Francisco Barrios

Contracorriente

In Off on 15/05/2018 at 09:33

Soy moderado por naturaleza y no por virtud, así que no me ufano de ser contestatario ni rebelde –apenas lo necesario, supongo. Pero en el Día de la Madre me fui a caminar solo al Páramo de Chingaza (no celebro esa fiesta porque mi madre murió hace años, pero igual la aborrecía cuando ella vivía). Salí temprano en la mañana y aún no había carros en las calles, lo que me permitió llegar rápido; en el Páramo había poca gente y los que estaban se veían todos amables y aventureros; en el sendero que cogí, apenas si me crucé con un par de caminantes. Fui feliz. Al salir, después del mediodía, tomé la vía de La Calera hacia Bogotá y, claro, en esa dirección no había carros. En la dirección contraria el trancón era de kilómetros y la gente se veía irritada e impaciente. Yo manejaba rápido y feliz oyendo Bob Dylan. ¿Cómo es posible que la gente se haga la vida miserable siguiendo unas costumbres ridículas y sin sentido? (No hablaré aquí de por qué el tal día de la madre es un cúmulo de imbecilidades e infelicidades). Ayer fui a contracorriente literalmente y me sentí pleno. Y por eso quisiera que más gente lo probara más a menudo. Porque eso es liberarse y educarse de verdad.

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Dar papaya

In Off on 09/05/2018 at 08:45

Ayer en la tarde pasé por la estación de Trasmilenio del Parqué Alcalá y “me recibió” una banda papayera de policías bachilleres frente a la taquilla. ¿Qué hacían ahí? ¿Animar? ¿Prevenir el delito? Estorbaban el acceso de los usuarios. Subí por el puente peatonal; en los barandales de las rampas hay vendedores ambulantes que dificultan la circulación, invaden el espacio público y representan un riesgo en caso de que hubiera una evacuación de emergencia. Me alejé. Al fondo seguía sonando la papayera. Y de nuevo pensé en que los colombianos tenemos que “tirarnos” todo, dañarlo.

Oráculos

In Off on 07/05/2018 at 09:24

Mi vida, de la que trato de ser consciente, se desbarata cuando se daña mi carro, cuando tengo que ir al banco y cuando me enfermo. Entonces, todo lo que pienso sobre la existencia, sobre el destino o sobre el autoconocimiento, queda hecho trizas. Quedo a merced de lo que digan el mecánico, la empleada del banco o el médico. Sus palabras son la verdad. ¿Qué me importa la trascendencia de mi alma cuando me explican que se dañó la bobina del carro y que por eso tengo que pagar doscientos mil pesos? ¿O que el banco solo me puede prestar el 70% del valor de un apartamento que quisiera comprar? ¿O que tengo que dejar el pan blanco porque irrita el colon?