El cuerpo es el destino

Vivo en la neurosis y el narcisismo propios de mi época y de mi generación. Pienso y hago deducciones a partir de mis experiencias. Soy feliz la mayor parte del tiempo, aunque a veces me quejo. Soy más o menos consciente del lenguaje, de la tecnología y de la idea de un ser superior. Quiero y soy querido. A veces me desvelo. Todo como todo el mundo hasta que voy a una cita al médico. Desde el momento en que entro a una clínica o a un consultorio mi pensamiento se derrumba, y no como producto de la hipocondria (suele tratarse de chequeos que al final arrojan unas prescripciones simples). Trato de leer algo mientras me atienden, tomo notas en una libreta, pienso en lo que tengo que hacer cuando salga de ahí, pero me llama la atención cómo la vida del pensamiento se va al carajo cuando van a examinar mi cuerpo o mis dientes. Somos críticos de la autoridad, pero no de la médica. Me pregunto también por qué la medicina resulta un tema tan fecundo para series de televisión, pero no para películas ni para novelas. ¿Porque todo lo del cuerpo es inmediato? ¿Es un eterno presente sobre el que no se puede narrar?

Camelladores

Debo salir de mi casa todos los días a las 6:25 a.m. para poder llegar a mi trabajo a las 7; más de 30 minutos para recorrer 6 kilómetros que, de no ser por la densidad del tráfico, recorrería en 15 minutos a velocidad promedio (60 km/h). El problema es que todos los colegios del norte de Bogotá empiezan clases entre las 7 las y 7:30 a.m., al igual que los colegios y universidades del resto de la ciudad. A las 9 somos muy productivos, pero a las 5 de la tarde ya estamos cansados, en buena medida por habernos levantando antes de las 6 de la mañana. ¿A quién se le ocurrió eso de la clase de 7? ¿Al que madruga para que Dios le ayude? Y ese tipo de prácticas absurdas abundan y la gente cree que son muestras de eficiencia y empeño. No. Son muestras de insensatez, estupidez e ineficiencia. De ahí el mito de que «los colombianos somos camelladores”. No, no lo somos, lo que pasa es que nos tardamos el doble de tiempo en hacer las cosas porque no tenemos sentido común ni método. He trabajado en Europa y en los Estados Unidos y no: los colombianos no somos más trabajadores que la gente de otros países.

El policía

“¡Psssst! ¡Psssst!”, escuché a mis espaldas mientras que delante de mí iba caminando por la Avenida 19 una mujer joven y bonita. El «psssst» venía de atrás y al darme la vuelta para ver quién era su autor, vi a un agente de policía. ¿Lo explico? ¿Es necesario? ¿En qué país del mundo se le ocurre a un hombre que representa a las fuerzas armadas del Estado hacer un ruido de coquetería agresiva a una transeúnte? Sí sí, ya sé que en otras partes del país suceden cosas infinitamente peores, pero esta escena mínima me enfureció como síntoma de todo eso otro, que es tan espantoso.

La antipatía

Una vez iba por la calle sin encendedor. Una mujer salió de un edificio fumando y me acerqué a pedirle fuego. “¿Me presta su encendedor?”, le pregunté. “No”, fue su respuesta. Y siguió de largo. Vieja hijueputa, pensé. Antipática. ¿Qué le costaba? Es fumadora y yo también. Quería fumarme un cigarrillo y como no tenía con qué encenderlo, pues recurrí a ella, ¡una compañera fumadora!, que debe saber lo desesperante que resulta tener cigarrillos y no poder encender uno. ¿Y me lo negó? ME sentí mal. Al día siguiente fui al banco con mi esfero, llené el volante de consignación y cuando terminé se me acercó una mujer a pedirme mi esfero (un bic de tres pesos). Automáticamente se lo pasé, por supuesto. Un minuto después de habérselo pasado, y unos días después de haber recibido la negativa de la mujer del encendedor, no sé por qué entendí a la fumadora. «¿Me presta?» «No». «¿Por qué?» «Porque no».

Arrancando

El primer carro familiar del que tengo memoria es un Wartburg (fabricados en la antigua Alemania Oriental). “El barbur”, le decíamos. Eran los 70 en Bogotá. Después mi papá pudo comprarse un Fiat 128L de segunda mano. Unos años después lo cambió por un Renault 18, usado también, y a éste le siguió un Mazda LX. Por último el Renault 21, ese sí nuevo, ¡sin estrenar! Yo tenía ya veintitantos años cuando mi papá se lo pudo comprar. Recuerdo cuando le vendió el Fiat a una pareja de recién casados. Ellos le contaron a mi papá que estaban arrancando con su vida de matrimonio joven y él compartió con ellos sus historias: recién casado tuvo un Mercury que se varaba todo el tiempoTal vez es el medio del que me rodeo, tal vez son mis propias aspiraciones pequeño burguesas, pero siento que ese mundo se acabó, el de la idea de progresar. Había algo de disciplina, de ir mejorando las condiciones de vida a sabiendas de que se tomaría toda la vida y que de eso se trata. ¿Por qué siento que ya nadie lo entiende? ¿Qué todo el mundo en Colombia quiere saltar del Wartburg al Renault 21? Me pregunto si eso era una ética y si no hay algo dañino para el espíritu en empezar de una buena vez con una 4 x 4 último modelo.

La huella de Escobar

Voy a alquilar un apartamento y tengo que llenar un formulario en el que debo poner la huella de mi índice derecho. Me pregunto si la aseguradora que evalúa mis finanzas tiene acceso al banco de huellas dactilares de la Policía o de la Registraduría. No, ¿verdad? Y si lo tuvieran, ¿para qué le serviría en este caso? Y creo recordar que fue Pablo Escobar quien impuso la práctica de acompañar la firma con la huella, o “la huellita”, como dicen quienes la piden. Nos guiamos entonces por la práctica que impuso un delincuente, a la que se suman otras, impuestas por otros delincuentes: los carros blindados, los escoltas, la forma de manejar de los motociclistas –propia de los sicarios–, que también nos los impusieron los carteles.