La familia

El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar ninguna conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Me indignó que a su chambonería, le sumara esa imprecisión constante sobre mi vida.

Juvenil

Estaba en la plataforma de la estación esperando el tren con otros pasajeros. De repente, a unos metros de mí, vi a una mujer de unos cincuenta años; llevaba tenis, pantalones de fatiga y una chaqueta. Empezó a hacer estiramientos en la plataforma mientras que llegaba el tren. Cuando éste llegó, se subió al mismo vagón que yo y se recostó en un asiento para tres con las piernas sobre la banca, juvenilmente. Se puso unos audífonos y con movimientos cortos y rápidos sacó un libro de su morral. La odié profundamente porque me pregunté: ¿Yo me veo así? ¿Soy, como ella, un cincuentón ridículo?

Los Vaccaro

Cuando era niño no me perdía un programa que se llamaba “Esto es Hollywood”. Hollywood me fascinaba, y me gustaba presumir de saber mucho de cine. Tal vez en ese programa oí nombrar por primera vez a la actriz Brenda Vaccaro. ¡Qué apellido! ¡Cómo suena! Muchos años después leí en una crónica de Truman Capote que la dueña de la United Fruit Company, la compañía bananera de Cien años de Soledad, era la familia Vaccaro de Nueva Orleans, que no tiene ninguna relación con la actriz. Pero yo sí me imagino luciéndome en una conversación al decir: “¡Claro, hombre! ¡Brenda Vaccaro! Ella era de los Vaccaro de Nueva Orleans, los dueños de la United Fruit Company. La de Urabá. La de Cien años”.

El celo

Hace un par de años caminaba por New Haven con un amigo que, por esa época, escribía su tesis doctoral en Literatura comparada, y con una francesa amiga suya. De pronto él recordó que Emily Dickinson había vivido en Mount Holyoke y que rara vez salió de ahí. Mi amigo, que es una persona sensible, se burló de Dickinson, a pesar de que la admira sinceramente; la poeta era una niña mimada que prácticamente nunca salió de su casa, decía, sus grandes amores fueron tan solo infatuaciones de adolescente, y sus viajes, sobre de los que escribe extensamente en sus diarios, ¡eran de un pueblo a otro en un rincón de Nueva Inglaterra! Jajajaja. (Recordé entonces que la cabaña de Thoreau quedaba a unos metros de la casa de su madre, a donde, dicen, iba a comer regularmente, pero preferí no mencionarlo por lealtad con Thoreau). La francesa, por su parte, habló de Proust como de ese esnob afeminado y consentido de su madre. Y Dante, ¡ni hablar!, agregó, enamorado de una niña de nueve años, ¡por favor! La conversación se volvió entonces una burla cándida a grandes escritores porque sus obras provienen de episodios insignificantes, casi patéticos. No soy un fetichista de la literatura, admiro las obras y a sus autores, pero también creo, como Borges, que los clásicos son obra del azar, de los caprichos de una época y, sobre todo, del tiempo. Y sin embargo, sentí rabia con mis amigos. Hasta el borde de las lágrimas. ¿Cómo se atreven?, pensé. Quise insultarlos y largarme de ahí corriendo.