Overbred Dogs

«But if the West is a place of privilege, people suffer differently there too. Exempt from many of the relentless physical and social obligations necessary in a traditional life for survival, they become spoiled and fragile like overbred dogs; neurotic and prone to a host of emotional crises unknown elsewhere.»

Jason Elliot, An Unexpected Light – Travels in Afghanistan (London: Picador, 1999)

Un temor

No tengo una idea fija del más allá, pero sí creo que pasamos a otro estado, que no morimos con el cuerpo. Por eso mi temor es pensar en que mis muertos me ven. ¿Con que mi abuela me ve mirándome al espejo haciendo muecas? ¿Mi madre cuando bailo y canto Pop en pantuflas? ¿Mis amigos oyen mis soliloquios violentos y vengativos contra gente que amo, los reprochables videos que me paso horas viendo en la cama? Sería una vergüenza trascendental.

La rifa

En una feria, un tigre de Bengala enjaulado me llama cuando paso a su lado. Me acerco, y me susurra al oído: “Ayúdame, por favor. Me van a rifar”, y de debajo de su barriga saca todas las boletas y me las da. Cantan la rifa y me lo gano.

Comienzos

Era tan linda como para tener muchos pretendientes, pero no tanto como para que fueran demasiados.

Era uno de esos hombres que nunca se ponen suéter.

Era ese amigo que, cuando estaban en el colegio, imitaba la voz del pato Donald.

Su fracaso había sido extraordinario, casi glorioso.

Una sorpresa

En mis treintas llevaba un diario en el que registraba los eventos del día, lo que me pasaba en la vida, afuera. Más adelante empecé a ser más escueto en el recuento de los eventos y a enfocarme más en ideas y reflexiones sobre éstos. De unos años para acá -ya pasé los cincuenta- anoto también lo que comí y lo que gasté en el día. Me place hacerlo y es a lo que le presto más atención. Resultó que el cuerpo era el espíritu porque es en él donde transcurre mi vida interior. Y el dinero es su sostén. ¡Qué sorpresa!

Los viejos

En la terraza del restaurante hay unas veinte mesas más o menos, demasiado cerca las unas de las otras. La mitad tiene parasol. La hora habitual del almuerzo ya ha pasado y solo quedamos cinco comensales: tres hombres solos, cada uno en una mesa, y una pareja. Es verano, no hay una sola nube. Un hombre está sentado en la última mesa que está protegida del sol; después de esa empiezan las descubiertas. La luz del sol se va acercando cada vez más a él y amenaza con pegarle en la cara. El hombre tendrá unos sesenta años, es gordo, y su porte y la ropa que lleva muestran un poder; puede ser un empresario pequeño, el dueño de una tienda grande, o un empleado de rango medio. Se nota que es alguien que manda sobre otros. Y ahora no se va a mover porque las mesas están muy juntas. Entonces empieza a echarse hacia atrás sentado en la silla, muy cuidadosamente, disimuladamente, y a correr la mesita centímetro a centímetro, pero no se va a cambiar de puesto, ni va a intentar pararse. No se va a exponer a hacer ese ridículo. Eso nunca. Prefiere quemarse hasta el cáncer.

La comida de los aviones

Me emociono desde que veo en el pasillo a las azafatas con los carritos de metal de los que sacan las bandejas, y me imagino que hay un compartimiento con el nombre de cada pasajero. Tan pronto empiezan a sacarlas, me asombra que quepan tantas en ese carrito tan estrecho. Es como magia. Magia de comida mágica. Tan pronto me pasan la bandeja compruebo que está muy caliente, y eso también me sorprende porque ha pasado un rato desde que empezaron a repartirlas. Una vez que la tengo y despliego la mesita, viene destapar las cajas y los paquetes. Todo es siempre de una marca que no existe en la tierra, como si hubiera un mercado celestial. Y llega el momento de comer, en el que tengo que demostrarme –a mí mismo y al pasajero de al lado– que yo sé mejor que nadie cómo se hace. Cada tapa y cada paquete que uno abra, debe ponerlo debajo del recipiente o del alimento; los brazos deben estar muy pegados a los lados del tronco (a veces sobre los de la silla, dependiendo del modelo del avión). Siempre pido vino para sentirme muy elegante, pero me lo tomo sin deleite porque nunca es bueno. La comida me sabe delicioso, aunque sea una porquería, y me maravilla que en esas cajitas quepan porciones que parecen no acabarse nunca. Cuando ofrecen café siempre acepto porque así cierro mi ritual narciso de destreza en la mesa (aunque sea café recalentado y, a veces, den leche en polvo). Me parece que la comida de los aviones es un juguete que se vuelve la realidad. Es la fantasía de un niño neurótico.