Debo salir de mi casa todos los días antes de las 6 a.m. para poder llegar a mi trabajo a las 7. Me demoro más de una hora en recorrer diez kilómetros que, de no ser por la densidad del tráfico, recorrería en 15 minutos a velocidad promedio (60 km/h). El problema es que todos los colegios del norte de Bogotá empiezan clases entre las 7 y las 7:30 a.m., al igual que los colegios y universidades del resto de la ciudad. A las 9 somos muy productivos, pero a las 5 de la tarde ya estamos agotados en buena medida por habernos levantado antes de las 6 de la mañana. ¿A quién se le ocurrió eso de la clase de 7? ¿Al que madruga para que Dios le ayude? Y ese tipo de prácticas absurdas abundan y la gente cree que son muestras de eficiencia y empeño. No. Son muestras de insensatez, estupidez e ineficiencia. De ahí el mito de que «los colombianos somos muy camelladores”. No, no lo somos. Lo que pasa es que nos tardamos el doble de tiempo en hacer las cosas porque no tenemos sentido común ni método. He trabajado en Europa y en los Estados Unidos y no: los colombianos no somos más trabajadores que la gente de otros países. Solo somos más brutos.
But if the West
But if the West is a place of privilege, people suffer differently there too. Exempt from many of the relentless physical and social obligations necessary in a traditional life for survival, they become spoiled and fragile like overbred dogs; neurotic and prone to a host of emotional crises unknown elsewhere.
Jason Elliot, An Unexpected Light – Travels in Afghanistan (London: Picador, 1999)
Las cosas que se pierden
Toda la vida se me han perdido cosas. Desde niño. A veces, cuando evoco mi infancia, recuerdo con una mezcla de ternura y vergüenza tantas veces en las que tenía en mis manos algún objeto bello y mi madre me decía: “No lo vayas a botar”. ¡Como si fuera mi culpa! No me interesa ahora la explicación psicoanalítica de las pérdidas, que es cierta (que son actos fallidos, que es rechazar lo que se quiere, que es buscar el regaño, etcétera). Me interesan el accidente, la suerte de esos objetos. ¿Cómo así que “se pierden”? ¿Es que se van a un lugar que está en otra dimensión? ¿Qué pasa en el instante en el que uno los pierde de vista y se pierden en esta realidad? ¿Es que acaso se desmaterializan? ¿Cambian sus propiedades por unos segundos y para siempre?
Hampa imaginaria
Alias “Mosca ciega”
Alias “Huevo’e sangre”
Alias “Perro triste”
Alias “Payaso muerto”
Alias “Sutileza”
Alias “Lo terrible”
La estupidez
Terrazas de Cantabria es un feo conjunto cerrado de apartamentos cómodos y ordinarios en el barrio de clase media en el que vivo en Bogotá. Es un barrio seguro. Nadie robaría ese conjunto porque las varias casas son contiguas y visibles entre sí. Además, no es lujoso, así que nadie se esperaría un gran botín, y, sobre todo, porque queda en una calle cerrada, lo que le ofrece aún más seguridad (es fama que los ladrones no roban en calles cerradas porque son una trampa). Paso por ahí con frecuencia. Pues bien, no contentos con las rejas y el alambre electrificado que ya le habían puesto, ahora han cerrado el conjunto con una enorme puerta metálica sólida de color café oscuro, eliminando así la fachada y, por lo tanto, afeando la calle. ¿Será porque detrás de esa puerta se esconde Cantabria, la hermosa región del norte de España?
Pyongyang
Los ciudadanos de Corea del Norte viven convencidos de que su líder supremo es como un dios, de que no hay verdad más allá de lo que dice el partido, que tener hambre es normal y de que su país es una potencia mundial que puede ser atacada con misiles nucleares en cualquier momento. Ahora bien, nuestros sistemas, no por ser menos arduos son más reales.
Un logro
Después de treinta años de esfuerzo, puedo decir con orgullo que me he armado una vida feliz tan triste.