En Colombia, “echar tinto” quiere decir tomarse un café aguado en un vasito de plástico muy delgado que deja pasar el calor. En la calle hay muchos puestos en los que lo venden y, en este caso, se trata de algo que los transeúntes que van de camino al trabajo pueden hacer de prisa. Eso lo entiendo. A medias. Pero otra cosa es “echar tinto” en una tienda o cafetería. Es una nimiedad, pero es también algo que, creo, refleja muy bien nuestra identidad nacional: se trata de un café aguado, mal preparado; por lo general, está hirviendo, lo que no tiene ningún sentido, ya que uno se puede quemar, así que tiene que dejarlo enfriar; lo venden en vasos de plástico, a lo que le enciman un mezclador también plástico y un sobre de azúcar procesada (un horror ecológico y dietético). Y todo eso no sería tan amargo si Colombia no fuera un productor de excelente café. Ahora bien, desde finales de los 90 se ha venido imponiendo la costumbre de “tomarse un café”, como en cualquier sociedad civilizada, pero todavía hay mucha gente que insiste en “echarse un tintico”. Yo lo hice muchas veces, por supuesto, pero en algún momento entendí que el mundo en el que eso se hace tiene que acabarse.
Autor: Francisco Barrios
Death Row Meal
Leí sobre una condena a muerte en los Estados Unidos y, como siempre, me aterró la idea de la pena capital. Para no pensar en eso, me surgieron las siguientes preguntas crueles e infantiles: Los condenados a muerte tienen derecho a pedir su última comida a la carta, ¿cierto? ¿Qué tal si un condenado, para atrasar la ejecución, o solo para irritar a sus verdugos, pide algo súper complicado? “Quiero el áspic caliente de nécoras con cous-cous de mini mazorcas, receta de Ferrán Adrià”. ¿Qué hacen? ¿Cómo es la regla exactamente? ¿Puede ser una imitación del plato, o tiene que ser el original? ¿Lo hace el cocinero de la cárcel, o puede ser un chef?
Un burro
Tengo una alcancía de barro en forma de cerdo en la que solo meto monedas de 500 y de 1000 pesos colombianos (10 y 20 centavos de dólar, aproximadamente). Salgo a la calle y gasto en cosas que no necesito, pago con billetes, y, tan pronto llego a mi casa, meto en la alcancía el cambio que me dan en monedas. Y cada vez que lo hago, siento que estoy ahorrando una fortuna, que soy un zorro con la plata.
Una corrección
Abu Talib Muhammad Tughril Ibn Mika’il, fundador del sultanato Selyúcida en el siglo XI, del que descienden los turcos, de cuya lengua viene la palabra yogurt, se le aparece en un sueño con sus atuendos ceremoniales a mi tía Mildred y le dice : «Señora, se dice yogurt, no yagurt, como dice usted».
La paranoia
Tengo muchos amigos porque soy chistoso y solidario. Además, tengo 52 años y he viajado y vivido por fuera, así que los he acumulado de distintos países. También, he sido soltero la mayor parte de mi vida, no tengo hijos de qué ocuparme, y mi familia no es gregaria. Así pues, siempre hay amigos que me buscan, pero a veces pasa que nadie me escribe ni me llama por más de 24 horas. Y entonces reflexiono: “Algún día iba a pasar, claro. Que todo el mundo me dejara de hablar”. “¿Cómo voy a hacer ahora?”, me pregunto. “Tendré que pensar en algo”, me digo resueltamente.
Un secreto de las casas reales
Las reinas necesitan tomar mucha agua. Ese es el secreto de su belleza y de su permanencia en el trono. Con respecto al sol, basta con que se paren frente a una ventana, detrás de un velo, un par de horas cada mañana. Las princesas, por su parte, sí necesitan la luz directa del sol mientras florecen y se hacen grandes. Solo así se mantiene el equilibrio del reino y el de la naturaleza toda.
La indecencia
Una amiga me cuenta de una conocida suya que se casó con un millonario. La familia de la novia es distinguida en su país -ilustres, de abolengo- pero ella se avergüenza porque no son ricos como su marido; «unos pobretones», ella así lo siente. Por eso decidió no invitarlos a la boda. Para reparar tamaño desplante, le envió a cada no invitado un celular de alta gama de último modelo. Se gastó una fortuna, que de seguro pagó el novio. Como no conozco a la mujer, le pido a mi amiga que me muestre fotos del matrimonio en Instagram. El vestido es lindo, sí; el lugar del matrimonio, lujoso; los arreglos florales de las mesas, costosos, pero los zapatos de la novia son, por supuesto, de lo más ordinario.