Una disculpa

Una hoja informativa que ahora trae el somnífero que tomo a diario desde hace veinte años reza: «Los agentes sedantes/hipnóticos como *** pueden producir otras reacciones psiquiátricas y paradójicas tales como: intranquilidad, agitación, irritabilidad, agresividad, delirios, ataques de ira, pesadillas, alucinaciones, psicosis, comportamiento inadecuado y otros efectos adversos sobre la conducta. (…) Se han notificado casos de sonambulismo y otros comportamientos asociados tales como: conducir, cocinar, llamar por teléfono, con amnesia para estos hechos en personas que habían tomado *** y que no estaban totalmente despiertas». Me tomo media pastilla cada noche, y mi terapeuta me dijo que esa dosis es apenas un placebo, pero, de todas formas, disculpen mis comportamientos. Espero estar haciendo una pequeña reparación con ese magnífico texto que cito.

El cura

Estudié en un colegio de monjes benedictinos en el que la Primaria la llevaban monjas. Recuerdo cómo ambos, monjes y monjas, se metían el pañuelo en el puño de la manga del suéter. En particular, me maravillaba ver cómo el padre S., que era además el entrenador de baloncesto, mientras oficiaba misa se pasaba velozmente el pañuelo por la nariz y lo guardaba en la manga; al rato lo volvía a sacar. Parecía un truco de magia. De niño, yo decía que quería ser cura porque los ritos y la fe me fascinaban, pero también para congraciarme con mi madre, que era devota. Llegué a la adolescencia y abjuré de esa fantasía infantil. Crecí, estudié, viajé, trabajé y dejé de practicar cualquier religión. Un día, a mis cincuenta, al comienzo de la pandemia del COVID-19, en una semana particularmente solitaria entré solo a mi apartamento de soltero, me quité el barbijo y, sin pensarlo, lo guardé bajo el puño de la camisa. Me vi haciendo eso y pensé que, a pesar de todo y a mi pesar, soy un maldito cura.

Paradoja

“La vida es fácil”, me digo con serenidad y jactancia. Y entonces veo la plantita a la que me he olvidado de regar hace varios días y que ya se empieza a secar. “Para ella no”.

El poder de la mente

Alguien debería escribir un libro con este título, pero explicando cuál es el verdadero poder la mente: el inconsciente. Y es por eso que los libros de autoayuda no sirven para nada. Y por lo que resulta tan chistoso lo de “el poder la mente” (como si esta obedeciera a la voluntad y a los propósitos, metas, objetivos, o lo que sea).  Se propone uno algo y a mitad de camino el poderoso inconsciente le pasa por encima al proyecto como una aplanadora. Me dirán que no siempre, claro, y que uno sí puede controlar la mente. Y sí, pero debe estar atento a los vagones de atrás que se van descarrilando mientras la locomotora avanza ciega hacia el destino que uno le fijó.

Espías

Estoy viendo una serie sobre el servicio secreto francés, y todo es verosímil. Así que podemos suponer que no es muy distinto en la realidad. En la serie, por ejemplo, el espía protagonista vivió durante seis años en Damasco fingiendo ser profesor de secundaria; tenía el trabajo, hizo amigos y hasta se consiguió una amante. Su fachada era perfecta y, cuando llegó el momento de regresar a Francia, fue desmontando todo para no esfumarse, sino más bien para irse desvaneciendo hasta quedar como un ingrato. Y entonces me pregunto si no habremos conocido de cerca a alguien de algún servicio secreto; la gente que se ha ido de nuestra vida, esa persona de la que un buen día ya no supimos nada más, ¿no podía ser una agente encubierta? ¿Yo mismo no lo seré, y este blog es precisamente parte de mi fachada? ¿Y escribir sobre ello no será una forma de levantar cualquier sospecha?

ficción

Overbred Dogs

«But if the West is a place of privilege, people suffer differently there too. Exempt from many of the relentless physical and social obligations necessary in a traditional life for survival, they become spoiled and fragile like overbred dogs; neurotic and prone to a host of emotional crises unknown elsewhere.»

Jason Elliot, An Unexpected Light – Travels in Afghanistan (London: Picador, 1999)

Un temor

No tengo una idea fija del más allá, pero sí creo que pasamos a otro estado, que no morimos con el cuerpo. Por eso mi temor es pensar en que mis muertos me ven. ¿Con que mi abuela me ve mirándome al espejo haciendo muecas? ¿Mi madre cuando bailo y canto Pop en pantuflas? ¿Mis amigos oyen mis soliloquios violentos y vengativos contra gente que amo, los reprochables videos que me paso horas viendo en la cama? Sería una vergüenza trascendental.