Pongo la alarma del despertador a las 5:29, a las 5:30 y a las 5:31 de la mañana. Cuando suena la última alarma y me despierto, empiezo a pensar en algo, pero inmediatamente reprimo ese pensamiento incipiente y me paro de la cama (a más tardar a las 5:35, que es la hora límite para no retrasarme; llevo veinte años haciéndolo, por eso lo sé). Entro al baño, abro el agua caliente de la ducha y cierro la puerta del baño para que el vapor se concentre. Salgo, confirmo que el café se está haciendo en la cafetera automática, abro la nevera y saco un sándwich de mantequilla de maní y mermelada, y una coca con papaya y banano que corté en rodajas la noche anterior. Los meto en mi morral y entro al baño. Pongo música Pop animada en el celular (canciones como 9 to 5 de Dolly Parton, Break My Stride de Matthew Wilder, o State of Grace de Taylor Swift). Me meto a la ducha, me enjabono y me echo champú, y mientras que el agua caliente corre y me concentro en relajarme por unos segundos, estoy pendiente de que debo apagar el agua tan pronto se acabe la segunda canción. Mientras que eso pasa, me paso un estropajo seco por el cuerpo. Cuando se termina la segunda canción, paso del agua caliente al agua fría por unos segundos, después cierro la llave y abro bruscamente la puerta de la ducha y, en seguida, la puerta del baño. Para contrarrestar el golpe de frío que siento, me seco vigorosamente con una toalla carrasposa, me visto, salgo del baño y, en la cocina, me tomo una taza de café endulzado con miel, y unas vitaminas. Salgo de mi apartamento y bajo corriendo por las escaleras cuatro pisos, salgo a la calle y corro dos cuadras hasta llegar al paradero del bus. La energía que me deja esa rutina de la mañana me dura hasta el mediodía. Creo que un médico la aprobaría, y un psicólogo diría que lo de no perder los primeros minutos del día pensando es lo mejor de todo. Yo, por mi parte, pienso a veces que mi disciplina matutina está matando mi espíritu.
Autor: Francisco Barrios
Estudios médicos
Leo con mucha frecuencia en la prensa conclusiones médicas que son el resultado de estudios de décadas. Durante treinta años, un equipo médico de la universidad de W estudió los hábitos diarios de 3 mil hombres del Reino Unido entre los 24 y los 64 años, y concluyó que…, por ejemplo. Si veo con tanta frecuencia esos artículos, quiere decir que se están haciendo investigaciones de esas todo el tiempo. ¿Por qué yo nunca soy uno de los sujetos de algún estudio? ¿Qué les cuesta seleccionarme? Ese es el tipo de atención que anhelo: personalizada, pero anónima; prestándome atención, pero sin revelar mi identidad.
“Plataforma programática”
Hago una carrera política meteórica que me lleva a lanzarme a la Presidencia. Mis asesores de campaña me urgen para que defina un programa de gobierno claro y atrayente. Me voy solo a un retiro de tres días a una cabaña a la orilla de un lago remoto. Allá ayuno, medito y camino. Al regresar, tengo mi proyecto claro: “Quiero que todo el mundo en el país coma y duerma bien”. Ese es mi programa de gobierno. Mis asesores me felicitan por mi genialidad porque entienden que mi propuesta lo sintetiza todo: para conseguir que una persona coma y duerma bien tiene que tener asegurados todos sus derechos y tener además una conciencia limpia. ¡Garantizar eso, exclamo en el primer mitin, será la tarea de mi gobierno! Gano.
ficción
Tres piropos
No me quejo de mi vida sentimental porque esta ha sido buena y he sido muy querido. Sin embargo, tengo un pequeño reparo: no he recibido demasiados halagos que pueda interpretar como piropos. Podría haber recibido más. Ahora bien, entre los pocos que me han dicho, ha habido tres que para mí son memorables. El primero vino de la madre de un antiguo compañero de colegio, una mujer muy elegante. Una vez, muchos años después de la época del colegio, fuimos juntos en mi carro a que alguien nos ayudara con un asunto familiar serio. En medio del viaje por una autopista que recorrimos de ida y vuelta, me soltó de repente: “Pacho, es que tú manejas a toda velocidad, pero, ¡perfecto! Una delicia”. El segundo vino de una estudiante adolescente: en el auge de la serie Dr. House, un día me dijo que yo me parecía a ese personaje. Y el tercero fue hace apenas un par de años. Una amiga, que es exitosa, inteligente y guapa, y a la que no veía hacía tiempo, me preguntó que si tenía novia en ese momento. Le contesté que no y dijo con candidez: “¡No puede ser! Increíble…”.
Desactivar cuenta
¿Cómo podrían las redes sociales desactivar las cuentas de los muertos si nadie más tiene su contraseña? Me lo pregunto porque me ha pasado, como a muchos, que me llega un recordatorio del cumpleaños de algún amigo que murió, o el servicio de correo electrónico autocompleta su nombre cuando uno empieza una lista. Y me resulta un poco macabro. Ahora bien, me preocuparía de veras si me llegara alguna notificación de su actividad reciente. P (que murió hace años) actualizó su foto de portada, por ejemplo.
Echar tinto
En Colombia, “echar tinto” quiere decir tomarse un café aguado en un vasito de plástico muy delgado que deja pasar el calor. En la calle hay muchos puestos en los que lo venden y, en este caso, se trata de algo que los transeúntes que van de camino al trabajo pueden hacer de prisa. Eso lo entiendo. A medias. Pero otra cosa es “echar tinto” en una tienda o cafetería. Es una nimiedad, pero es también algo que, creo, refleja muy bien nuestra identidad nacional: se trata de un café aguado, mal preparado; por lo general, está hirviendo, lo que no tiene ningún sentido, ya que uno se puede quemar, así que tiene que dejarlo enfriar; lo venden en vasos de plástico, a lo que le enciman un mezclador también plástico y un sobre de azúcar procesada (un horror ecológico y dietético). Y todo eso no sería tan amargo si Colombia no fuera un productor de excelente café. Ahora bien, desde finales de los 90 se ha venido imponiendo la costumbre de “tomarse un café”, como en cualquier sociedad civilizada, pero todavía hay mucha gente que insiste en “echarse un tintico”. Yo lo hice muchas veces, por supuesto, pero en algún momento entendí que el mundo en el que eso se hace tiene que acabarse.
Death Row Meal
Leí sobre una condena a muerte en los Estados Unidos y, como siempre, me aterró la idea de la pena capital. Para no pensar en eso, me surgieron las siguientes preguntas crueles e infantiles: Los condenados a muerte tienen derecho a pedir su última comida a la carta, ¿cierto? ¿Qué tal si un condenado, para atrasar la ejecución, o solo para irritar a sus verdugos, pide algo súper complicado? “Quiero el áspic caliente de nécoras con cous-cous de mini mazorcas, receta de Ferrán Adrià”. ¿Qué hacen? ¿Cómo es la regla exactamente? ¿Puede ser una imitación del plato, o tiene que ser el original? ¿Lo hace el cocinero de la cárcel, o puede ser un chef?