El cojo

Comprendo mejor que nadie el dicho “tener una piedra en el zapato”. Se refiere a algo que estorba permanentemente, que no representa un gran peligro, pero que dificulta el caminar, la marcha, el andar. Es algo con lo que se podría vivir toda la vida, ¡pero es mucho mejor si se le puede sacar! “Tal persona o tal circunstancia era la piedra en el zapato, pero se fue, o pasó”. Para recordarme que la vida está llena de eso: de obstáculos, de molestias y de dificultades, desde que escuché el dicho por primera vez, decidí echar una piedra en uno de mis zapatos cada mañana y salir así a la vida. A veces la piedra queda en un mal lugar y me hace mucho daño hasta que no se acomoda. El otro día, por ejemplo, en una reunión de trabajo en la que finalmente me pude sentar después de un día de dolor, vi cómo tenía la media empapada en sangre. Fui a la Enfermería de la empresa, y la enfermera se sorprendió cuando le conté lo de mi técnica de memorización. Me dijo que tenía que dejar de hacerlo, y que, si no lo hacía, ella tendría que informar a mis superiores. Me recomendó también que visitara a un especialista en salud mental. Entiendo su preocupación, pero yo llego todas las noches a mi casa y me limpio las heridas y las desinfecto. Y en cuanto a las que requieren puntos de sutura, hace años que aprendí a hacerlo solo. Claro, a veces una de las heridas se abre de nuevo porque la piedra la tocó, y cojeó más de lo habitual, pero insisto en que mi técnica es buena porque es necesario recordar que la vida está llena de piedras en el zapato y que por eso uno, como la justicia de refrán, “cojea, pero llega” a donde tenga que llegar.

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