Olvidable

Mi amigo R es un hombre alto y, a mi parecer, atractivo. En ese sentido: notorio. Tenemos tres amigos en común, pero los conocimos en épocas distintas, cuando aún no éramos amigos los dos. R me habla de mis amigos con deferencia y afecto, y recuerda episodios con cada uno de ellos. El problema está en que ninguno de ellos se acuerda de él. Les he mostrado fotos de R y no lo recuerdan en absoluto. Es una persona olvidable.

La suerte

Yo era muy pobre y siempre tenía la ilusión de ganarme un premio; de que, de pronto, me llegara dinero milagrosamente. Compraba café de una marca que anunciaba una rifa. Para participar, uno tenía que enviar por correo postal el código de barras del paquete, pegado a una hoja con sus datos personales. Durante meses, diligentemente, yo abría la bolsa de café, lo vaciaba en un frasco, recortaba el código de barras, lo pegaba a la hoja con mis datos personales y lo metía en un sobre. Iba a la oficina de correos y enviaba la carta pensando siempre en que esta vez sí.

Matamoscas

Abro las ventanas y la puerta de la terraza porque es verano y quiero que entre el calor, pero con el calor entran las moscas. Cuando anochece, cierro la puerta y las ventanas, y las moscas se quedan adentro. Ahora debo empezar a cazarlas porque sino lo hago, no me dejarán dormir. Les pongo trampas con las luces y las aplasto con una revista. Son solo moscas, pero todo es muy injusto. Yo les abrí la puerta de mi casa para matarlas después. Les tendí una trampa mortal.

El fin del mundo

A veces dudo de cuál es el número telefónico de mi trabajo, y no me sé el número del celular de nadie. No importa: los puedo mirar en el celular. Y si voy solo en el carro y me incomoda el silencio, pues pongo música; radio no. Spotify. Mis listas con mi música, que ya conozco. Y si extraño a alguien, antes de que me duela su ausencia le pongo un mensaje por WhatsApp o Messenger, y si quiero saber cómo es Katmandú o Capadocia, pues lo miro en Google Maps. Y es como si la memorización, la nostalgia y la curiosidad se estuvieran acabando. No me preocupa ni me alegra. Me intriga. ¿Cómo será la vida sentimental de los que están naciendo hoy?

La remesa

Un día vi en un cómic gringo un aviso de una colección de soldados de plástico. Yo tendría 7 u 8 años. Escribí a la dirección que había en el aviso y, varias semanas después, me contestaron con una carta manuscrita: no, lo sentían mucho, no enviaban los soldados por correo internacional (eran los 70) pero, ¡me había llegado una carta! ¡A mí! Fue tan importante, que aún lo recuerdo. Cuando estuve en el ejército en los 80, en la Península del Sinaí, era una alegría recibir correo, que por lo general era inesperado. ¿Qué será, de quién? Ahora espero la remesa de algo que yo mismo pedí por Amazon y cuando me avisan que tengo un paquete, no me pregunto qué será ni de quién. Sé que se trata de algo que yo mismo pedí y, como puedo hacer varios pedidos al mes, la única inquietud es “¿cuál será?” Es la autosatisfacción reemplazando a la sorpresa.

#SinFiltro

Soy usuario de Instagram y, como tanta gente, la uso sobre todo para subir fotos mías y para ver fotos de otros. Sé que está poblada de memes ingeniosos y también de matoneo virtual, pero para mí sigue siendo una red amable. Sin embargo, en muchas de las páginas que sigo veo fotos de Cuba, sobre todo de la Habana. Y todos suben fotos de los carros viejos, de los edificios antiguos y de escenas con un toque romántico. Estuve en Cuba hace cuatro años durante un mes y vi cómo la gente la pasa mal, pasa hambre. No hay nada ideal en La Habana y sus ruinas gloriosas. Gloriosa y necesaria fue también la Revolución, por supuesto, pero ya no; sus logros en medicina y educación siguen siendo ejemplares, pero no hay comida. Y en cuanto a los carros de los años 50, no le veo nada de cool a desgañitarse haciendo las partes porque a uno le han sido negados los beneficios de la tecnología de los últimos 60 años.

Humanos Anónimos

Debería haber algo como Alcohólicos Anónimos pero dedicado a la condición humana en general. Algo así como: “Hola, soy Pacho, soy humano y llevo un día (o dos, o veintitrés o veinte mil) tratando de ser mejor persona”. Más responsable, más considerado, más ordenado. Lo que sea. Y que se llamara Humanos Anónimos. “Soy impotente ante los embates del día a día. Creo que un ser superior puede mostrarme el sentido común. Aprenderé a hacerle caso a mi intuición, pero también a la razón y a la evidencia” y todos esos pasos que no conozco y que no me importan y que me parece que deberían adaptarse a ese gran vicio de ser demasiado uno mismo (del que, por supuesto, se derivan todos los otros vicios).