Seguridad y vanidad

Alguna vez leí que en una ciudad como Nueva York las cámaras de seguridad de las calles y de los edificios pueden grabarlo a uno hasta setenta veces al día. Y ahora que estoy de viaje por varios países, me pregunto cuántos agentes de seguridad internacionales me habrán visto despeinado y desaliñado. Al menos, podrían agregar a sus estúpidos avisos de notificación: Usted está siendo grabado por cámaras de CCTV, ¡cuide se apariencia!

ficción

De inspiración Nietzscheana (creo)

Me imagino la vida de uno de esos hombres que conducen los buses y vans de las rutas intermunicipales (flotas y colectivos, les decimos en Colombia), que van a toda velocidad por las autopistas sin respetar las normas de tránsito y siendo una amenaza para los demás automovilistas y para sus pasajeros. Con frecuencia hay accidentes de carretera terribles, causados por ellos. He montado en esos vehículos muchas veces. Y me imagino también que el estar sentados tantas horas les trae problemas de espalda y de peso, y que transpiran demasiado. Y me imagino que comen cualquier cosa y que en su forma de conducir hay gestos de supuesta hombría. No creo que lean, ni que en su vida familiar sean considerados, aunque seguramente que de alguno dirán que es un buen padre, o un buen marido. Y me pregunto cómo es eso una vida, qué propósito puede tener. Ninguno. Pero no me malinterpreten: creo que un delincuente, un niño rico, o un adicto tiene una vida que merece la pena.

Alias

Alias “Perro triste”

Alias “Huevo picho”

Alias “Leche tibia”

Alias “Payaso muerto”

Alias “Niño enfermo”

Alias “Mosca ciega”

El parchado

En el argot urbano colombiano “parcharse” es reunirse con otros en un lugar, o ponerse cómodo solo. “Parchar con los amigos”, “parcharse”, o “coger a alguien de parche”. Pues este hombre, un habitante de la calle, apareció un buen día y se parchó a la salida de una tienda de cadena que queda en la esquina de mi casa. Llega muy puntualmente a las 6 de la mañana, barre el andén, saluda a los clientes y se parcha ahí todo el día, como quien va a trabajar a una oficina. Es sonriente, amable y zarrapastroso; su ropa ya no da más; creo que no tiene la malicia que la calle requiere y estoy seguro también de que es más joven de lo que aparenta. Es de lo más triste que veo.

Soberbia

Mi abuelo paterno, Efraín Barrios, era detective (y calígrafo aficionado). Cuando lo mataron, el 9 de abril de 1948, estaba investigando el caso del asesinato de un famoso exboxeador que estaba conectado con el mundo de las apuestas y la ilegalidad. Se rumoraba entonces que una ilustre familia política había tenido que ver con el crimen. Los hijos de un presidente, para ser más precisos. La leyenda de mi familia es que la muerte de mi abuelo no fue accidental, sino que alguien aprovechó el desorden de “El Bogotazo” para matarlo por cuenta de esa investigación. Mi padre guarda los papeles del caso del boxeador. Me los daría en cualquier momento si se los pidiera, pero me he jurado que el día en que los tenga, los leeré solo y no escribiré absolutamente nada al respecto. ¿Como para qué?

Diez años de soledad

Se conmemoran por estos días diez años de la muerte de Gabriel García Márquez, el más grande de todos. ¿Y qué es lo que más vemos en la prensa nacional? Anécdotas: el día en que Gabo cantó no sé qué  canción, el día en que Gabo bailó, el día en que conocí a Gabito. Además, ¿cómo así que «Gabo»? Así le decían sus amigos y su familia, no más. Gabriel García Márquez nos enseñó muchas cosas. Una de ellas: a ser buenos lectores. Aparte de Borges, no puedo pensar en otro lector más agradecido y generoso que él. Con qué precisión señalaba una particularidad de Faulkner o de Cepeda Samudio. Con qué inteligencia indicaba lo que se puede aprender de Hemingway o de Kafka. Como para que ahora lo destacable sea su vida social en la vejez ¿Quieren homenajearlo de verdad? Léanlo en la soledad y en el silencio de su casa, comenten sus libros con inteligencia, o sensiblidad, recomienden sus cuentos de juventud, admírenlo por su obra.

Tantrilia

Tantrilia es hoy en día uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. Su economía está entre las diez primeras, los recursos naturales abundan, y la gente, en general, es feliz porque goza de excelente salud, gracias a una dieta sana y abundante. Sus sistemas educativo y pensional no se quedan atrás. Tiene, sin embargo, una condición curiosa y una restricción severísima: no se puede llegar por avión y no se puede ir deliberadamente. Es decir, solo se puede llegar de casualidad por tren o por barco. Si uno va en un tren o navega por los Mares del sur, y se topa con Trantilia, es bienvenido cálidamente, pero sí planeó el viaje y las autoridades lo descubren, es ejecutado de inmediato en la estación de tren de Nitropolitania, la capital, o en cualquiera de los puertos.  

ficción