Hice un viaje intenso de un mes por Europa. No lo hacía desde 2019, en el último verano antes del Covid. Aeropuertos, museos, trenes, aviones, Juegos Olímpicos, estaciones, parques y metros. Gente, gente y gente. El 19 de julio me tocó la caída de internet en Amsterdam, y estuve varado ocho horas en Schiphol, atestado de viajeros. Y me llamó la atención durante todo el viaje cómo ya casi nadie se mira, nadie lo mira uno y uno evita mirar a los demás. Es como si se debiera evitar el contacto visual –el contagio– a toda costa. Y no es por los teléfonos celulares, ya que, salvo por los adolescentes en los museos, no vi a muchos adultos enganchados a éstos. Y entonces me imagino que un buen día, un invisible –un invisibilizado– no lo soporta más y se hace visible volándose en pedazos, o volando algo.
Autor: Francisco Barrios
Una vida
Cuando se vive en la cama, levantarse a regar una pobre planta que se muere de sed parece uno de los trabajos de Hércules.
* ficción
Seguridad y vanidad
Alguna vez leí que en una ciudad como Nueva York las cámaras de seguridad de las calles y de los edificios pueden grabarlo a uno hasta setenta veces al día. Y ahora que estoy de viaje por varios países, me pregunto cuántos agentes de seguridad internacionales me habrán visto despeinado y desaliñado. Al menos, podrían agregar a sus estúpidos avisos de notificación: Usted está siendo grabado por cámaras de CCTV, ¡cuide se apariencia!
ficción
De inspiración Nietzscheana (creo)
Me imagino la vida de uno de esos hombres que conducen los buses y vans de las rutas intermunicipales (flotas y colectivos, les decimos en Colombia), que van a toda velocidad por las autopistas sin respetar las normas de tránsito y siendo una amenaza para los demás automovilistas y para sus pasajeros. Con frecuencia hay accidentes de carretera terribles, causados por ellos. He montado en esos vehículos muchas veces. Y me imagino también que el estar sentados tantas horas les trae problemas de espalda y de peso, y que transpiran demasiado. Y me imagino que comen cualquier cosa y que en su forma de conducir hay gestos de supuesta hombría. No creo que lean, ni que en su vida familiar sean considerados, aunque seguramente que de alguno dirán que es un buen padre, o un buen marido. Y me pregunto cómo es eso una vida, qué propósito puede tener. Ninguno. Pero no me malinterpreten: creo que un delincuente, un niño rico, o un adicto sí tiene una vida que merece la pena.
Alias
Alias “Perro triste”
Alias “Huevo picho”
Alias “Leche tibia”
Alias “Payaso muerto”
Alias “Niño enfermo”
Alias “Mosca ciega”
El parchado
En el argot urbano colombiano “parcharse” es reunirse con otros en un lugar, o ponerse cómodo solo. “Parchar con los amigos”, “parcharse”, o “coger a alguien de parche”. Pues este hombre, un habitante de la calle, apareció un buen día y se parchó a la salida de una tienda de cadena que queda en la esquina de mi casa. Llega muy puntualmente a las 6 de la mañana, barre el andén, saluda a los clientes y se parcha ahí todo el día, como quien va a trabajar a una oficina. Es sonriente, amable y zarrapastroso; su ropa ya no da más; creo que no tiene la malicia que la calle requiere y estoy seguro también de que es más joven de lo que aparenta. Es de lo más triste que veo.
Soberbia
Mi abuelo paterno, Efraín Barrios, era detective (y calígrafo aficionado). Cuando lo mataron, el 9 de abril de 1948, estaba investigando el caso del asesinato de un famoso exboxeador que estaba conectado con el mundo de las apuestas y la ilegalidad. Se rumoraba entonces que una ilustre familia política había tenido que ver con el crimen. Los hijos de un presidente, para ser más precisos. La leyenda de mi familia es que la muerte de mi abuelo no fue accidental, sino que alguien aprovechó el desorden de “El Bogotazo” para matarlo por cuenta de esa investigación. Mi padre guarda los papeles del caso del boxeador. Me los daría en cualquier momento si se los pidiera, pero me he jurado que el día en que los tenga, los leeré solo y no escribiré absolutamente nada al respecto. ¿Como para qué?