Desconfianza

No sé porque siempre me han dado como miedo esas parejas que se conocieron en el colegio, o muy temprano en la universidad, se casaron, y siguen juntos sin haber tenido nunca otra pareja. Han crecido juntos, han hecho todo juntos toda la vida. Me parecen unos niños que se quedaron jugando a los novios. Por eso no confío. Para nada.

Mis amigos y yo

Desde hace varios años he venido notando que mis amigos y yo tuvimos en la infancia problemas con nuestros padres, y que hoy aún tenemos serias diferencias con nuestros hermanos porque ellos están equivocados en casi todo. En cuanto a los colegas del trabajo, o del medio, ni hablar: incapaces, mezquinos y desleales. No seríamos amigos de ellos de ninguna manera. Y nuestros compatriotas: ahogados en su brutalidad, su violencia y su mal gusto. ¿Y el mundo? El mundo… Por favor, ¡si no lo soportamos! La desigualdad, las guerras, el consumismo y la inconsciencia ecológica. Así pues, mis amigos y yo somos inteligentes, guapos y virtuosos a más no poder. Casi perfectos. Qué cosa más interesante.

Kunderiano (Homenaje)

En la universidad, José se enamoró de Rebeca, una amiga de la Facultad, pero no se dio cuenta al principio, así que la abordó como amigo. Un error irreparable. Además, ella siempre tenía novios más guapos que él porque era una belleza, así que José porfiaba en la amistad, hasta el día en que se sorprendió enamorado. Se lo dijo y Rebeca lo rechazó con tacto, casi con dulzura, así que pudieron seguir siendo grandes amigos. Veinte años después, cuando cada uno seguía en su barca por el mar de la vida, José conoció a una mujer en el trabajo. Se enamoraron, se hicieron novios, y aunque para los amigos de José eran una pareja incompatible, seguían juntos y él vivía fascinado. Un día, hablando por teléfono, él dijo algo muy gracioso y ella soltó una carcajada. Sin tenerla al frente, con la distancia que da el teléfono, José reconoció la risa de Rebeca. ¡Con que su nueva novia tenía exactamente la misma risa de su viejo amor! Ese era el rasgo lo que lo amarraba a ella como Odiseo al mástil de su nave.

ficción

Una guerra

Los hermosos platos hondos de vidrio azul que se hicieron añicos y quedaron como vidrio molido, el elegante vaso de cerveza que alguien le había regalado y que se estrelló contra el piso estruendosamente, la cortada en un dedo con un cuchillo. Profunda como un tributo de sangre. Esa es la vida de un dipsómano en un apartamento pequeño. Una guerra permanente. Algunos lo llamarán “conflicto interno”. Y sí, también es eso.

ficción

Diatriba

No sé por qué una de las cosas que más me irrita oír es a la gente que dice que no lee porque se queda dormida. Se queda dormida. Se duerme. ¿Les pasa con todos los libros, o solo con algunos? ¿Qué es lo que les da sueño? ¿Es la operación mental a nivel neuronal? ¿Hay algo mal en su cerebro que hace que cuando empiecen a hacerlo éste sufra un bloqueo? ¿O es acaso a nivel cognitivo? ¿El esfuerzo por comprender los agota? ¿O quizás algo ocular? El movimiento lateral de los ojos, aunque mínimo, ¿produce el cerramiento de los párpados? Creo que es un tema que debe investigarse para determinar si es una patología o si es simple miseria del alma.

Una gran preocupación

Durante más de diez años dicté el curso de Español de 8° en Secundaria Básica. Ese curso se divide en dos componentes: argumentación y literatura clásica (Ilíada, Odisea, Edipo Rey y Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez –también un clásico). Dejé de enseñarlo por cuestiones administrativas. Nada más. Pero hace un par de semanas, también por cuestiones operativas, tuve que dictar el curso remedial en ese grado. Hice un examen en el que les pregunté a mis estudiantes por el concepto de héroe clásico y, para mi sorpresa –o más bien no–, al escribir sobre Aquiles, Odiseo y Edipo, los niños usaron términos como “éxito”, “liderazgo”, “resiliencia” y “empatía”. Así que a eso nos ha llevado toda esa imbecilidad motivacional: a hacer la lectura más pobre posible de lo más rico que ha dado Occidente.

A lo Cioran

Ir en el carro y mirar al del carro de al lado porque cometió una infracción. Verle esa cara de bruto, de esa gente que uno sabe que no entiende el lenguaje, que no comprende la lógica de nada, y que por eso hace el mal. Por bruta. Pensar que son millones en una sola ciudad.