A todos los niños les dan al comienzo del año escolar un bolígrafo azul y uno rojo; cada uno cumple una función. Son objetos importantes en la vida de un colegial. Y siempre hay un niño que le pone la tapa roja al bolígrafo azul y la tapa azul al rojo. Apenas lo hace, se siente muy ingenioso y los deja así. A muchos les gusta esa pequeña rebeldía, ese cambio que ni siquiera rompe una regla, pero solo un niño se copia; al resto del curso le parece una tontería molesta (esos son los juiciosos y ordenados, su vida será buena y aburrida). Las profesoras, por su parte, se irritan, quisieran decirle que no cambie las tapas, pero es una nimiedad que revelaría su propia neurosis. El niño deja de sentirse orgulloso con el tiempo porque eso se volvió su “marca”, pero deja las tapas así, aunque a menudo se lo reprocha: «ni siquiera se ve chévere, me tiré todo». Además, a veces se equivoca de bolígrafo, daña la tarea y tiene que empezar de nuevo. Yo sigo siendo ese niño que cambia las tapas de los bolígrafos.
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El cilantro (o el corazón de los otros)
Creo que en los supermercados de todo el mundo deberían regalar el cilantro porque yo solo necesito una pizca para la sopa. Y el cilantro es tan aromático, que esa pizca me basta, pero solo lo venden por manojos y entonces tengo que comprarlo todo y tirar el resto. ¡Eso no está bien!
Un pecado
Vivía en un apartamento que le había arrendado a una pareja mayor. El hombre se llamaba Rafael y se murió en un viaje cuando yo aún era el inquilino. Mi nombre es Francisco. Pocos días después de la muerte de mi arrendatario, estacioné mi carro en un centro comercial y, cuando salía, dos viejos se me acercaron. Eran amables y paternales. Uno de ellos me preguntó que si mi carro estaba a la venta. Por esos días yo había pensado en venderlo, así que le dije que sí y le di mi número de teléfono fijo. Dos días después entró una llamada a mi casa. Al otro lado de la línea, un hombre preguntó por Rafael. Supuse que era un conocido del difunto y le contesté con gravedad que había muerto hacía unos días. El hombre se aterró con la noticia y me dijo, muy afectado, que lo había conocido hacía apenas dos días porque le había gustado mucho su carro y lo había abordado para preguntarle si estaba a la venta; se había equivocado de nombre. Con una mezcla de crueldad infantil y pereza de aclarar el malentendido, le reiteré la noticia de mi muerte.
Resiliencia
Paso en mi carro por la Autopista Norte de Bogotá y veo a los caminantes andando por la berma con sus morrales. Grupos de jóvenes, familias y solitarios. Presumo que la mayoría son venezolanos. Tienen hambre de meses, tal vez de años. Se ven agotados y quemados por el sol y el helaje. Y se me viene a la mente La carretera, la película basada en la novela de Cormac McCarthy. Me pregunto entonces por mi piedad y después pienso en la tal resiliencia. Sí sí sí, la pandemia ha sido dura para todos, yo sé, pero, ¡por favor! ¿Resiliencia? ¿Reinventarse? Resistencia la de ellos. Nosotros, los otros, los de techo y comida, los que tememos: a callar y a dar limosna, pienso.
Inteligencia Natural
Máquinas de sufrimiento programadas para buscar aprobación se estrellan todo el tiempo contra máquinas de deseo programadas para oír que ganaron. Son y no son la misma máquina, y no son clones.
La familia
El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar ninguna conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Me indignó que a su chambonería, le sumara esa imprecisión constante sobre mi vida.
Un dilema para una auxiliar de vuelo
En un avión, un octogenario que viaja solo saca una tableta y la enciende, enchufa los audífonos y pone una película porno pesadísima. No hay niños cerca.
ficción