Me hicieron un chequeo médico en mi trabajo y me encontraron lo más de bien. Me entregaron un papelito con las medidas de peso, talla, tensión arterial, porcentaje de grasa y otros. En la última casilla de la tabla aparecía “Edad metabólica”. La mía resultó ser 34 años. Le pregunté a la doctora, solo para confirmarlo, que si eso quería decir que tengo el metabolismo de un hombre veinte años menor que yo. «En efecto», me respondió. Muy contento, esa noche le conté a una amiga y enfaticé la importancia de la edad metabólica. El problema es que me equivoqué y dije, una y otra vez, “edad molecular”. Mi amiga, que es una persona curiosa, inteligente y enfermiza se puso a investigar en internet sobre la edad molecular. Le pareció un poco complejo todo. Cuando me lo dijo, le aclaré el malentendido y nos reímos. El problema es que, para un lego como yo fue una simple confusión de términos similares (¡los dos empiezan por eme!), pero creo que a nivel científico son dos cosas distintísimas, y confundirlas puede resultar catastrófico.
Off
Asilo estético
Quisiera proponer la categoría de “Asilo estético”, al que creo que tengo derecho a aplicar. Este consistiría en proteger la sensibilidad y el buen gusto de un ciudadano que se ve en peligro por cuenta del mal gusto de su país natal y por eso se ve obligado a aplicar al asilo estético en otro. Por supuesto, el proceso de aplicación debe ser exigente. El candidato tiene que presentar evidencia concluyente de que está en peligro (lo que sucede en las calles amenaza con destruir su percepción visual y su apreciación musical, por ejemplo, o la escasez de conciertos y el difícil acceso a estos hace que su espíritu corra peligro; el mal gusto de sus conciudadanos lo ha llevado a tener altercados frecuentes que están minando su salud mental; la pobreza de la comida típica amenaza con destruir su gusto). Después de explicar en detalle sus circunstancias actuales, el candidato debe demostrar interés y conocimiento de la cultura del país al que aplica. Por ejemplo, conocer a la perfección la historia de la catedral de Chartres, o del complejo de Sacsayhuamán en el Cusco. También debe exponer con suficiencia cómo aprovecharía el asilo para su mejora cívica (“Asistiría a todos los conciertos del Concertgebouw de Ámsterdam”, por ejemplo). Después de haber enviado todos los documentos, el solicitante pedirá una cita en la Embajada o Consulado del país al que aplica. La entrevista la hará un agregado cultural que no solo le preguntará al solicitante por sus condiciones actuales y por su conocimiento del país que lo recibirá, sino que -y esta es la parte más importante de la entrevista- tratará de evaluar su sensibilidad estética. Puede mostrarle imágenes de obras de arte, ponerlo a leer algún fragmento de una novela, o a oír música. Si el candidato muestra algún síntoma del «Síndrome de Stendhal» eso es casi que una garantía de que le será concedido el asilo.
ficción
Más de sal (La vaca en la isla)
Un cuento de la tradición Sufi nos habla de una vaca que vive sola en una isla pastosa. La vaca se sacia de pasto todo el día, pero por la noche se angustia tanto de pensar en si mañana tendrá qué comer, que de la preocupación adelgaza lo que engordó, hasta amanecer escuálida. Y así son todos los días de su vida. Este cuento es una metáfora de la munificencia divina.
*Los hay que nos damos sal todos los días para comer más pasto y tomar más agua.
Uno de sal y de huevo
Compré sal en el supermercado por equivocación y ahora tengo dos kilos de sal. Y me pregunto: ¿qué habrá sido de mí cuando se acaben? Y: ¿qué será de mi cuando se acaben?
* * *
La sal también la uso para echarle al agua en la que hiervo los huevos cuando los quiero tibios o duros porque así lo hacía mi madre. La sal se pega a la cáscara del huevo y crea una película protectora.
* * *
Puse a hervir dos huevos en esa salmuera y uno de ellos se estalló. Decepcionante.
Existencialismo
No hay un día en el que no me duela algo, o en el que no me olvidé de algo que tenía que hacer, o en el que no me manche la ropa cuando como.
Pichardo
En el habla bogotana de los años ochenta “pichar” era sinónimo de fornicar. Y me da risa pensar en que transformáramos el nombre Ricardo en “Pichardo” –era un chiste fácil y muy común– implicando que un hombre que se llama Ricardo fornica mucho. También me parece chistoso decirlo en voz alta: “Pichardo”. En la oficina hay un gordo bonachón y un poco tonto que se llama Ricardo. Todos lo queremos, aunque no es nuestro amigo, y le decimos Pichardo solo para hacerlo reír porque el gordo se congestiona cuando le hacemos el chiste. También sabemos que es célibe.
ficción
De ratones y vendedoras
Necesito comprar un mouse nuevo para el computador y entro a una papelería a buscarlo. No los encuentro, y entonces pienso en preguntarle a la vendedora que dónde están. Ya nadie dice “ratón” en Colombia –yo tampoco– porque, por supuesto, se impuso el inglés “mouse” (aunque aquí nadie habla inglés, no fuimos una colonia británica, ni hubo nunca una migración de anglo parlantes). Pienso en preguntarle a la vendedora que me diga dónde están los mice, que es el plural de mouse, pero por miedo a que no me entienda, termino por preguntarle por “los ratones”. Me mira con extrañeza, hago el gesto del mouse, y me dice con un tono de superioridad: “Ah, los mouse”, como si el ignorante fuera yo.