Un señor de supermercado

Hice dos pregrados y dos posgrados, viví en Barcelona, en Nueva York y en Lakeville, Connecticut; he publicado dos libros de cuentos y algunos textos periodísticos, y he sido profesor durante veinte años. El año pasado cumplí cincuenta y, ¡al fin! puedo ser ese señor simpático, respetable y coqueto, que ya tiene la prestancia suficiente como para pedirle a la supervisora o al supervisor de los cajeros del supermercado que le selle el tiquete del parqueadero para que este le salga gratis (aunque su compra no alcance el monto requerido para ello). Siempre acceden. Me he convertido en lo que siempre quise ser realmente.

“Minchita”

Al paseo habían invitado también a una señora de unos sesenta años, que era la tía o la hermana mayor de la madre de la amiga de mi novia de entonces. La señora era agradable y elegante, y más o menos buena conversadora, pero se creía más ingeniosa de lo que era en realidad. Cuando le preguntaban que si quería sal, pimienta o vinagreta con la comida, o azúcar con el café, decía, muy pagada de sí misma: “una minchita”, y juntaba el pulgar con el índice para representar una pizca. “Minchita” no es una palabra de uso común en el castellano colombiano, ni creo que lo sea en el de ningún otro país. Nunca la había oído. Seguro era un vocablo familiar. Y ella no perdía la oportunidad para decir “minchita” y así parecer peculiar. Sin habernos puesto de acuerdo, los demás invitados nos resistimos a preguntarle por el origen de esa palabra tan irritante.

Nada personal

El otro día estaba pensando en cómo introducir los debates en mi curso de Expresión Oral con mis estudiantes de Secundaria. Ya habíamos hecho descripciones, lectura en voz alta y exposiciones individuales. Lo importante al debatir, pensé en decirles, es entender que estamos debatiendo sobre opiniones, ideas, puntos de vista, y no sobre ustedes. Así que, ¡no se lo tomen personalmente!, enfatizaría. ¿Que qué?, me pregunté de repente, cuando terminé ese soliloquio. ¡Mentiroso! Me estaba engañando a mí mismo e iba engañar a mis alumnos. ¡Claro que es personal! ¡Todo lo que nos dicen, nos los tomamos personalmente! Lo que vamos a aprender, acabé por decirles, es a manejar la molestia, la irritación o la rabia que nos produce que nos contradigan, que otros piensen lo opuesto de lo que pensamos, y creemos, por lo tanto, que es la verdad.

El deseo

Le fascina su esqueleto. Lo imagina debajo de los movimientos de su cuerpo. Sus piernas, tan elásticas, son huesos; su cadera, que parece invitar siempre, son huesos; sus hombros delicados son huesos; debajo de su pelo se adivina el cráneo. Pero si viera el esqueleto desnudo, sin los músculos y sin la piel, sentiría pavor.

Fonética

Mi abuela no tuvo una educación formal porque de niña era muy pobre. Un día la llevábamos en el carro con mi hermano -ya era octogenaria- y en la radio transmitían un programa especial sobre The Beatles. El locutor decía una y otra vez “los bírols”. De repente, mi abuela nos preguntó: “¿Por qué a los bítles les dicen los biros?”.