Un señor

Se terminaba el primer semestre en mi nuevo trabajo en Estados Unidos y había una reunión de todos los profesores en la que los directivos hacían un recuento de lo importante. Al final abrieron el foro. Habló una persona, luego otra; hicieron reconocimientos y dieron las gracias. Empezó a hablar una tercera persona y entonces sentí que tenía que dar las gracias por ese semestre. Soy el mayor de mi cohorte, nadie me pidió que lo hiciera, no lo hice por quedar bien y sabía que hacerlo no me iba a hacer sentir bien ni mal. Simplemente, tenía que hacerlo. Sabía que para mis colegas jóvenes era un alivio sentir que ninguno de ellos tenía que hacerlo porque para eso estaba yo, el mayor. Me puse de pie y di las gracias en inglés delante de más de cien personas a las que apenas conocía. Soy un señor, pensé.

La civilización

Por la Avenida Diagonal de Barcelona, a la altura del Paseo San Juan, hay una glorieta mal señalizada en la que convergen los carros a alta velocidad. Un conductor decidió cambiar de carril antes de llegar a la glorieta y, al hacerlo, cerró al carro de atrás que por poco lo choca. Los dos autos frenaron y del carro de atrás se bajó la mujer que iba de copiloto. Se acercó a la ventana del conductor imprudente, ese que casi los hace matar, y con las manos siempre cruzadas en su espalda a la altura de la cintura, lo insultó a gritos de la peor manera. Pero nunca se acercó demasiado al vidrio, nunca hizo el menor gesto de agredirlo físicamente, ni siquiera de golpear el carro. Vi esa escena hace más de quince años. Pasaron tres mil para llegar a eso: la civilización.

El antepasado

En Colombia todo el mundo tiene un bisabuelo o un tatarabuelo que fue riquísimo y lo perdió todo porque hizo un mal negocio o lo estafaron o se bebió toda la plata o la jugó toda. Por eso nosotros no somos ricos, pero en realidad seríamos los dueños de la mitad de las tierras del país. Curioso. Le he oído esa historia a tanta gente, que las opciones son dos: o Colombia es un país mucho más grande de lo que parece, o todo el mundo resulta ser primo entre sí y, sin saberlo, comparte ese mismo antepasado loco y derrochador. Por supuesto, tengo una hipótesis: se trataba de un potrero grande, una casa y unas vacas, y ese pequeño capital se malgastó en una generación. Esa fue la famosa “fortuna familiar” hoy perdida.

Historia de Colombia

Francisco José de Caldas (1768-1816) fue uno de los próceres de la Independencia de Colombia. Un aristócrata provinciano, ilustrado, genial, botanista y homosexual, Caldas fue condenado a muerte por los españoles. De camino al cadalso traza la letra Ɵ (Theta) en un muro; representa Thanatos: «muerte» en griego. Alguien ve la grafía Ɵ. Parece una “o” mayúscula partida por la mitad. ¿Qué querrá decir?, se pregunta. «¡Oh larga y negra partida! ¡Pero claro!» Esa fue la versión que escuchamos todos en la infancia. ¡Oh, colombianidad!

Años de soledad

En su ristra habitual de lugares comunes, nuestra pobre prensa conmemora cada año el aniversario de la publicación de Cien años de soledad. Y como lo hacen cada año, reproducen los testimonios y los recuentos de siempre (lo de Álvaro Mutis, lo de Francisco Porrúa, lo de Mercedes Barcha, etcétera). Y está bien: para unos siempre es grato releerlos y para las nuevas generaciones conocerlos. Y al tiempo registran el aniversario del lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. ¿En serio tengo que explicarlo? ¿No ven el paralelismo tan obvio? En vez de refritar lo de siempre, ¿cómo no se les ocurre compararlas? Pero, ¿cómo? Lo primero es que estas dos obras maestras marcaron al tiempo el encuentro entre la cultura popular y la alta cultura. Por eso “se parecen”, para empezar. ¿Y cómo es que a ninguna editorial se la ha ocurrido hacer una pórtada de Cien años de soledad parecida a la de Sgt. Pepper’s con todos los personajes?

 

Contracorriente

Soy moderado por naturaleza y no por virtud, así que no me ufano de ser contestatario ni rebelde –apenas lo necesario, supongo. Pero en un Día de la madre me fui a caminar solo al Páramo de Chingaza (no celebro esa fiesta porque mi madre murió hace años, pero igual la aborrecía cuando ella vivía). Salí temprano en la mañana y aún no había carros en las calles, lo que me permitió llegar rápido; en el Páramo había poca gente y los que estaban se veían todos amables y aventureros; en el sendero que cogí, apenas si me crucé con un par de caminantes. Fui feliz. Al salir, después del mediodía, tomé la vía de La Calera hacia Bogotá y, claro, en esa dirección no había carros. En la dirección contraria, el trancón era de kilómetros y la gente se veía irritada e impaciente. Yo manejaba rápido y feliz oyendo Bob Dylan. ¿Cómo es posible que la gente se haga la vida miserable siguiendo unas costumbres ridículas y sin sentido? Ayer fui a contracorriente literalmente y me sentí pleno. Y por eso quisiera que más gente lo probara más a menudo. Porque eso es educarse.

Dar papaya

Una tarde pasé por la estación de Trasmilenio Alcalá y me recibió una banda papayera de policías bachilleres frente a la taquilla. ¿Qué hacían ahí? ¿Animar? ¿Prevenir el delito? Estorbaban el acceso de los usuarios. Subí por el puente peatonal; en los barandales de las rampas hay vendedores ambulantes que dificultan la circulación, invaden el espacio público y representan un riesgo en caso de que hubiera una evacuación de emergencia. Me alejé. Al fondo seguía sonando la papayera. Y de nuevo pensé en que los colombianos tenemos que tirarnos todo, dañarlo, romperlo.