La frontera

La vida en la frontera es dura porque estamos sometidos por el clima. En las mañanas hiela, y entonces tomamos café muy caliente, endulzado con panela, en jarros de peltre. En las tardes, cuando cae el sol, llega el frío de la noche. En ese momento encendemos una fogata y comemos galletas y un estofado con una cuchara de palo. A veces hacemos aguardiente en el alambique, siempre con el sombrero puesto. Pero no hay vacas, ni indios, ni oro, ni pasto. No hay nada ni nadie más. Esa es la vida en la frontera.

fantasía

La familia

El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar una conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Después de eso no volví.

La vanidad

A veces me gusta pensar que me veo más joven de lo que soy y le pregunto a gente que me acaba de conocer que cuántos años me pone. Cuando me dicen que cuarenta y pocos, me ufano de ello porque tengo cincuenta. Pero otras veces quiero ser ese señor, el que dice cosas como: “es que un celular no es un teléfono, es un computador” o “allá se vive muy bien, pero aquí se vive muy bueno”.

Profesor

Les pongo a mis estudiantes una película que hace parte de un currículo que diseñé para ellos. Drácula, Münich, Frost/Nixon o Los sospechosos de siempre. En la escena de mayor suspenso, paro la película y explico algo. Eso es ser profesor de colegio.  

Cuarentena

Estoy en mi cama entre las cobijas y se aparece un gatito negro. Me alegra saber que tendré compañía y pienso en que pronto debo darle algo de comer. Leche, me digo, como en las películas. Estoy pensando en eso, cuando se aparece una arañita. A la arañita tengo que darle sal, digo. 

sueño