exceso, produce depresión o agresividad, y uno puede ver las cosas de una forma fatalista. Y si uno se emborrachó, al día siguiente se siente enfermo y se torna susceptible a cualquier estímulo sensorial. Todos conocemos este cuadro clínico y hemos visto sus efectos sociales, pero, ¿qué pasa cuando hablamos de escribir? Ahí es que se pone bueno. La relajación inicial le permite a uno tener claridad sobre una idea -una frase, una imagen- de la que bien puede salir un texto; la euforia le permite a uno empezar a escribir en un impulso con seguridad y alegría; la fase depresiva ayuda con lo de melancólico o evocativo que pueda tener el texto y, aunque es mejor no emborracharse porque en la fase final uno puede tener el impulso de borrarlo todo, al día siguiente uno mismo es su crítico más severo: lo realmente bueno se queda y lo que no lo es no sobrevive a la resaca. Por eso el alcohol es el vicio de los escritores; Hemingway fue el que dijo alguna vez la frase que da título a esta entrada, la única vez en que García Márquez perdió los estribos mientras escribía Cien años de soledad fue un día en el que no había whisky en su casa. Y así…