Uno de sal y de huevo

Compré sal en el supermercado por equivocación y ahora tengo dos kilos de sal. Y me pregunto: ¿qué habrá sido de mí cuando se acaben? Y: ¿qué será de mi cuando se acaben?

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La sal también la uso para echarle al agua en la que hiervo los huevos cuando los quiero tibios o duros porque así lo hacía mi madre. La sal se pega a la cáscara del huevo y crea una película protectora.

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Puse a hervir dos huevos en esa salmuera y uno de ellos se estalló. Decepcionante.

Pichardo

En el habla bogotana de los años ochenta “pichar” era sinónimo de fornicar. Y me da risa pensar en que transformáramos el nombre Ricardo en “Pichardo” –era un chiste fácil y muy común– implicando que un hombre que se llama Ricardo fornica mucho. También me parece chistoso decirlo en voz alta: “Pichardo”. En la oficina hay un gordo bonachón y un poco tonto que se llama Ricardo. Todos lo queremos, aunque no es nuestro amigo, y le decimos Pichardo solo para hacerlo reír porque el gordo se congestiona cuando le hacemos el chiste. También sabemos que es célibe.

ficción

De ratones y vendedoras

Necesito comprar un mouse nuevo para el computador y entro a una papelería a buscarlo. No los encuentro, y entonces pienso en preguntarle a la vendedora que dónde están. Ya nadie dice “ratón” en Colombia –yo tampoco– porque, por supuesto, se impuso el inglés “mouse” (aunque aquí nadie habla inglés, no fuimos una colonia británica, ni hubo nunca una migración de anglo parlantes). Pienso en preguntarle a la vendedora que me diga dónde están los mice, que es el plural de mouse, pero por miedo a que no me entienda, termino por preguntarle por “los ratones”. Me mira con extrañeza, hago el gesto del mouse, y me dice con un tono de superioridad: “Ah, los mouse”, como si el ignorante fuera yo.

Períodos de mi casa

Postales (2006-2009)

Hacia 2006 empecé con las postales cuando me mudé al conjunto Palo Largo. Había comprado un libro de postales de Henri Matisse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York muchos años atrás, y tenía otras postales sueltas de distintos temas (la mayoría me las habían mandado amigos, de sus viajes). En esa época me gustaba mucho Matisse, pero también le daba importancia a que es el único gran artista, que yo sepa, que aprobaba el uso de su arte como decoración en las casas, así que sentía que no estaba banalizando su obra. En cuanto a las postales de mis amigos, el manejo de éstas era más delicado; por una parte, quería honrar nuestra amistad, pero también tenía que haber un criterio estético: la postal tenía que verse bien en conjunto con las otras, ya fuera en el baño, o en el estudio. Al final primó el criterio estético sobre el significado emocional. Pegué unas postales en el baño y otras en una pared del estudio. Cuando me fui de Palo Largo, se terminó este período, aunque hace poco volví a pegar unas postales en una pared y reconocí lo importante que fue este en la trayectoria de mi casa.

Molas (2007)

Este período, que se cruza con Postales, estuvo claramente determinado por la popularidad de las molas, y mi interés por ellas fue mayor que por las postales, más auténtico –tal vez por la belleza y la técnica de las molas. Las postales solo son, a la larga, reproducciones industriales, pero cada mola es una pieza única. Mi trabajo más destacado en este período fue tapar unas repisas para botellas, que estaban empotradas en un mueble del comedor y eran feas, con unas molas cosidas sobre lino negro con un retablo. Siento que logré intervenir un espacio y transformarlo en algo bello. Cuando tenía visitas, elogiaban las molas.

Telas peruanas (2009-presente)

En un viaje al Cusco compré unas telas peruanas baratas, pero con colores vistosos y patrones armónicos. Poner telas encima de los muebles es una práctica decorativa milenaria, lo sé, pero resalto mi uso de éstas: las puse dobladas sobre el espaldar del sofá de sala y sobre un sillón, adornándolos, pero, a la vez, dando la impresión de que están “puestas ahí”, un poco al desgaire, cuando en realidad las coloqué meticulosamente. Ese “hacer parecer” me parece un acierto estético.

Postales enmarcadas (2021-presente)

Conseguí en Home Center unos marcos para fotos del tamaño de una postal. Son los que usa la gente para poner fotos de familia, pero yo los usé para poner reproducciones de afiches de exposiciones de arte y fotos fijas de películas, que encontré en Pinterest. Así, los marcos les dan la apariencia de ser obras originales (fotografías originales) y decoran los espacios con agudeza.

Mirarse

Hice un viaje intenso de un mes por Europa. No lo hacía desde 2019, en el último verano antes del Covid. Aeropuertos, museos, trenes, aviones, Juegos Olímpicos, estaciones, parques y metros. Gente, gente y gente. El 19 de julio me tocó la caída de internet en Amsterdam, y estuve varado ocho horas en Schiphol, atestado de viajeros. Y me llamó la atención durante todo el viaje cómo ya casi nadie se mira, nadie lo mira uno y uno evita mirar a los demás. Es como si se debiera evitar el contacto visual –el contagio– a toda costa. Y no es por los teléfonos celulares, ya que, salvo por los adolescentes en los museos, no vi a muchos adultos enganchados a éstos. Y entonces me imagino que un buen día, un invisible –un invisibilizado– no lo soporta más y se hace visible volándose en pedazos, o volando algo.