Señorito Bogotá

Hace unos años se hizo popular un video de un reinado de belleza en algún país de América Latina en el que le preguntaban a una Miss que, si la especie humana se fuera a acabar y ella tuviera que escoger a dos personas para repoblar el planeta, a quiénes escogería. La pobre señorita X respondió que al papa Juan Pablo II y a la madre Teresa de Calcuta. Si algún día me escogen para representar a mi ciudad en un reinado de belleza y me hacen esa pregunta, responderé: “A Ludwig Wittgenstein y a Clarice Lispector”. Creo que es una gran idea. Sin embargo, tendré que esperar a ver qué cara hace el presentador del programa y cómo responde el público.

Una princesa rusa

Lo que más quiero en la vida es seducir a una princesa rusa en un baile de salón. Específicamente, a la princesa Novkoskaya, cuya belleza es legendaria. Así, me convertiría en la envidia de los oficiales del ejército del zar. El único problema que veo es que no podría decirles a los rusos que soy profesor de colegio en Colombia, que el régimen zarista cayó, y que, para colmo, en este momento están en guerra con Kiev. Tampoco podría contarle a nadie aquí en Bogotá que los viernes tengo que ir a unos bailes en San Petersburgo. Es decir, todo tendría que ser en secreto y no estoy tan seguro de que la princesa se sintiera cómoda con eso.

Death Row Meal

Leí sobre una condena a muerte en los Estados Unidos y, como siempre, me aterró la idea de la pena capital. ¿Cómo pueden? Para no pensar en eso , me surgieron unas preguntas crueles e infantiles. Los condenados a muerte tienen derecho a pedir su última comida a la carta, ¿cierto?  ¿Qué tal si un condenado, para atrasar la ejecución, o solo para irritar a sus verdugos, pide algo súper complicado? “Quiero el áspic caliente de nécoras con cous-cous de mini mazorcas, receta de Ferrán Adrià”. ¿Qué hacen? ¿Cómo es la regla exactamente? ¿Puede ser una imitación del plato, o tiene que ser el original? ¿Lo hace el cocinero de la cárcel, o puede ser un chef? Si no le dan el plato que pidió, creo el condenado debería argumentar que lo justo es que lo maten, pero de mentiras.

Sputnik, mi amor, la película

Es prácticamente imposible que llegue a conocer a Haruki Murakami algún día, y en realidad, no me interesa para nada, pero podría pasar que en los próximos años me invitaran a alguna feria del libro en la que él estuviera, o que, por alguna razón de trabajo, yo tuviera que visitar alguna universidad en la que él esté dando una clase en ese momento. Si eso sucediera, es improbable que podamos hablar a solas, pero podría pasar. En un coctel, por ejemplo. De cualquier manera, si hablara con él sería muy raro que fuera algo más que un saludo, pero si llegara a serlo, no creo que pudiera exponerle esta idea que tengo desde hace mucho tiempo: una adaptación al cine de Sputnik, mi amor que empieza con una toma del ojo de buey de la nave espacial en la que se ve a la perrita Laika . Es mi imagen favorita de la novela. “Creo además que Bae Doona sería perfecta para interpretar a Myû”, agregaré con seguridad. “Muy interesante”, dirá él, pero solo por cortesía. “Bueno… Pero, ¿ha pensado en algo más?”, preguntará un tercer interlocutor, queriendo componer esa conversación tan incómoda que yo he propiciado. “No, no he pensado en nada más, en realidad. Eso es todo”, responderé.

Una variación

A los ojos de los demás son una familia convencional, pero en realidad, son locos. Un día deciden celebrar el cumpleaños de su pequeña hija y organizan una fiesta que también parece convencional: un rato de juego para los niños solos, después un mago, luego el canto del feliz cumpleaños para la niña y, por último, la tradicional piñata. Esta última se hará como siempre: la cumpleañera, con los ojos vendados, romperá con un palo la piñata que cuelga del techo con unas cuerdas que el padre puede manipular para subirla y bajarla, y así hacerlo más difícil y divertido. Solo que estos padres han decidido hacer una variación: la piñata será uno de los niños invitados; el más flaco para que sea más fácil bambolearlo. Las sorpresas están embutidas entre la ropa y el cuerpo, así que la niña tendrá que pegarle muy duro para que caigan.