En un avión, un octogenario que viaja solo saca una tableta y la enciende, enchufa los audífonos y pone una película porno pesadísima. No hay niños cerca.
ficción
En un avión, un octogenario que viaja solo saca una tableta y la enciende, enchufa los audífonos y pone una película porno pesadísima. No hay niños cerca.
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Estaba en la plataforma de la estación esperando el tren con otros pasajeros. De repente, a unos metros de mí, vi a una mujer de unos cincuenta años; llevaba tenis, pantalones de fatiga y una chaqueta. Empezó a hacer estiramientos en la plataforma mientras que llegaba el tren. Cuando éste llegó, se subió al mismo vagón que yo y se recostó en un asiento para tres con las piernas sobre la banca, juvenilmente. Se puso unos audífonos y con movimientos cortos y rápidos sacó un libro de su morral. La odié profundamente porque me pregunté: ¿Yo me veo así? ¿Soy, como ella, un cincuentón ridículo?
Hace un par de años caminaba por New Haven con un amigo que, por esa época, escribía su tesis doctoral en Literatura comparada, y con una francesa amiga suya. De pronto él recordó que Emily Dickinson había vivido en Mount Holyoke y que rara vez salió de ahí. Mi amigo, que es una persona sensible, se burló de Dickinson, a pesar de que la admira sinceramente; la poeta era una niña mimada que prácticamente nunca salió de su casa, decía, sus grandes amores fueron tan solo infatuaciones de adolescente, y sus viajes, sobre de los que escribe extensamente en sus diarios, ¡eran de un pueblo a otro en un rincón de Nueva Inglaterra! Jajajaja. (Recordé entonces que la cabaña de Thoreau quedaba a unos metros de la casa de su madre, a donde, dicen, iba a comer regularmente, pero preferí no mencionarlo por lealtad con Thoreau). La francesa, por su parte, habló de Proust como de ese esnob afeminado y consentido de su madre. Y Dante, ¡ni hablar!, agregó, enamorado de una niña de nueve años, ¡por favor! La conversación se volvió entonces una burla cándida a grandes escritores porque sus obras provienen de episodios insignificantes, casi patéticos. No soy un fetichista de la literatura, admiro las obras y a sus autores, pero también creo, como Borges, que los clásicos son obra del azar, de los caprichos de una época y, sobre todo, del tiempo. Y sin embargo, sentí rabia con mis amigos. Hasta el borde de las lágrimas. ¿Cómo se atreven?, pensé. Quise insultarlos y largarme de ahí corriendo.
Para que sus hijos no se malcríen por la abundancia en la que han crecido, un padre rico manda a quitar las tejas de su habitación. Así, cuando llueve a cántaros, los niños tienen que mover los muebles y los juguetes sin la ayuda de nadie, poner recipientes en el suelo, hacer canaletas con cuanto trasto encuentren y pensar en soluciones para su problema. Al día siguiente están agotados, a veces enfermos, y su habitación está inundada, pero están aprendiendo una valiosa lección.
Siempre compro pantalones caqui (khakhis) porque creo que me veo muy bien con ellos, pero siempre, siempre se me ensucian. De salsa para pasta, de grasa del carro, de sopa, de tinta de bolígrafo y de cualquier cosa. Y me pregunto si acaso eso es una señal. Los caqui son un símbolo, son pantalones de blanco, de gringo blanco. ¿Entonces la vida me está diciendo que no me corresponden? ¿Qué no debería usarlos? ¿Que al hacerlo me veo como un indio de los que servían obsequiosamente a la Corona británica, por ejemplo?
Me divierte ver que muchas personas siguen reproduciendo en su muro de facebook una declaración de derechos de autor en la que le prohíben a esta empresa hacer uso de sus fotos y de su información. Es para partirse de la risa. ¿Creen de verdad que facebook, la CIA o el FBI tienen el menor interés en alguno de nosotros en particular, aparte de vendernos cosas en paquete? Que se preocupen los que son figuras públicas, claro, ¿pero uno? ¡Por favor! No me imagino a un analista de inteligencia militar del Pentágono pensando: “Hombre, este Pacho, profesor de un colegio en Bogotá, Colombia… Escritor, hmm… Me preocupa me preocupa. Lo rastrearé”. Tampoco creo que Mark Zuckerberg sepa muy bien qué países conforman América Latina, ni me imagino a un editor de Vanity Fair pensando: “¡Pues vamos a robarle esas selfis del paseo a Apulo para nuestra edición de Primavera en vez de contratar a Mario Testino!” Qué mejor que una compañía grande le robara a uno alguito para así poder demandarla por un par de millones (de pesos, por lo menos).
Hice dos pregrados y dos posgrados, viví en Barcelona, en Nueva York y en Lakeville, Connecticut; he publicado dos libros de cuentos y algunos textos periodísticos, y he sido profesor durante veinte años. El año pasado cumplí cincuenta y, ¡al fin! puedo ser ese señor simpático, respetable y coqueto, que ya tiene la prestancia suficiente como para pedirle a la supervisora o al supervisor de los cajeros del supermercado que le selle el tiquete del parqueadero para que este le salga gratis (aunque su compra no alcance el monto requerido para ello). Siempre acceden. Me he convertido en lo que siempre quise ser realmente.