Al paseo habían invitado también a una señora de unos sesenta años, que era la tía o la hermana mayor de la madre de la amiga de mi novia de entonces. La señora era agradable y elegante, y más o menos buena conversadora, pero se creía más ingeniosa de lo que era en realidad. Cuando le preguntaban que si quería sal, pimienta o vinagreta con la comida, o azúcar con el café, decía, muy pagada de sí misma: “una minchita”, y juntaba el pulgar con el índice para representar una pizca. “Minchita” no es una palabra de uso común en el castellano colombiano, ni creo que lo sea en el de ningún otro país. Nunca la había oído. Seguro era un vocablo familiar. Y ella no perdía la oportunidad para decir “minchita” y así parecer peculiar. Sin habernos puesto de acuerdo, los demás invitados nos resistimos a preguntarle por el origen de esa palabra tan irritante.
Autor: Francisco Barrios
Nada personal
El otro día estaba pensando en cómo introducir los debates en mi curso de Expresión Oral con mis estudiantes de Secundaria. Ya habíamos hecho descripciones, lectura en voz alta y exposiciones individuales. Lo importante al debatir, pensé en decirles, es entender que estamos debatiendo sobre opiniones, ideas, puntos de vista, y no sobre ustedes. Así que, ¡no se lo tomen personalmente!, enfatizaría. ¿Que qué?, me pregunté de repente, cuando terminé ese soliloquio. ¡Mentiroso! Me estaba engañando a mí mismo e iba engañar a mis alumnos. ¡Claro que es personal! ¡Todo lo que nos dicen, nos los tomamos personalmente! Lo que vamos a aprender, acabé por decirles, es a manejar la molestia, la irritación o la rabia que nos produce que nos contradigan, que otros piensen lo opuesto de lo que pensamos, y creemos, por lo tanto, que es la verdad.
El deseo
Le fascina su esqueleto. Lo imagina debajo de los movimientos de su cuerpo. Sus piernas, tan elásticas, son huesos; su cadera, que parece invitar siempre, son huesos; sus hombros delicados son huesos; debajo de su pelo se adivina el cráneo. Pero si viera el esqueleto desnudo, sin los músculos y sin la piel, sentiría pavor.
Fonética
Mi abuela no tuvo una educación formal porque de niña era muy pobre. Un día la llevábamos en el carro con mi hermano -ya era octogenaria- y en la radio transmitían un programa especial sobre The Beatles. El locutor decía una y otra vez “los bírols”. De repente, mi abuela nos preguntó: “¿Por qué a los bítles les dicen los biros?”.
La empatía
En la casa de campo en la que vivo hay zancudos. Todas las noches, antes de meterme a la cama, prendo las luces y me pongo a cazarlos, pero siempre hay uno que se me escapa, que se esconde mientras patrullo. Un rato después de haber apagado las luces, sale de su escondite a picarme, a dañarme el sueño. Me doy palmadas en la cara y en la cabeza cuando lo oigo zumbar cerca, pero nunca logro aplastarlo. Sin embargo, anoche pensé: “Que me pique. A mí qué me importa. Yo tengo muchos años por delante, mientras que a él solo le quedan unas horas”.
Un esnob
En el supermercado venden ahora jabones de Marsella, así que a la frustración permanente de vivir en esta ciudad de pacotilla que es Bogotá, le antepongo la sensación de bienestar que me produce anotar en mi lista del mercado “Jabón de Marsella”, como si así me limpiara de todo esto.
El primero de una estirpe
Solo un obsesivo puede acabar con un hormiguero. No importa si al terminar su guerra tiene un callo en el dedo gordo del pulgar por haber usado un encendedor con tanto empeño. Derrotó a las hormigas.