La desatención

Me cuesta salir a la calle y empezar el día porque Bogotá no me parece interesante, no me pone melancólico y ni siquiera me divierte. Entorpezco mi quehacer para dilatar la salida (refundo las llaves o las gafas, no encuentro el tapabocas o los audífonos, le echo una última mirada a Instagram) hasta que la necesidad me obliga. Ya en la calle me animo un poco más, me hago más consciente de mí, y entonces me doy cuenta de que me he puesto una chaqueta del mismo color de los pantalones. Azul con azul. Verde con verde. Negro con negro. ¡No puede ser! Cuando no he caminado mucho, me devuelvo y me cambio, pero cuando ya voy lejos, arrastro con esa vergüenza, a veces todo el día.

Conductas de riesgo

El peligro para mí no está en caer en el alcohol y en las drogas, ni en pasar demasiado tiempo en las redes sociales, ni en ver porno o jugar videojuegos en exceso. Tampoco está en malgastar el dinero, viajar mucho o enamorarme. Todo eso lo hago, pero me sé medir. Mi temor es que me dé por colorear libros de mandalas, armar rompecabezas, remendar ropa, hacer arreglos innecesarios en la casa y ver fotos y leer revistas viejas sin parar, mientras hablo solo, como poco, no me visto y no salgo. Podría perder la vida así.

Las drogas duras

Dicen que dejar la heroína es casi imposible, pero parece que se puede con opiáceos, aunque son casi tan adictivos y dañinos. Pero hay esperanza (o por lo menos mucha literatura al respecto). La nicotina sí que es difícil de dejar, lo sé, pero se puede. Con el alcohol no parece tan difícil, y en cuanto a la cocaína y las drogas sintéticas, tengo entendido que aún no hay un consenso médico. Pero la glucosa, la cafeína y los analgésicos (Acetaminofén, Ibuprofeno y Aspirina), me parece imposible dejarlas, y de esa guerra ni hablemos.

La imbecilidad

Bajo caminando por la Avenida 140 a las 7 de la noche, cuando hay más actividad y más estímulos sensoriales, y me deslumbra el destello azul de un televisor gigante que brilla en la habitación de un apartamento en un piso alto. Ni siquiera iba mirando para arriba. Y no, no todo se vale y a mí sí se me antoja que la gente que se compra un televisor gigantesco de alta definición para ponerlo en una habitación es imbécil y se merece mi reprobación.

Overbred Dogs

“But if the West is a place of privilege, people suffer differently there too. Exempt from many of the relentless physical and social obligations necessary in a traditional life for survival, they become spoiled and fragile like overbred dogs; neurotic and prone to a host of emotional crises unknown elsewhere.”

Jason Elliot, An Unexpected Light – Travels in Afghanistan (London: Picador, 1999)