Un pecado

Vivía en un apartamento que le había arrendado a una pareja mayor. El hombre se llamaba Rafael y se murió en un viaje cuando yo aún era el inquilino. Mi nombre es Francisco. Pocos días después de la muerte de mi arrendatario, estacioné mi carro en un centro comercial y, cuando salía, dos viejos se me acercaron. Eran amables y paternales. Uno de ellos me preguntó que si mi carro estaba a la venta. Por esos días yo había pensado en venderlo, así que le dije que sí y le di mi número de teléfono fijo. Dos días después entró una llamada a mi casa. Al otro lado de la línea, un hombre preguntó por Rafael. Supuse que era un conocido del difunto y le contesté con gravedad que había muerto hacía unos días. El hombre se aterró con la noticia y me dijo, muy afectado, que lo había conocido hacía apenas dos días porque le había gustado mucho su carro y lo había abordado para preguntarle si estaba a la venta; se había equivocado de nombre. Con una mezcla de crueldad infantil y pereza de aclarar el malentendido, le reiteré la noticia de mi muerte.

Resiliencia

Paso en mi carro por la Autopista Norte de Bogotá y veo a los caminantes andando por la berma con sus morrales. Grupos de jóvenes, familias y solitarios. Presumo que la mayoría son venezolanos. Tienen hambre de meses, tal vez de años. Se ven agotados y quemados por el sol y el helaje. Y se me viene a la mente La carretera, la película basada en la novela de Cormac McCarthy. Me pregunto entonces por mi piedad y después pienso en la tal resiliencia. Sí sí sí, la pandemia ha sido dura para todos, yo sé, pero, ¡por favor! ¿Resiliencia? ¿Reinventarse? Resistencia la de ellos. Nosotros, los otros, los de techo y comida, los que tememos: a callar y a dar limosna, pienso.

La familia

El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar ninguna conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Me indignó que a su chambonería, le sumara esa imprecisión constante sobre mi vida.

Juvenil

Estaba en la plataforma de la estación esperando el tren con otros pasajeros. De repente, a unos metros de mí, vi a una mujer de unos cincuenta años; llevaba tenis, pantalones de fatiga y una chaqueta. Empezó a hacer estiramientos en la plataforma mientras que llegaba el tren. Cuando éste llegó, se subió al mismo vagón que yo y se recostó en un asiento para tres con las piernas sobre la banca, juvenilmente. Se puso unos audífonos y con movimientos cortos y rápidos sacó un libro de su morral. La odié profundamente porque me pregunté: ¿Yo me veo así? ¿Soy, como ella, un cincuentón ridículo?