Karma

En esta vida soy profesor de colegio, escritor y miembro de una familia de la clase media bogotana, pero en otra vida fui un estafador consumado que engañó a mucha gente e hizo mucho daño. ¿Por qué lo sé? Porque cada vez que voy a pagar con mi tarjeta de crédito, me piden la cédula para confirmar mi identidad, porque cuando quiero comprar o alquilar algo, me piden referencias personales y laborales, porque cuando necesito tomar un seguro de vida o entregar una factura, me exigen la huella dactilar y, muchas veces, un documento impreso. Fui ese timador terrible en Calcuta o en Shanghái, en sus peores épocas, y por eso reencarné en Bogotá, Colombia, en el siglo XX.

Mis padres

Mis vecinos son una pareja en sus cincuentas. No sé nada de ellos porque son discretos, y así está perfecto. Pero el otro día subí por la escalera y cuando llegué a mi piso me di cuenta de que se acababan de bajar del ascensor. Cuando sintieron que les pisaba los talones, apresuraron el paso para entrar rápido y no tener que saludarme. ¿Por qué? Tal vez porque venían discutiendo, porque estaban hablando de algo interesante, o porque no querían. Qué groseros, pensé, y los saludé a sus espaldas. Tuvieron que contestar a regañadientes. Entré a mi casa muy satisfecho de mí mismo. En ese momento fui mi madre. Y entonces recordé todas las veces en las que yo no he saludado a alguien porque no se me ha dado la gana porque lo único que quiero es me dejen en paz. En ese momento fui mi padre.

La desatención

Me cuesta salir a la calle y empezar el día porque Bogotá no me parece interesante, no me pone melancólico y ni siquiera me divierte. Entorpezco mi quehacer para dilatar la salida (refundo las llaves o las gafas, no encuentro el tapabocas o los audífonos, le echo una última mirada a Instagram) hasta que la necesidad me obliga. Ya en la calle me animo un poco más, me hago más consciente de mí, y entonces me doy cuenta de que me he puesto una chaqueta del mismo color de los pantalones. Azul con azul. Verde con verde. Negro con negro. ¡No puede ser! Cuando no he caminado mucho, me devuelvo y me cambio, pero cuando ya voy lejos, arrastro con esa vergüenza, a veces todo el día.

Conductas de riesgo

El peligro para mí no está en caer en el alcohol y en las drogas, ni en pasar demasiado tiempo en las redes sociales, ni en ver porno o jugar videojuegos en exceso. Tampoco está en malgastar el dinero, viajar mucho o enamorarme. Todo eso lo hago, pero me sé medir. Mi temor es que me dé por colorear libros de mandalas, armar rompecabezas, remendar ropa, hacer arreglos innecesarios en la casa y ver fotos y leer revistas viejas sin parar, mientras hablo solo, como poco, no me visto y no salgo. Podría perder la vida así.

Las drogas duras

Dicen que dejar la heroína es casi imposible, pero parece que se puede con opiáceos, aunque son casi tan adictivos y dañinos. Pero hay esperanza (o por lo menos mucha literatura al respecto). La nicotina sí que es difícil de dejar, lo sé, pero se puede. Con el alcohol no parece tan difícil, y en cuanto a la cocaína y las drogas sintéticas, tengo entendido que aún no hay un consenso médico. Pero la glucosa, la cafeína y los analgésicos (Acetaminofén, Ibuprofeno y Aspirina), me parece imposible dejarlas, y de esa guerra interior ni hablemos.