Tres halagos

No me quejo de mi vida sentimental porque esta sido buena y he sido muy querido. Sin embargo, tengo un pequeño reparo: no he recibido demasiados halagos que pueda interpretar como piropos. Podría haber recibido más. Ahora bien, entre los pocos que me han dicho, ha habido tres que para mí son memorables. El primero vino de la madre de un antiguo compañero de colegio, una mujer muy elegante. Una vez, muchos años después de la época del colegio, fuimos juntos en mi carro a que alguien nos ayudara con un asunto familiar serio. En medio del viaje por una autopista que recorrimos de ida y vuelta, me soltó de repente: “Pacho, es que tú manejas a toda velocidad, pero, ¡perfecto! Una delicia”. El segundo vino de una estudiante adolescente: en el auge de la serie Dr. House, un día me dijo que yo me parecía a ese personaje. Y el tercero fue hace apenas un par de años. Una amiga, que es exitosa, inteligente y guapa, y a la que no veía hacía tiempo, me preguntó que si tenía novia en ese momento. Le contesté que no. A lo que respondió con candidez: “¡No puede ser! Increíble…”.

Desactivar cuenta

¿Cómo podrían las redes sociales desactivar las cuentas de los muertos si nadie más tiene su contraseña? Me lo pregunto porque me ha pasado, como a muchos, que me llega un recordatorio del cumpleaños de algún amigo que murió, o el servicio de correo electrónico autocompleta su nombre cuando uno empieza una lista. Y me resulta un poco macabro. Ahora bien, me preocuparía de veras si me llegara alguna notificación de su actividad reciente. P (que murió hace años) actualizó su foto de portada, por ejemplo.

Echar tinto

En Colombia, “echar tinto” quiere decir tomarse un café aguado en un vasito de plástico muy delgado que deja pasar el calor. En la calle hay muchos puestos en los que lo venden y, en este caso, se trata de algo que los transeúntes que van de camino al trabajo pueden hacer de prisa. Eso lo entiendo. A medias. Pero otra cosa es “echar tinto” en una tienda o cafetería. Es una nimiedad, pero es también algo que, creo, refleja muy bien nuestra identidad nacional: se trata de un café aguado, mal preparado; por lo general, está hirviendo, lo que no tiene ningún sentido, ya que uno se puede quemar, así que tiene que dejarlo enfriar; lo venden en vasos de plástico, a lo que le enciman un mezclador también plástico y un sobre de azúcar procesada (un horror ecológico y dietético). Y todo eso no sería tan amargo si Colombia no fuera un productor de excelente café. Ahora bien, desde finales de los 90 se ha venido imponiendo la costumbre de “tomarse un café”, como en cualquier sociedad civilizada, pero todavía hay mucha gente que insiste en “echarse un tintico”. Yo lo hice muchas veces, por supuesto, pero en algún momento entendí que el mundo en el que eso se hace tiene que acabarse.

Death Row Meal

Leí sobre una condena a muerte en los Estados Unidos y, como siempre, me aterró la idea de la pena capital. Para no pensar en eso, me surgieron las siguientes preguntas crueles e infantiles: Los condenados a muerte tienen derecho a pedir su última comida a la carta, ¿cierto?  ¿Qué tal si un condenado, para atrasar la ejecución, o solo para irritar a sus verdugos, pide algo súper complicado? “Quiero el áspic caliente de nécoras con cous-cous de mini mazorcas, receta de Ferrán Adrià”. ¿Qué hacen? ¿Cómo es la regla exactamente? ¿Puede ser una imitación del plato, o tiene que ser el original? ¿Lo hace el cocinero de la cárcel, o puede ser un chef?

Un burro

Tengo una alcancía de barro en forma de cerdo en la que solo meto monedas de 500 y de 1000 pesos colombianos (10 y 20 centavos de dólar, aproximadamente). Salgo a la calle y gasto en cosas que no necesito, pago con billetes, y, tan pronto llego a mi casa, meto en la alcancía el cambio que me dan en monedas. Y cada vez que lo hago, siento que estoy ahorrando una fortuna, que soy un zorro con la plata.