Una costumbre victoriana

Un buen día, en algún momento de la ocupación británica de la India, Lord * se irritó cuando metió la cucharita en el huevo tibio y comprobó cómo el frío del metal chocaba con el calor del trozo de huevo que había cuchareado. Al cabo de tres cucharadas, el cubierto ya estaba a la temperatura del alimento, pero las tres primeras, las que debían ser las más agradables, resultaban molestas. Lord * decidió experimentar con otros alimentos y comprobó que pasaba lo mismo, así que decidió ordenarle a su servidumbre –a los ayudantes de cocina, específicamente- que calentaran (o enfriaran, según el caso) los cubiertos, para que estuvieran a la misma temperatura del alimento para el que se usarían. Por ejemplo, las cucharitas de helado tenían que congelarse, pero, una vez las retiraban del hielo tenían que calentar un poco el mango de la cuchara frotándolo con una servilleta para que agarrarla no le resultara molesto a los comensales. Para fortuna de toda la servidumbre, en el momento en el que la costumbre ya se había afianzando en la casa de Lord * y amenazaba con propagarse por las demás -y después por toda Europa- estalló la independencia india, y el asunto se olvidó.

ficción