La empatía

En la casa de campo en la que vivo hay zancudos. Todas las noches, antes de meterme a la cama, prendo las luces y me pongo a cazarlos, pero siempre hay uno que se me escapa, que se esconde mientras patrullo. Un rato después de haber apagado las luces, sale de su escondite a picarme, a dañarme el sueño. Me doy palmadas en la cara y en la cabeza cuando lo oigo zumbar cerca, pero nunca logro aplastarlo. Sin embargo, anoche pensé: “Que me pique. A mí qué me importa. Yo tengo muchos años por delante, mientras que a él solo le quedan unas horas”.