Las drogas duras

Dicen que dejar la heroína es casi imposible, pero parece que se puede con opiáceos, aunque son casi tan adictivos y dañinos. Pero hay esperanza (o por lo menos mucha literatura al respecto). La nicotina sí que es difícil de dejar, lo sé, pero se puede. Con el alcohol no parece tan difícil, y en cuanto a la cocaína y las drogas sintéticas, tengo entendido que aún no hay un consenso médico. Pero la glucosa, la cafeína y los analgésicos (Acetaminofén, Ibuprofeno y Aspirina), me parece imposible dejarlas, y de esa guerra interior ni hablemos.

Un perro

Vivo ansioso, acezante, pendiente de lo que hagan mis amigas humanas. Por eso sufro feliz. Si me dan comida –casi que cualquier cosa– puedo comer sin parar. Me gusta dormir durante el día, pero sin dejar de estar vigilante, y si se acercan mucho a ellas, ladro, aunque preferiría no meterme en una trifulca porque puedo salir chillando. Prefiero jugar. Soy un perro que se viste, habla, trabaja, razona y escribe estas cosas.

La imbecilidad

Bajo caminando por la Avenida 140 a las 7 de la noche, cuando hay más actividad y más estímulos sensoriales, y me deslumbra el destello azul de un televisor gigante que brilla en la habitación de un apartamento en un piso alto. Ni siquiera iba mirando para arriba. Y no, no todo se vale y a mí sí se me antoja que la gente que se compra un televisor gigantesco de alta definición para ponerlo en una habitación es imbécil y se merece mi reprobación.

El criterio

Hasta hace unos años, debajo de algunos semáforos de Bogotá, había un letrero de tránsito que decía: Gire a la derecha en rojo con precaución. Me gustaba porque dejaba a criterio del conductor hacer el giro; lo reconocía como adulto. No quiero sonar como un viejo nostálgico porque no soy viejo ni nostálgico, no hace tanto tiempo que quitaron esas señales, y tampoco son un tema muy interesante, pero en medio de esta imbecilización en la que naufragamos, extraño esos letreros que un buen día desaparecieron.

Ella, los niños y yo

Hace un par de días estaba viendo algo en Youtube y en la ventana de recomendaciones me salió el programa de Stephen Colbert en el que entrevista a Jon Stewart. Colbert me divierte, y a Stewart lo admiro, pero en medio de la entrevista cada uno habló de “mi esposa y los niños” y me pareció tan pequeñoburgués, tan aburridor, tan decepcionante.

Prioridades

Estaba pensando en cómo hacer una analogía entre la fotografía y la escritura y se me ocurrió que podría desarrollarla por ejemplos: me gusta mucho ver y tomar fotos de edificios en ruinas, pero no me interesan las ruinas por sí mismas. Para nada. Me interesa la composición de las fotos de ruinas. ¿Cómo podría extrapolar eso a la escritura? Tal vez diciendo que no me interesa tanto contar historias como mostrar cómo cuento una historia, como quien expone el mecanismo de una máquina en vez de describirla (muy Nouveau Roman, tal vez. No sé…). Pero mientras que pensaba en eso vi sobre el lavadero de la cocina unos zapatos que me gustan mucho y que sería mejor que limpiara porque estaban muy sucios. Y no escribí ese texto porque me importó más limpiar mis zapatos.

Distopía

Paso frente a un almacén de telas al final de la tarde, cuando ya están cerrando, y veo una escena que me confunde momentáneamente: las luces del local están apagadas, pero todos los empleados siguen adentro, amontonados alrededor de alguien en un círculo y sin conservar el distanciamiento al que nos obliga el virus. No se mueven, pero hacen algo con las manos. Me detengo unos segundos y alcanzo a pensar que se trata de un robo o una celebración, pero entonces recuerdo que en la mayoría de los almacenes del país es una práctica revisar las carteras, las bolsas y los morrales de todos los empleados todos los días antes de salir para asegurarse de que no se robaron nada (rodeaban al vigilante, que hacía la requisa diaria). Pero, ¿y el respeto? ¿Los derechos del trabajador? ¿El Contrato social? ¡Por favor!, si Colombia ya era una distopía desde mucho antes de que el género se pusiera de moda.