El criterio

Hasta hace unos años, debajo de algunos semáforos de Bogotá, había un letrero de tránsito que decía: Gire a la derecha en rojo con precaución. Me gustaba porque dejaba a criterio del conductor hacer el giro; lo reconocía como adulto. No quiero sonar como un viejo nostálgico porque no soy viejo ni nostálgico, no hace tanto tiempo que quitaron esas señales, y tampoco son un tema muy interesante, pero en medio de esta imbecilización en la que naufragamos, extraño esos letreros que un buen día desaparecieron.

Ella, los niños y yo

Hace un par de días estaba viendo algo en Youtube y en la ventana de recomendaciones me salió el programa de Stephen Colbert en el que entrevista a Jon Stewart. Colbert me divierte, y a Stewart lo admiro, pero en medio de la entrevista cada uno habló de “mi esposa y los niños” y me pareció tan pequeñoburgués, tan aburridor, tan decepcionante.

Prioridades

Estaba pensando en cómo hacer una analogía entre la fotografía y la escritura y se me ocurrió que podría desarrollarla por ejemplos: me gusta mucho ver y tomar fotos de edificios en ruinas, pero no me interesan las ruinas por sí mismas. Para nada. Me interesa la composición de las fotos de ruinas. ¿Cómo podría extrapolar eso a la escritura? Tal vez diciendo que no me interesa tanto contar historias como mostrar cómo cuento una historia, como quien expone el mecanismo de una máquina en vez de describirla (muy Nouveau Roman, tal vez. No sé…). Pero mientras que pensaba en eso vi sobre el lavadero de la cocina unos zapatos que me gustan mucho y que sería mejor que limpiara porque estaban muy sucios. Y no escribí ese texto porque me importó más limpiar mis zapatos.

Distopía

Paso frente a un almacén de telas al final de la tarde, cuando ya están cerrando, y veo una escena que me confunde momentáneamente: las luces del local están apagadas, pero todos los empleados siguen adentro, amontonados alrededor de alguien en un círculo y sin conservar el distanciamiento al que nos obliga el virus. No se mueven, pero hacen algo con las manos. Me detengo unos segundos y alcanzo a pensar que se trata de un robo o una celebración, pero entonces recuerdo que en la mayoría de los almacenes del país es una práctica revisar las carteras, las bolsas y los morrales de todos los empleados todos los días antes de salir para asegurarse de que no se robaron nada (rodeaban al vigilante, que hacía la requisa diaria). Pero, ¿y el respeto? ¿Los derechos del trabajador? ¿El Contrato social? ¡Por favor!, si Colombia ya era una distopía desde mucho antes de que el género se pusiera de moda.

Engallar un sándwich

Hablaba con un amigo de las opciones que hay cuando uno no quiere cocinar ni pedir comida a domicilio, y surgió entonces el tema de los sándwiches de cierto supermercado, que son más bien mediocres, “pero se pueden engallar”, dijo él. Y yo, que sabía perfectamente de qué hablaba, seguí la conversación como lo haría cualquiera. Engallar* un sándwich es mejorarlo tostando el pan, por ejemplo, o calentando el relleno por aparte, o echándole una salsa que no traía. Y sé que todo esto es una pequeña gran tontería, pero, ¿no es encantador también?

* Además del ave, en Colombia “gallo” es un extranjerismo adaptado del inglés gadget (dispositivo).