La antipatía

Una vez iba por la calle sin encendedor. Una mujer salió de un edificio fumando y me acerqué a pedirle fuego. “¿Me presta su encendedor?”, le pregunté. “No”, fue su respuesta. Y siguió de largo. Vieja hijueputa, pensé. Antipática. ¿Qué le costaba? Es fumadora y yo también. Quería fumarme un cigarrillo y como no tenía con qué encenderlo, pues recurrí a ella, ¡una compañera fumadora!, que debe saber lo desesperante que resulta tener cigarrillos y no poder encender uno. ¿Y me lo negó? ME sentí mal. Al día siguiente fui al banco con mi esfero, llené el volante de consignación y cuando terminé se me acercó una mujer a pedirme mi esfero (un bic de tres pesos). Automáticamente se lo pasé, por supuesto. Un minuto después de habérselo pasado, y unos días después de haber recibido la negativa de la mujer del encendedor, no sé por qué entendí a la fumadora. “¿Me presta?” “No”. “¿Por qué?” “Porque no”.