La paranoia

Tengo muchos amigos porque soy chistoso y solidario. Además, tengo 52 años y he viajado y vivido por fuera, así que los he acumulado de distintos países. También, he sido soltero la mayor parte de mi vida, no tengo hijos de qué ocuparme, y mi familia no es gregaria. Así pues, siempre hay amigos que me buscan, pero a veces pasa que nadie me escribe ni me llama por más de 24 horas. Y entonces reflexiono: “Algún día iba a pasar, claro. Que todo el mundo me dejara de hablar”. “¿Cómo voy a hacer ahora?”, me pregunto. “Tendré que pensar en algo”, me digo resueltamente.

Un problema de corazón

Una mujer a la que deseo quiere que le diga qué pienso de lo que escribe. Busca mi aprobación. Y me llama mucho la atención que una persona tanto más hermosa y joven que yo –o sea, mejor– busque eso. No puedo decirle que mi aprobación es mi amor, y mi amor es mi deseo. Por supuesto que es también talentosa, inteligente y sensible (yo, tal vez, soy un poco más imaginativo -y más viejo). Así pues, que su corazón está en ese lugar y el mío en éste, y ninguno de los dos puede acercarse más al del otro.    

Un secreto de las casas reales

Las reinas necesitan tomar mucha agua. Ese es el secreto de su belleza y de su permanencia en el trono. Con respecto al sol, basta con que se paren frente a una ventana, detrás de un velo, un par de horas cada mañana. Las princesas, por su parte, sí necesitan la luz directa del sol mientras florecen y se hacen grandes. Solo así se mantiene el equilibrio del reino y el de la naturaleza toda.

La crueldad

En un cuenco de madera pone las monedas que le dan de cambio en su país y, como ha viajado, también monedas de otros países. Centavos de Dólar, Euros, Coronas danesas. Antes de salir a la calle piensa que es su deber coger algunas para repartir de limosna. Agarra un puñado y ve de soslayo que con los pesos se han mezclado monedas de otros países. Si los mendigos pueden cambiarlas, se dice, ¡es mucho más de lo que reciben de cualquier otro transeúnte! Estos cincuenta centavos de dólar, por ejemplo, son más de dos mil pesos. ¡Qué generoso soy!

La indecencia

Una amiga me cuenta de una conocida suya que se casó con un millonario. La familia de la novia es distinguida en su país -ilustres, de abolengo- pero ella se avergüenza porque no son ricos como su marido; «unos pobretones», ella así lo siente. Por eso decidió no invitarlos a la boda. Para reparar tamaño desplante, le envió a cada no invitado un celular de alta gama de último modelo. Se gastó una fortuna, que de seguro pagó el novio. Como no conozco a la mujer, le pido a mi amiga que me muestre fotos del matrimonio en Instagram. El vestido es lindo, sí; el lugar del matrimonio, lujoso; los arreglos florales de las mesas, costosos, pero los zapatos de la novia son, por supuesto, de lo más ordinario.