Le fascina su esqueleto. Lo imagina debajo de los movimientos de su cuerpo. Sus piernas, tan elásticas, son huesos; su cadera, que parece invitar siempre, son huesos; sus hombros delicados son huesos; debajo de su pelo se adivina el cráneo. Pero si viera el esqueleto desnudo, sin los músculos y sin la piel, sentiría pavor.
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Fonética
Mi abuela no tuvo una educación formal porque de niña era muy pobre. Un día la llevábamos en el carro con mi hermano -ya era octogenaria- y en la radio transmitían un programa especial sobre The Beatles. El locutor decía una y otra vez “los bírols”. De repente, mi abuela nos preguntó: “¿Por qué a los bítles les dicen los biros?”.
La empatía
En la casa de campo en la que vivo hay zancudos. Todas las noches, antes de meterme a la cama, prendo las luces y me pongo a cazarlos, pero siempre hay uno que se me escapa, que se esconde mientras patrullo. Un rato después de haber apagado las luces, sale de su escondite a picarme, a dañarme el sueño. Me doy palmadas en la cara y en la cabeza cuando lo oigo zumbar cerca, pero nunca logro aplastarlo. Sin embargo, anoche pensé: “Que me pique. A mí qué me importa. Yo tengo muchos años por delante, mientras que a él solo le quedan unas horas”.
Un esnob
En el supermercado venden ahora jabones de Marsella, así que a la frustración permanente de vivir en esta ciudad de pacotilla que es Bogotá, le antepongo la sensación de bienestar que me produce anotar en mi lista del mercado “Jabón de Marsella”, como si así me limpiara de todo esto.
El primero de una estirpe
Solo un obsesivo puede acabar con un hormiguero. No importa si al terminar su guerra tiene un callo en el dedo gordo del pulgar por haber usado un encendedor con tanto empeño. Derrotó a las hormigas.
Mala conciencia
Estoy viviendo en un apartamento que tiene un calentador de agua de los viejos, mecánico. Para poder bañarme con agua caliente, tengo que prenderlo una hora antes de meterme a la ducha. Eso quiere decir que debo despertarme más temprano. Me da rabia, así que pienso en prenderlo la noche antes, pero me reprocho ese pensamiento porque sería un malgasto de energía: ¡el calentador prendido toda la noche! Me felicito por mi esfuerzo de levantarme antes de tiempo para encenderlo. Tengo conciencia. Hoy descubrí, después de muchas semanas de vivir aquí, que cuando salgo de la ducha me olvido de apagarlo. Sin darme cuenta, lo he dejado prendido todo el día, varios días.
Vecinos
Creo que este diálogo da para un cuento, pero mientras miro a ver si puedo escribirlo o no, lo recuento. Estaba en la cocina de un apartamento y oí por la ventana que una mujer le decía con voz amorosa a su marido: “Mi amor, ¿te tomaste el tintico que te dejé o lo botaste?” (Silencio). ¿No es increíble? ¿Y no es una de esas escenas tan comunes en las parejas? Ella, considerada, le deja un resto de café a su esposo, pero como lo conoce, contempla el que él lo bote a sus espaldas, lo que sería una pequeña violencia. Le pregunta. Él se queda callado.