Experiencia de ciudad

Viví seis años de corrido por fuera de Colombia, sin venir nunca porque no tenía plata. Y como no tenía plata porque era estudiante y vago, tampoco salía mucho de las ciudades en las que viví (Nueva York y Barcelona), salvo para trabajar. Eso me obligaba a entretenerme en la ciudad, sin gastar. Se podía, y se podía muy bien. Regresé a Colombia hace veinte años y, desde que volví, he salido muchas veces de vacaciones a pretender que vivo en otras ciudades. Me explico: me gusta ir a la playa a no hacer nada, o a las montañas, de excursión, pero lo que más me hace descansar de Bogotá es estar en ciudades que funcionan, así sea solo por un par de semanas. Ahora estoy en Buenos Aires por tercera vez en mi vida. Buenos Aires que es Latinoamérica, que acusa muchos de los problemas de las ciudades del Tercer Mundo, pero que funciona. Hay un sistema de transporte público, hay barrios enteros de edificios viejos cayéndose, otros resistiendo y otros remodelados afortunadamente; se puede andar de noche solo y no pasa nada; las mujeres en verano se pasean por la calle con ropa de verano sin tener que oír piropos atrevidos en cada cuadra; hay niños en la calle, solos o en grupitos, hasta bien entrada la tarde. Creo que parte de la virulencia -y de la autocomplacencia- colombiana tiene que ver con no saber lo que es vivir en una gran ciudad de verdad, de esas que exigen una convivencia difícil, pero que es un ejercicio de educación y conciencia. No estoy diciendo que en ciudades pequeñas y pueblos de Colombia la gente no viva bien, o no pueda convivir. De hecho, en muchos pueblos colombianos viven extranjeros felices. Me refiero a Bogotá. Y no creo que esto sea un problema metafísico. Es histórico y político. Y sé que no lo veré resuelto en vida, y no creo que se vaya a resolver nunca.