Oráculos

Mi vida, de la que trato de ser consciente, se desbarata cuando se daña mi carro, cuando tengo que ir al banco y cuando me enfermo. Entonces, todo lo que pienso sobre la existencia, sobre el destino o sobre el autoconocimiento, queda hecho trizas. Quedo a merced de lo que digan el mecánico, la empleada del banco o el médico. Sus palabras son la verdad. ¿Qué me importa la trascendencia de mi alma cuando me explican que se dañó la bobina del carro y que por eso tengo que pagar doscientos mil pesos? ¿O que el banco solo me puede prestar el 70% del valor de un apartamento que quisiera comprar? ¿O que tengo que dejar el pan blanco porque irrita el colon?

Eludir al sistema

Me da como ternura este anuncio que la gente pone en su muro de Facebook: “Con razón !! ya decía yo que no veía las publicaciones de casi nadie !! (…) Novedad en Facebook!! OJO. La sección de noticias de facebook nos hace ver solo las publicaciones de las mismas personas pocas personas (…) porque ha implantado un nuevo algoritmo ,Dado que quiero elegir yo mismo las personas de quien recibo noticias (…) De lo contrario Facebook elije las noticias que recibo y yo no necesito que Facebook elija a mis amigos .No dudes en copiar y pegar en tu muro esta información,para que puedas tener mas interacción con todos tus contactos (…) y eludir el nuevo sistema”. Su desconocimiento de cómo funcionan las redes sociales solo se compara con su desconocimiento de la gramática. ¿De qué están hablando? Facebook es una empresa privada avaluada en 435 billones de dólares, es la punta de lanza del capitalismo. Y todos participamos en ella. Claro que Facebook hará lo que le dé la gana con mis publicaciones y mi cuenta. Son de ellos. No se puede “eludir el nuevo sistema”, eso sería como invitar a la gente a que cancele sus cuentas bancarias para no seguir alimentando al sistema financiero, para eludirlo. Loable, sin duda, pero, ¿cómo cobramos nuestro salario? ¿Cómo pagamos las cuentas? ¿Cómo pedimos un crédito?

Mi zona de confort

Hace ya varios años que oigo la estupidez esa de “la zona de confort”. ¿De dónde saca la gente esas cosas? Me explico, ¿hay una secta o un gurú del que todo el mundo sabe, menos yo? ¿O sale en las revistas que la gente lee en las peluquerías y después hablan de ello? Ni idea. Pero si lo he entendido bien, es algo así como que todo el mundo está en «su zona de confort” así la esté pasando terrible y no está dispuesta a “salirse de su zona de confort” sino hasta que un evento inesperado (¿Un tsunami? ¿Un cáncer? ¿Un disparo?) «lo saca de su zona de confort”. Y además, ¿por qué dicen «confort» si pueden decir “comodidad” y además es comfort, con eme?

Promoción

Christopher Hitchens escribió alguna vez que el capitalismo, a pesar de sus muchos defectos, es el sistema económico en el que los ciudadanos hemos sido más libres en la historia de Occidente. Todos cooptamos con este sistema (los artistas también cotizan para la pensión)  y yo recibo una invitación de mi banco en la que me incitan a gastar más de medio millón de pesos con mi tarjeta de crédito en un plazo de un mes. Si lo hago, me regalarán una plancha de lo más ordinaria. Eso sí, ¡la promoción tiene 10 restricciones! No exagero. Diez. Ya metidos todos en esto, pues lo menos que podemos esperar de sus principales instigadores y beneficiarios es un poco de seriedad: la plancha cuesta menos que lo que me quitan al año por usar la tarjeta de crédito.

Wireless

Tenemos televisor, computador e impresora, pero lo importante es que no se vean los cables; ocultarlos es una operación más dispendiosa y más complicada que la sencilla instalación de los aparatos. Y siempre que vemos la imagen de una tienda de barrio, de un quiosco de la calle o de una chabola, salen a la luz los cables, expuestos. ¿Por qué asociamos la pobreza con la exhibición del mecanismo de las cosas, que todos conocemos? Nadie ignora que las cosas necesitan de conexiones, pero fingimos que éstas no existen. Es una especie de asepsia. ¿Que no se note la fuente? ¿Que no se note la pobreza?

Una ley

Lo que nos define son las relaciones con los otros de nuestra especie y con la naturaleza, los animales y las plantas. No es espiritualidad ni moralidad; es biología. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo lo necesitan. Y quien no tuvo en la infancia una estructura familiar más o menos armónica, en la adultez construirá sus relaciones marcado por el trauma, es decir, por sus patrones relacionales de la niñez. Las redes sociales crean la fantasía de estar conectados con los otros y con el mundo, pero eso es una ilusión neurótica. Alejandro Magno, Julio César, Genghis Khan, Catalina la Grande o Hitler: locos empeñados en cambiar el mundo solo para tratar de reconstruir su infancia -proyectar sobre la tierra su mapa relacional. A menor escala, eso hacemos todos en nuestros munditos. El tamaño de nuestro sufrimiento es el tamaño de nuestra necesidad de atención, de nuestras carencias afectivas y de nuestro yo maltratado. Por eso tendría que haber una ley que obligara a los padres de familia (o al Estado) a pagarnos la psicoterapia a todos.

 

La vida adulta

Me pregunto si mis padres o mis abuelos pensaban tanto en sí mismos como yo, y si en la adultez –en sus cuarenta, digamos– tenían amigos con los que hablaban durante horas de “la vida”, es decir, de su vida emocional, de su relación de pareja y de lo que opinaban de todo. O simplemente convivían y vivían, así como iban al trabajo, del que llegaban cansados y del que tal vez estaban hastiados diez años antes de poder pensionarse. Se me antoja que mis amigos y yo, y la mayoría de la gente con la que me relaciono, somos unos narcisos, obsesionados con nuestra propia vida y confundidos ante la inminencia de la realidad y el agobio del día a día. Incapacitados para la vida adulta.