Entré por primera vez al Rijksmuseum y desde el foyer vi la cafetería, que es abierta y está elevada. Es sencilla y funcional. Perfecta. Decidí que terminaría mi visita al museo almorzando allí unas horas más tarde. Llegada la hora me senté solo en un mesón de varias butacas. Estaba lleno. Diagonal a mí había un hombre mayor, de unos ochenta años, que parecía gringo. Ya había terminado de comer y ya había pagado la cuenta. Antes de ponerse de pie, sacó del bolsillo de su camisa una peinilla y, con mucha dignidad, se peinó los tres pelos que le quedan, como si fuera una cabellera. A mí me quedan diez, así que me vi en su gesto y me conmoví.