Yo, que perfectamente pude haber fundado una secta
Autor: Francisco Barrios
Un pobre hombre
Entro a un local pequeño de un almacén de cadena, cojo lo que voy a comprar y me paro en la fila de pago, detrás de una mujer. Delante de ella está un hombre. Al parecer, es un obrero porque lleva un metro en la pretina del pantalón y está muy sucio de polvo y pintura (demasiado, incluso para un obrero de la construcción). Es evidente su pobreza. Su gran pobreza. La mujer de la caja llama al siguiente cliente en la fila, y la mujer que estaba detrás de él pasa primero. Es tan natural su gesto, que no estoy seguro de si debería decirle algo. ¿Estaba ahí antes que él, se salió de la fila y volvió a su lugar? O, tal vez, ¿él la dejó pasar con un gesto rápido que yo no alcancé a ver? Llega el turno del hombre, que le pide a la cajera que le cambie un billete. La mujer mira el billete y se lo muestra a su compañera de caja, que parece más veterana. Ésta le dice que mejor no lo acepte. Se lo devuelve al hombre que, resignado y amable, lo toma, dice “bueno” y se marcha. Su resignación me conmovió, aunque me temo que el billete era, en efecto, falso. Alcancé a verlo cuando la cajera lo puso a contraluz. Por otro lado, era de un valor tan bajo que, creo, no tendría mucho sentido falsificarlo.
El cojo
Comprendo mejor que nadie el dicho “tener una piedra en el zapato”. Se refiere a algo que estorba permanentemente, que no representa un gran peligro, pero que dificulta el caminar, la marcha, el andar. Es algo con lo que se podría vivir toda la vida, ¡pero es mucho mejor si se le puede sacar! “Tal persona o tal circunstancia era la piedra en el zapato, pero se fue, o pasó”. Para recordarme que la vida está llena de eso: de obstáculos, de molestias y de dificultades, desde que escuché el dicho por primera vez, decidí echar una piedra en uno de mis zapatos cada mañana y salir así a la vida. A veces la piedra queda en un mal lugar y me hace mucho daño hasta que no se acomoda. El otro día, por ejemplo, en una reunión de trabajo en la que finalmente me pude sentar después de un día de dolor, vi cómo tenía la media empapada en sangre. Fui a la Enfermería de la empresa, y la enfermera se sorprendió cuando le conté lo de mi técnica de memorización. Me dijo que tenía que dejar de hacerlo, y que, si no lo hacía, ella tendría que informar a mis superiores. Me recomendó también que visitara a un especialista en salud mental. Entiendo su preocupación, pero yo llego todas las noches a mi casa y me limpio las heridas y las desinfecto. Y en cuanto a las que requieren puntos de sutura, hace años que aprendí a hacerlo solo. Claro, a veces una de las heridas se abre de nuevo porque la piedra la tocó, y cojeó más de lo habitual, pero insisto en que mi técnica es buena porque es necesario recordar que la vida está llena de piedras en el zapato y que por eso uno, como la justicia de refrán, “cojea, pero llega” a donde tenga que llegar.
ficción
Omertá
Los de 5° del bus # 7 de la escuela Primaria éramos la mafia porque éramos los mayores. Teníamos 12 años y era en un colegio privado masculino en los años 80. En unas vacaciones, un grupo de Pop dominicano de solo niños, que se llamaba Menudo –del que salió Ricky Martin–, lanzó su disco “Súbete a mi moto”. Mauricio, el niño más cool de nuestra pandilla, compró el cassette y se entusiasmó con la música. En las vacaciones casi no nos veíamos, pero un día Mauricio nos convocó para presentarnos a Menudo. Lo oímos, pero no nos gustó (un par de años antes había salido la banda sonora de Grease, que sí nos había gustado, y ya empezábamos a escuchar a Billy Joel y a Queen). Unos días después entramos de nuevo al colegio, es decir, al mundo, y descubrimos que Menudo era un gusto exclusivo de las niñas. Honorablemente, no le dijimos nada a Mauricio, ni mencionamos el tema.
Historia del siglo XX
El embajador
Sueño con que una cortesana japonesa del siglo XIX me espíe detrás de un biombo mientras le presento mis credenciales de embajador al emperador. Y que esa noche escriba en su diario: “Hoy ha venido el señor Barrios, el embajador de la naciente República de la Gran Colombia. Tiene una voz grave, viril, pero su semblante tiene algo triste, y luce encorvado. Tal vez extraña a su país, a su esposa y a sus tiernos hijitos. Se trata sin duda de un espíritu noble”.
Mi Kung Fu
Limpiar las máquinas de afeitar o rasuradoras ha sido un auténtico problema para muchos hombres durante décadas. No es broma. De hecho, hace muchos años se inventaron un modelo de rasuradora con un botón que supuestamente limpiaba entre las cuchillas, pero fue un fracaso (aún queda un par de modelos de esos, creo, pero nadie los compra). Después de años de buscar cómo hacerlo bien, he llegado a dominar esa figura. Y no es poca cosa, así que por eso quiero compartirlo. A medida que uno se va rasurando y la máquina se va llenando de vello entre las cuchillas, uno debe abrir el agua fría a toda presión, poner la máquina en un ángulo de aproximadamente 30° debajo del chorro, lo más abajo posible, y en los dos sentidos, es decir, que se limpie diagonalmente en las dos direcciones: el extremo derecho arriba primero, y después el izquierdo. A continuación, en el pequeño pozo que debió de haberse formado en el lavamanos, sacudirla dentro del agua vigorosamente con movimientos muy rápidos y cortos, muy cerca de la superficie, no en el fondo del pocito. Al final, golpearla con firmeza, mas no dureza, contra el borde del lavamanos de tres a cinco veces, no más. Así se limpia una máquina de afeitar.
* Las cursivas son mías
Inmersión
No entiendo el entusiasmo de la gente con esas exposiciones dizque “de inmersión”, como la de Van Gogh, que hubo hace un par de años. Proyectan las pinturas en las paredes y en el suelo con proyectores de alta calidad –una luz demasiado potente– y se supone que uno está dentro del cuadro. ¿Pero es que nunca han visto un cuadro de verdad? ¿Un van Gogh, o cualquiera? Y no solo me refiero a ver los originales, aunque es lo ideal; en internet pueden ver fotos fijas de los cuadros en alta resolución. El pobre y feliz Van Gogh matándose para condensar en un lienzo de 90 y 70 toda la fuerza de la vida con unas pinceladas prodigiosas, como para que estos tarados sin imaginación nos digan que ver «La noche estrellada» proyectada en una pared es “meterse en el cuadro”.