Cuarentena 2

Tengo un buen trabajo que me mantiene ocupado y me entusiasma. Vivo en el campo en una casa preciosa con un gran jardín, vecinos amables y perros. Puedo ir a la ciudad cuando quiero y encontrarme con mis amigos y mi familia, pero lo único que me ilusiona ahora es pensar, en las tardes, que en pocas horas me iré a la cama. Y cuando me acuesto, me alegra pensar en el desayuno. Esa es la felicidad que me ha mostrado la pandemia.

Viajes de dolor

En la publicidad para los viajeros siempre aparecen dos categorías para los viajes: placer o negocios. Pero hay una tercera categoría: los viajes de dolor. Yo he hecho dos: al entierro de mi prima y al de mi sobrina, y creo que deberían agregar esa opción así: Motivo de su viaje: Placer/Negocios/Dolor

La frontera

La vida en la frontera es dura porque estamos sometidos por el clima. En las mañanas hiela, y entonces tomamos café muy caliente, endulzado con panela, en jarros de peltre. En las tardes, cuando cae el sol, llega el frío de la noche. En ese momento encendemos una fogata y comemos galletas y un estofado con una cuchara de palo. A veces hacemos aguardiente en el alambique, siempre con el sombrero puesto. Pero no hay vacas, ni indios, ni oro, ni pasto. No hay nada ni nadie más. Esa es la vida en la frontera.

fantasía

La familia

El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar una conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Después de eso no volví.