Engallar un sándwich

Hablaba con un amigo de las opciones que hay cuando uno no quiere cocinar ni pedir comida a domicilio, y surgió entonces el tema de los sándwiches de cierto supermercado, que son más bien mediocres, “pero se pueden engallar”, dijo él. Y yo, que sabía perfectamente de qué hablaba, seguí la conversación como lo haría cualquiera. Engallar* un sándwich es mejorarlo tostando el pan, por ejemplo, o calentando el relleno por aparte, o echándole una salsa que no traía. Y sé que todo esto es una pequeña gran tontería, pero, ¿no es encantador también?

* Además del ave, en Colombia “gallo” es un extranjerismo adaptado del inglés gadget (dispositivo).

Comemierdas

Vamos con unos amigos a un restaurante que, les digo yo, es muy bueno. Uno de esos restaurantes de barrio, que no son de “corrientazo”, pero que tampoco tienen vino. Es, digamos, en el que almuerzan los jefes de las oficinas, pero no los empleados. Nuestra orden se tarda demasiado, el servicio es malo y la comida mediocre. Nada raro, pero aquí está el asunto: es caro para lo que ofrece. ¿Y cuál es el problema? Que vive repleto y tiene fama. Y eso me hace pensar en que así somos los colombianos: aceptamos por bueno algo que no lo es; alimentamos reputaciones inmerecidas; comemos cualquier cosa.

El bómper

Un día estaba dando reversa en el garaje de un edificio en Bogotá. Sabía que el espacio era muy estrecho y que posiblemente le pegaría a otro carro, así que lo hacía con cautela, pero a pesar de eso, toqué otro carro con el bumper del mío. Ni pensé en bajarme. Di marcha adelante, pero al ver que dos pasajeros de un tercer carro se bajaron para ver el daño, me bajé. Frotaron el bumper del otro carro como para ver si debajo del polvo había algún daño irreparable. Por supuesto que no. ¡El bumper es para eso! Y lo escribo en inglés para recordar el origen del término: del verbo to bump: «chocar con», «topar». Y esa es otra de esas reacciones automáticas en Colombia: si uno toca a otro carro, hay que «bajarse a ver». Pero el bumper se inventó para reducir el impacto de los golpes y, en el caso de un leve toque, para que no afecte a los carros. Y su traducción correcta es guardabarros o guardafangos, pero aquí adoptamos el término así no más, sin saber su significado, y por lo tanto, su uso.

Ira

Todo lo que pasa me ocupa y me duele, pero lo que más necesito en este momento es una ingeniera o un equipo de profesionales que diseñe buenos tajalápices (o sacapuntas). ¿Por qué no son capaces de diseñar y construir uno que funcione? Todos los que tengo, que he comprado durante muchos años en muchas partes, rompen la mina de los lápices en el último instante, cuando la punta ya está afilada. Además, la punta rota se enquista dentro del tajalápiz, y la fisura que deja la fractura entra al cuerpo del lápiz y rompe la mina adentro. Es un escándalo. Y yo sé que los que diseñan los tajalápices lo hacen mal a propósito para que a mí se me rompa la mina en el momento exacto en el que iba a escribir algo muy importante, y, como pasa con el tal “Efecto mariposa”, cuando un tajalápiz rompe la punta del lápiz que yo estoy tajando, explota una bomba en Belfast.

La frontera

La vida en la frontera es dura porque estamos sometidos por el clima. En las mañanas hiela, y entonces tomamos café muy caliente, endulzado con panela, en jarros de peltre. En las tardes, cuando cae el sol, llega el frío de la noche. En ese momento encendemos una fogata y comemos galletas y un estofado con una cuchara de palo. A veces hacemos aguardiente en el alambique, siempre con el sombrero puesto. Pero no hay vacas, ni indios, ni oro, ni pasto. No hay nada ni nadie más. Esa es la vida en la frontera.

fantasía

Desadaptados

El día del Paro nacional en el que hubo la mayor concentración de gente en el monumento a Los Héroes, salí después de las diez de la noche de donde una amiga que, por mi cumpleaños, me había invitado a comer a su casa, a pocas manzanas del monumento. Bajé por la calle 85 para tomar la Autopista Norte. Iba en mi carro, satisfecho de mí mismo y de mi vida, y por el carril de los buses de Transmilenio caminaban los últimos marchantes; todos jóvenes; unos con la bandera de Colombia sobre los hombros como una capa y otros con la camiseta de la Selección de fútbol. Me conmovió que muchos fueran solos (supongo que habían venido de muy lejos y que a esa hora regresaban a pie a sus barrios porque no había buses). Pero, ¿y qué necesidad hay de hacer eso? ¡Si yo a su edad estaba estudiando en la universidad y los fines de semana en la noche estaba con mis amigos en la Zona T o en La Candelaria! Cómo no ver algo tan evidente: que si un joven sale a protestar varios días seguidos y termina su semana caminando solo por las calles de noche, exponiéndose a ladrones y policías, es porque está mal de muchas maneras, de todas. Está llamando la atención, dirá algún viejo pendejo. Exactamente. Y es por eso que tenemos que prestarles toda nuestra atención. “Desadaptados” escribió una revistucha semanal hace unos días, refiriéndose al performance que hizo una joven frente al edificio de dicha publicación. Y viendo a los caminantes esa noche se me vino a la mente eso de “desadaptados”. Por supuesto que son unos desadaptados porque, ¿a qué se supone que tienen que “adaptarse”? ¿A que les disparen a los ojos?

Las tapas

A todos los niños les dan al comienzo del año escolar un bolígrafo azul y uno rojo; cada uno cumple una función. Son objetos importantes en la vida de un colegial. Y siempre hay un niño que le pone la tapa roja al bolígrafo azul y la tapa azul al rojo. Apenas lo hace, se siente muy ingenioso y los deja así. A muchos les gusta esa pequeña rebeldía, ese cambio que ni siquiera rompe una regla, pero solo un niño se copia; al resto del curso le parece una tontería molesta (esos son los juiciosos y ordenados, su vida será buena y aburrida). Las profesoras, por su parte, se irritan, quisieran decirle que no cambie las tapas, pero es una nimiedad que revelaría su propia neurosis. El niño deja de sentirse orgulloso con el tiempo porque eso se volvió su “marca”, pero deja las tapas así, aunque a menudo se lo reprocha: «ni siquiera se ve chévere, me tiré todo». Además, a veces se equivoca de bolígrafo, daña la tarea y tiene que empezar de nuevo. Yo sigo siendo ese niño que cambia las tapas de los bolígrafos.