Pasta

Es un hombre de buen gusto. La pasta es su plato favorito. ¡Dios, si sabe cómo prepararla! Pone el agua a hervir, echa la pasta y, mientras ésta se cocina, calienta a fuego lento una salsa. Cuando la pasta ya está al dente, retira la olla del fogón, va sacando la pasta con un tenedor y, cuando ya solo queda el agua humeante en la olla, se la toma porque es también un hombre atormentado.

ficción

Servicio al cliente

Suelo comprar una comida congelada muy sabrosa, que se debe calentar al baño María. Los platos vienen tapados con un plástico transparente fino, que toca quitar después de calentarlos. El otro día, cuando aún se calentaba uno, el plástico se desprendió, el agua del baño entró en el plato de plástico y arruinó la comida. Airado, le escribí a la empresa. Era tal mi rabia, que sugerí que habían cambiado el pegante que estaban usando para el plástico, y por eso éste se había desprendido (ya que esto nunca antes me había pasado). El empleado que recibió el correo se lo reenvió al encargado de control de calidad, y él habló con el encargado de proveedores. El encargado de proveedores inició una investigación que lo llevó al dueño de la empresa de pegante, y se descubrió que éste les había ordenado a sus empleados rendir el pegante con agua. El malvado fue capturado y, en castigo, la Justicia determinó que debía cocinar para mí todos los días durante seis meses bajo la supervisión del encargado de control de calidad de la empresa de comida congelada. Me satisfizo la pena, aunque ahora temo que intente envenenarme echándole pegante a mi comida.

ficción

Una costumbre victoriana

Un buen día, en algún momento de la ocupación británica de la India, Lord * se irritó cuando metió la cucharita en el huevo tibio y comprobó cómo el frío del metal chocaba con el calor del trozo de huevo que había cuchareado. Al cabo de tres cucharadas, el cubierto ya estaba a la temperatura del alimento, pero las tres primeras, las que debían ser las más agradables, resultaban molestas. Lord * decidió experimentar con otros alimentos y comprobó que pasaba lo mismo, así que decidió ordenarle a su servidumbre –a los ayudantes de cocina, específicamente- que calentaran (o enfriaran, según el caso) los cubiertos, para que estuvieran a la misma temperatura del alimento para el que se usarían. Por ejemplo, las cucharitas de helado tenían que congelarse, pero, una vez las retiraban del hielo tenían que calentar un poco el mango de la cuchara frotándolo con una servilleta para que agarrarla no le resultara molesto a los comensales. Para fortuna de toda la servidumbre, en el momento en el que la costumbre ya se había afianzando en la casa de Lord * y amenazaba con propagarse por las demás -y después por toda Europa- estalló la independencia india, y el asunto se olvidó.

ficción

Una anomalía

El viernes pasado pedí un Uber y, mientras lo esperaba, reparé en el nombre del conductor: Martín. No miré su foto de perfil. Cuando llegó a recogerme, vi que era un hombre muy gordo. El problema es que “Martín” no es nombre de gordo.

Un pobre hombre

Entro a un local pequeño de un almacén de cadena, cojo lo que voy a comprar y me paro en la fila de pago, detrás de una mujer. Delante de ella está un hombre. Al parecer, es un obrero porque lleva un metro en la pretina del pantalón y está muy sucio de polvo y pintura (demasiado, incluso para un obrero de la construcción). Es evidente su pobreza. Su gran pobreza. La mujer de la caja llama al siguiente cliente en la fila, y la mujer que estaba detrás de él pasa primero. Es tan natural su gesto, que no estoy seguro de si debería decirle algo. ¿Estaba ahí antes que él, se salió de la fila y volvió a su lugar? O, tal vez, ¿él la dejó pasar con un gesto rápido que yo no alcancé a ver? Llega el turno del hombre, que le pide a la cajera que le cambie un billete. La mujer mira el billete y se lo muestra a su compañera de caja, que parece más veterana. Ésta le dice que mejor no lo acepte. Se lo devuelve al hombre que, resignado y amable, lo toma, dice “bueno” y se marcha. Su resignación me conmovió, aunque me temo que el billete era, en efecto, falso. Alcancé a verlo cuando la cajera lo puso a contraluz. Por otro lado, era de un valor tan bajo que, creo, no tendría mucho sentido falsificarlo.