Mis vecinos son una pareja en sus cincuentas. No sé nada de ellos porque son discretos, y así está perfecto. Pero el otro día subí por la escalera y cuando llegué a mi piso me di cuenta de que se acababan de bajar del ascensor. Cuando sintieron que les pisaba los talones, apresuraron el paso para entrar rápido y no tener que saludarme. ¿Por qué? Tal vez porque venían discutiendo, porque estaban hablando de algo interesante, o porque no querían. Qué groseros, pensé, y los saludé a sus espaldas. Tuvieron que contestar a regañadientes. Entré a mi casa muy satisfecho de mí mismo. En ese momento fui mi madre. Y entonces recordé todas las veces en las que yo no he saludado a alguien porque no se me ha dado la gana porque lo único que quiero es me dejen en paz. En ese momento fui mi padre.
La desatención
Me cuesta salir a la calle y empezar el día porque Bogotá no me parece interesante, no me pone melancólico y ni siquiera me divierte. Entorpezco mi quehacer para dilatar la salida (refundo las llaves o las gafas, no encuentro el tapabocas o los audífonos, le echo una última mirada a Instagram) hasta que la necesidad me obliga. Ya en la calle me animo un poco más, me hago más consciente de mí, y entonces me doy cuenta de que me he puesto una chaqueta del mismo color de los pantalones. Azul con azul. Verde con verde. Negro con negro. ¡No puede ser! Cuando no he caminado mucho, me devuelvo y me cambio, pero cuando ya voy lejos, arrastro con esa vergüenza, a veces todo el día.
Conductas de riesgo
El peligro para mí no está en caer en el alcohol y en las drogas, ni en pasar demasiado tiempo en las redes sociales, ni en ver porno o jugar videojuegos en exceso. Tampoco está en malgastar el dinero, viajar mucho o enamorarme. Todo eso lo hago, pero me sé medir. Mi temor es que me dé por colorear libros de mandalas, armar rompecabezas, remendar ropa, hacer arreglos innecesarios en la casa y ver fotos y leer revistas viejas sin parar, mientras hablo solo, como poco, no me visto y no salgo. Podría perder la vida así.
Las drogas duras
Dicen que dejar la heroína es casi imposible, pero parece que se puede con opiáceos, aunque son casi tan adictivos y dañinos. Pero hay esperanza (o por lo menos mucha literatura al respecto). La nicotina sí que es difícil de dejar, lo sé, pero se puede. Con el alcohol no parece tan difícil, y en cuanto a la cocaína y las drogas sintéticas, tengo entendido que aún no hay un consenso médico. Pero la glucosa, la cafeína y los analgésicos (Acetaminofén, Ibuprofeno y Aspirina), me parece imposible dejarlas, y de esa guerra interior ni hablemos.
Un perro
Vivo ansioso, acezante, pendiente de lo que hagan mis amigas humanas. Por eso sufro feliz. Si me dan comida –casi que cualquier cosa– puedo comer sin parar. Me gusta dormir durante el día, pero sin dejar de estar vigilante, y si se acercan mucho a ellas, ladro, aunque preferiría no meterme en una trifulca porque puedo salir chillando. Prefiero jugar. Soy un perro que se viste, habla, trabaja, razona y escribe estas cosas.
La imbecilidad
Bajo caminando por la Avenida 140 a las 7 de la noche, cuando hay más actividad y más estímulos sensoriales, y me deslumbra el destello azul de un televisor gigante que brilla en la habitación de un apartamento en un piso alto. Ni siquiera iba mirando para arriba. Y no, no todo se vale y a mí sí se me antoja que la gente que se compra un televisor gigantesco de alta definición para ponerlo en una habitación es imbécil y se merece mi reprobación.
El criterio
Hasta hace unos años, debajo de algunos semáforos de Bogotá, había un letrero de tránsito que decía: Gire a la derecha en rojo con precaución. Me gustaba porque dejaba a criterio del conductor hacer el giro; lo reconocía como adulto. No quiero sonar como un viejo nostálgico porque no soy viejo ni nostálgico, no hace tanto tiempo que quitaron esas señales, y tampoco son un tema muy interesante, pero en medio de esta imbecilización en la que naufragamos, extraño esos letreros que un buen día desaparecieron.