Kunderiano (Homenaje)

En la universidad, José se enamoró de Rebeca, una amiga de la Facultad, pero no se dio cuenta al principio, así que la abordó como amigo. Un error irreparable. Además, ella siempre tenía novios más guapos que él porque era una belleza, así que José porfiaba en la amistad, hasta el día en que se sorprendió enamorado. Se lo dijo y Rebeca lo rechazó con tacto, casi con dulzura, así que pudieron seguir siendo grandes amigos. Veinte años después, cuando cada uno seguía en su barca por el mar de la vida, José conoció a una mujer en el trabajo. Se enamoraron, se hicieron novios, y aunque para los amigos de José eran una pareja incompatible, seguían juntos y él vivía fascinado. Un día, hablando por teléfono, él dijo algo muy gracioso y ella soltó una carcajada. Sin tenerla al frente, con la distancia que da el teléfono, José reconoció la risa de Rebeca. ¡Con que su nueva novia tenía exactamente la misma risa de su viejo amor! Ese era el rasgo lo que lo amarraba a ella como Odiseo al mástil de su nave.

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Una guerra

Los hermosos platos hondos de vidrio azul que se hicieron añicos y quedaron como vidrio molido, el elegante vaso de cerveza que alguien le había regalado y que se estrelló contra el piso estruendosamente, la cortada en un dedo con un cuchillo. Profunda como un tributo de sangre. Esa es la vida de un dipsómano en un apartamento pequeño. Una guerra permanente. Algunos lo llamarán “conflicto interno”. Y sí, también es eso.

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Diatriba

No sé por qué una de las cosas que más me irrita oír es a la gente que dice que no lee porque se queda dormida. Se queda dormida. Se duerme. ¿Les pasa con todos los libros, o solo con algunos? ¿Qué es lo que les da sueño? ¿Es la operación mental a nivel neuronal? ¿Hay algo mal en su cerebro que hace que cuando empiecen a hacerlo éste sufra un bloqueo? ¿O es acaso a nivel cognitivo? ¿El esfuerzo por comprender los agota? ¿O quizás algo ocular? El movimiento lateral de los ojos, aunque mínimo, ¿produce el cerramiento de los párpados? Creo que es un tema que debe investigarse para determinar si es una patología o si es simple miseria del alma.

Una gran preocupación

Durante más de diez años dicté el curso de Español de 8° en Secundaria Básica. Ese curso se divide en dos componentes: argumentación y literatura clásica (Ilíada, Odisea, Edipo Rey y Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez –también un clásico). Dejé de enseñarlo por cuestiones administrativas. Nada más. Pero hace un par de semanas, también por cuestiones operativas, tuve que dictar el curso remedial en ese grado. Hice un examen en el que les pregunté a mis estudiantes por el concepto de héroe clásico y, para mi sorpresa –o más bien no–, al escribir sobre Aquiles, Odiseo y Edipo, los niños usaron términos como “éxito”, “liderazgo”, “resiliencia” y “empatía”. Así que a eso nos ha llevado toda esa imbecilidad motivacional: a hacer la lectura más pobre posible de lo más rico que ha dado Occidente.

A lo Cioran

Ir en el carro y mirar al del carro de al lado porque cometió una infracción. Verle esa cara de bruto, de esa gente que uno sabe que no entiende el lenguaje, que no comprende la lógica de nada, y que por eso hace el mal. Por bruta. Pensar que son millones en una sola ciudad.

Jardinería

Compré un mirto y unas violetas para mi casa. Las trasplanté a unas materas que tengo en el balcón, pero temí por las violetas porque el resto de su vida será a la intemperie. Ahora ya todas llevan viviendo allí dos semanas, y el mirto, tan fuerte, tan callejero, está descompuesto, mientras que las violetas, vanidosas y finas, se han adaptado estupendamente. En su esplendor, se ufanan. No diré nada del pobre mirto, pero me imagino a las violetas diciendo: “Tan bobo ese señor. Creyó que éramos solo unas bobas bonitas.”

Una confesión anticipada

Quiero que sepan todos que, el día en que asalten un camión de transporte de valores en mi barrio, habré sido yo. Unos meses antes, habré armado un comando con unos veteranos de guerra con los que habré tenido una relación profesional, pero amistosa. Después habré comprado por internet unos fusiles de asalto, nos habremos ido a una finca a preparar el golpe y a ensayar, y será un todo un éxito. Lo habré hecho porque detesto el capitalismo, detesto el sistema financiero y, sobre todo, porque odio apasionadamente los camiones de valores porque se estacionan donde les da la gana, y a sus conductores y copilotos, que son unos guardias armados hasta los dientes, que cuidan con celo la plata de sus explotadores, y se bajan del camión con arrogancia, malos modales y un chaleco antibalas; uno con un revolver .38 y el otro con una escopeta recortada. ¡Entran a los sitios como Pedro por su casa, creyéndose los grandes señores! Quiero que sepan también que no me gastaré el botín en lujos, ni en viajes de mal gusto, como en la porquería esa de seria española La casa de papel, que a todo el mundo le parece, dizque, muy buena. No. Yo no soy así. Yo terminaré de pagar mi apartamento y mi carro, invitaré a mis amigos a comer a Crêpes, y seguiré con mi trabajo en el colegio, como si nada, hasta que llegue la policía a arrestarme en plena clase porque acabo de confesarlo por anticipado en este texto. “Niños”, diré, “disculpen, pero debo retirarme porque la ley me requiere”. Después de pagar mi pena en una cárcel en la que los otros reclusos me habrán tratado como a un héroe por la temeridad y justicia social del asalto, volveré a mi clase de Literatura latinoamericana con los de 9° y, para hacerle un homenaje a Fray Luis de León, diré como él cuando regresó un año después de haber estado en manos de la Inquisición: “Como decíamos ayer”, y retomaré el tema de la clase. Seré recordado como el profesor de colegio que orquestó -me gusta mucho ese verbo para esta ocasión- un asalto a un camión de valores. “Cuando la vida imita al arte” titulará mediocremente algún diario local haciendo referencia a esa serie que mencioné y que odio tanto, o más, que a los malditos camiones de valores y sus guardias.

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