Hace un par de años caminaba por New Haven con un amigo que, por esa época, escribía su tesis doctoral en Literatura comparada, y con una francesa amiga suya. De pronto él recordó que Emily Dickinson había vivido en Mount Holyoke y que rara vez salió de ahí. Mi amigo, que es una persona sensible, se burló de Dickinson, a pesar de que la admira sinceramente; la poeta era una niña mimada que prácticamente nunca salió de su casa, decía, sus grandes amores fueron tan solo infatuaciones de adolescente, y sus viajes, sobre de los que escribe extensamente en sus diarios, ¡eran de un pueblo a otro en un rincón de Nueva Inglaterra! Jajajaja. (Recordé entonces que la cabaña de Thoreau quedaba a unos metros de la casa de su madre, a donde, dicen, iba a comer regularmente, pero preferí no mencionarlo por lealtad con Thoreau). La francesa, por su parte, habló de Proust como de ese esnob afeminado y consentido de su madre. Y Dante, ¡ni hablar!, agregó, enamorado de una niña de nueve años, ¡por favor! La conversación se volvió entonces una burla cándida a grandes escritores porque sus obras provienen de episodios insignificantes, casi patéticos. No soy un fetichista de la literatura, admiro las obras y a sus autores, pero también creo, como Borges, que los clásicos son obra del azar, de los caprichos de una época y, sobre todo, del tiempo. Y sin embargo, sentí rabia con mis amigos. Hasta el borde de las lágrimas. ¿Cómo se atreven?, pensé. Quise insultarlos y largarme de ahí corriendo.
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Un padre precavido
Para que sus hijos no se malcríen por la abundancia en la que han crecido, un padre rico manda a quitar las tejas de su habitación. Así, cuando llueve a cántaros, los niños tienen que mover los muebles y los juguetes sin la ayuda de nadie, poner recipientes en el suelo, hacer canaletas con cuanto trasto encuentren y pensar en soluciones para su problema. Al día siguiente están agotados, a veces enfermos, y su habitación está inundada, pero están aprendiendo una valiosa lección.
La maldición de los caqui
Siempre compro pantalones caqui (khakhis) porque creo que me veo muy bien con ellos, pero siempre, siempre se me ensucian. De salsa para pasta, de grasa del carro, de sopa, de tinta de bolígrafo y de cualquier cosa. Y me pregunto si acaso eso es una señal. Los caqui son un símbolo, son pantalones de blanco, de gringo blanco. ¿Entonces la vida me está diciendo que no me corresponden? ¿Qué no debería usarlos? ¿Que al hacerlo me veo como un indio de los que servían obsequiosamente a la Corona británica, por ejemplo?
Mis derechos
Me divierte ver que muchas personas siguen reproduciendo en su muro de facebook una declaración de derechos de autor en la que le prohíben a esta empresa hacer uso de sus fotos y de su información. Es para partirse de la risa. ¿Creen de verdad que facebook, la CIA o el FBI tienen el menor interés en alguno de nosotros en particular, aparte de vendernos cosas en paquete? Que se preocupen los que son figuras públicas, claro, ¿pero uno? ¡Por favor! No me imagino a un analista de inteligencia militar del Pentágono pensando: “Hombre, este Pacho, profesor de un colegio en Bogotá, Colombia… Escritor, hmm… Me preocupa me preocupa. Lo rastrearé”. Tampoco creo que Mark Zuckerberg sepa muy bien qué países conforman América Latina, ni me imagino a un editor de Vanity Fair pensando: “¡Pues vamos a robarle esas selfis del paseo a Apulo para nuestra edición de Primavera en vez de contratar a Mario Testino!” Qué mejor que una compañía grande le robara a uno alguito para así poder demandarla por un par de millones (de pesos, por lo menos).
Un señor de supermercado
Hice dos pregrados y dos posgrados, viví en Barcelona, en Nueva York y en Lakeville, Connecticut; he publicado dos libros de cuentos y algunos textos periodísticos, y he sido profesor durante veinte años. El año pasado cumplí cincuenta y, ¡al fin! puedo ser ese señor simpático, respetable y coqueto, que ya tiene la prestancia suficiente como para pedirle a la supervisora o al supervisor de los cajeros del supermercado que le selle el tiquete del parqueadero para que este le salga gratis (aunque su compra no alcance el monto requerido para ello). Siempre acceden. Me he convertido en lo que siempre quise ser realmente.
“Minchita”
Al paseo habían invitado también a una señora de unos sesenta años, que era la tía o la hermana mayor de la madre de la amiga de mi novia de entonces. La señora era agradable y elegante, y más o menos buena conversadora, pero se creía más ingeniosa de lo que era en realidad. Cuando le preguntaban que si quería sal, pimienta o vinagreta con la comida, o azúcar con el café, decía, muy pagada de sí misma: “una minchita”, y juntaba el pulgar con el índice para representar una pizca. “Minchita” no es una palabra de uso común en el castellano colombiano, ni creo que lo sea en el de ningún otro país. Nunca la había oído. Seguro era un vocablo familiar. Y ella no perdía la oportunidad para decir “minchita” y así parecer peculiar. Sin habernos puesto de acuerdo, los demás invitados nos resistimos a preguntarle por el origen de esa palabra tan irritante.
Nada personal
El otro día estaba pensando en cómo introducir los debates en mi curso de Expresión Oral con mis estudiantes de Secundaria. Ya habíamos hecho descripciones, lectura en voz alta y exposiciones individuales. Lo importante al debatir, pensé en decirles, es entender que estamos debatiendo sobre opiniones, ideas, puntos de vista, y no sobre ustedes. Así que, ¡no se lo tomen personalmente!, enfatizaría. ¿Que qué?, me pregunté de repente, cuando terminé ese soliloquio. ¡Mentiroso! Me estaba engañando a mí mismo e iba engañar a mis alumnos. ¡Claro que es personal! ¡Todo lo que nos dicen, nos los tomamos personalmente! Lo que vamos a aprender, acabé por decirles, es a manejar la molestia, la irritación o la rabia que nos produce que nos contradigan, que otros piensen lo opuesto de lo que pensamos, y creemos, por lo tanto, que es la verdad.