El otro*

Llego de dar clases y porque estoy triste, irritable o eufórico, hago café y no lavo la cafetera, me preparo algo de comer y no lavo las ollas ni los platos, me siento en el sofá a leer y leo muchas cosas: un libro, un periódico y una revista, que dejo abiertos sobre el sofá, al lado de una manta sin doblar. A la hora de irme a acostar llevo chocolates a la habitación, me quito la ropa del día, la tiro al suelo y me meto en la cama a ver una serie. Dejo las envolturas de los chocolates sobre la mesa de noche y la ropa en el suelo. Me duermo y duermo pesadamente porque tomo somníferos. Al día siguiente me levanto a trabajar y veo el desorden del día anterior, pero tengo que correr a clase, así que me propongo ordenar por la tarde. Cuando vuelvo del trabajo, veo el desorden y me enfurezco. ¡Ese no soy yo, es el otro!, me digo, así que lavo la cafetera y los platos, recojo los libros y el periódico del sofá, doblo la cobija, guardo la ropa y tiro las envolturas de chocolate. Barro y aspiro meticulosamente mientras que me prometo tener la casa limpia siempre. Hasta la próxima vez.

*A.C. (Antes de Covid19)

Ideas

“People ask me, ‘Don’t you ever run out of ideas?’ Well, in the first place, I don’t use ideas. Every time I have an idea, it’s too limiting and usually turns out to be a disappointment. But I haven’t run out of curiosity’.”

Robert Rauschenberg

Olvidable

Mi amigo R es un hombre alto y, a mi parecer, atractivo. En ese sentido: notorio. Tenemos tres amigos en común, pero los conocimos en épocas distintas, cuando aún no éramos amigos los dos. R me habla de mis amigos con deferencia y afecto, y recuerda episodios con cada uno de ellos. El problema está en que ninguno de ellos se acuerda de él. Les he mostrado fotos de R y no lo recuerdan en absoluto. Es una persona olvidable.

La suerte

Yo era muy pobre y siempre tenía la ilusión de ganarme un premio; de que, de pronto, me llegara dinero milagrosamente. Compraba café de una marca que anunciaba una rifa. Para participar, uno tenía que enviar por correo postal el código de barras del paquete, pegado a una hoja con sus datos personales. Durante meses, diligentemente, yo abría la bolsa de café, lo vaciaba en un frasco, recortaba el código de barras, lo pegaba a la hoja con mis datos personales y lo metía en un sobre. Iba a la oficina de correos y enviaba la carta pensando siempre en que esta vez sí.

Matamoscas

Abro las ventanas y la puerta de la terraza porque es verano y quiero que entre el calor, pero con el calor entran las moscas. Cuando anochece, cierro la puerta y las ventanas, y las moscas se quedan adentro. Ahora debo empezar a cazarlas porque sino lo hago, no me dejarán dormir. Les pongo trampas con las luces y las aplasto con una revista. Son solo moscas, pero todo es muy injusto. Yo les abrí la puerta de mi casa para matarlas después. Les tendí una trampa mortal.

El fin del mundo

A veces dudo de cuál es el número telefónico de mi trabajo, y no me sé el número del celular de nadie. No importa: los puedo mirar en el celular. Y si voy solo en el carro y me incomoda el silencio, pues pongo música; radio no. Spotify. Mis listas con mi música, que ya conozco. Y si extraño a alguien, antes de que me duela su ausencia le pongo un mensaje por WhatsApp o Messenger, y si quiero saber cómo es Katmandú o Capadocia, pues lo miro en Google Maps. Y es como si la memorización, la nostalgia y la curiosidad se estuvieran acabando. No me preocupa ni me alegra. Me intriga. ¿Cómo será la vida sentimental de los que están naciendo hoy?

La remesa

Un día vi en un cómic gringo un aviso de una colección de soldados de plástico. Yo tendría 7 u 8 años. Escribí a la dirección que había en el aviso y, varias semanas después, me contestaron con una carta manuscrita: no, lo sentían mucho, no enviaban los soldados por correo internacional (eran los 70) pero, ¡me había llegado una carta! ¡A mí! Fue tan importante, que aún lo recuerdo. Cuando estuve en el ejército en los 80, en la Península del Sinaí, era una alegría recibir correo, que por lo general era inesperado. ¿Qué será, de quién? Ahora espero la remesa de algo que yo mismo pedí por Amazon y cuando me avisan que tengo un paquete, no me pregunto qué será ni de quién. Sé que se trata de algo que yo mismo pedí y, como puedo hacer varios pedidos al mes, la única inquietud es “¿cuál será?” Es la autosatisfacción reemplazando a la sorpresa.