La cereza envenenada

Resulta que mi amiga R tiene una cereza de cristal de Murano como elemento decorativo en el comedor de su casa. Es preciosa la cereza, pero cuando voy a visitarla, tengo que hacer un esfuerzo extraordinario para no tragarme la fruta de vidrio. Me tienta muchísimo, pero no porque se parezca a una cereza verdadera, claro, sino porque es la fantasía de una muerte genial. Sin embargo, como sé que eso que no me mataría, sería incapaz de contar que terminé en las Urgencias de un hospital porque me tragué una cereza de vidrio. Esa sería mi muerte verdadera, pero de vergüenza. Negrapiedras. Ojalá que R nunca me regale la cereza porque tendría que tirarla a la basura.

Dos amores

Tengo dos amores: mi país y París, dice la emocionante canción que cantaba Josephine Baker. Y es verdad. Mi país es mi cama, es Buenos Aires, es una partecita de la Amazonía, es el Café Sabarsky de la Galería Neue, es el Parque de la Ciudadela en Barcelona, es el laguito del Parque del Chicó, es Villa de Leyva, es el Rijksmuseum, es La Zahara, es un tramo del camino de los Apalaches, es el sofá de la casa de Javier y Pilar. París sí es París.

Una sorpresa

Mentiría si dijera que fue algo súbito porque fue gradual. Es solo que no estuve atento al momento en el que me convertí en ese viejo que tiene que usar una chaqueta gruesa para cuidarse del frío, que carga pastillas para la garganta y huele a mentol.