Christopher Hitchens escribió alguna vez que el capitalismo, a pesar de sus muchos defectos, es el sistema económico en el que los ciudadanos hemos sido más libres en la historia de Occidente. Todos cooptamos con este sistema (los artistas también cotizan para la pensión) y yo recibo una invitación de mi banco en la que me incitan a gastar más de medio millón de pesos con mi tarjeta de crédito en un plazo de un mes. Si lo hago, me regalarán una plancha de lo más ordinaria. Eso sí, ¡la promoción tiene 10 restricciones! No exagero. Diez. Ya metidos todos en esto, pues lo menos que podemos esperar de sus principales instigadores y beneficiarios es un poco de seriedad: la plancha cuesta menos que lo que me quitan al año por usar la tarjeta de crédito.
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Wireless
Tenemos televisor, computador e impresora, pero lo importante es que no se vean los cables; ocultarlos es una operación más dispendiosa y más complicada que la sencilla instalación de los aparatos. Y siempre que vemos la imagen de una tienda de barrio, de un quiosco de la calle o de una chabola, salen a la luz los cables, expuestos. ¿Por qué asociamos la pobreza con la exhibición del mecanismo de las cosas, que todos conocemos? Nadie ignora que las cosas necesitan de conexiones, pero fingimos que éstas no existen. Es una especie de asepsia. ¿Que no se note la fuente? ¿Que no se note la pobreza?
Una ley
Lo que nos define son las relaciones con los otros de nuestra especie y con la naturaleza, los animales y las plantas. No es espiritualidad ni moralidad; es biología. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo lo necesitan. Y quien no tuvo en la infancia una estructura familiar más o menos armónica, en la adultez construirá sus relaciones marcado por el trauma, es decir, por sus patrones relacionales de la niñez. Las redes sociales crean la fantasía de estar conectados con los otros y con el mundo, pero eso es una ilusión neurótica. Alejandro Magno, Julio César, Genghis Khan, Catalina la Grande o Hitler: locos empeñados en cambiar el mundo solo para tratar de reconstruir su infancia -proyectar sobre la tierra su mapa relacional. A menor escala, eso hacemos todos en nuestros munditos. El tamaño de nuestro sufrimiento es el tamaño de nuestra necesidad de atención, de nuestras carencias afectivas y de nuestro yo maltratado. Por eso tendría que haber una ley que obligara a los padres de familia (o al Estado) a pagarnos la psicoterapia a todos.
La vida adulta
Me pregunto si mis padres o mis abuelos pensaban tanto en sí mismos como yo, y si en la adultez –en sus cuarenta, digamos– tenían amigos con los que hablaban durante horas de “la vida”, es decir, de su vida emocional, de su relación de pareja y de lo que opinaban de todo. O simplemente convivían y vivían, así como iban al trabajo, del que llegaban cansados y del que tal vez estaban hastiados diez años antes de poder pensionarse. Se me antoja que mis amigos y yo, y la mayoría de la gente con la que me relaciono, somos unos narcisos, obsesionados con nuestra propia vida y confundidos ante la inminencia de la realidad y el agobio del día a día. Incapacitados para la vida adulta.
El cuerpo es el destino
Vivo en la neurosis y el narcisismo propios de mi época y de mi generación. Pienso y hago deducciones a partir de mis experiencias. Soy feliz la mayor parte del tiempo, aunque a veces me quejo. Soy más o menos consciente del lenguaje, de la tecnología y de la idea de un ser superior. Quiero y soy querido. A veces me desvelo. Todo como todo el mundo hasta que voy a una cita al médico. Desde el momento en que entro a una clínica o a un consultorio mi pensamiento se derrumba, y no como producto de la hipocondria (suele tratarse de chequeos que al final arrojan unas prescripciones simples). Trato de leer algo mientras me atienden, tomo notas en una libreta, pienso en lo que tengo que hacer cuando salga de ahí, pero me llama la atención cómo la vida del pensamiento se va al carajo cuando van a examinar mi cuerpo o mis dientes. Somos críticos de la autoridad, pero no de la médica. Me pregunto también por qué la medicina resulta un tema tan fecundo para series de televisión, pero no para películas ni para novelas. ¿Porque todo lo del cuerpo es inmediato? ¿Es un eterno presente sobre el que no se puede narrar?
Camelladores
Debo salir de mi casa todos los días a las 6:25 a.m. para poder llegar a mi trabajo a las 7; más de 30 minutos para recorrer 6 kilómetros que, de no ser por la densidad del tráfico, recorrería en 15 minutos a velocidad promedio (60 km/h). El problema es que todos los colegios del norte de Bogotá empiezan clases entre las 7 las y 7:30 a.m., al igual que los colegios y universidades del resto de la ciudad. A las 9 somos muy productivos, pero a las 5 de la tarde ya estamos cansados, en buena medida por habernos levantando antes de las 6 de la mañana. ¿A quién se le ocurrió eso de la clase de 7? ¿Al que madruga para que Dios le ayude? Y ese tipo de prácticas absurdas abundan y la gente cree que son muestras de eficiencia y empeño. No. Son muestras de insensatez, estupidez e ineficiencia. De ahí el mito de que «los colombianos somos camelladores”. No, no lo somos, lo que pasa es que nos tardamos el doble de tiempo en hacer las cosas porque no tenemos sentido común ni método. He trabajado en Europa y en los Estados Unidos y no: los colombianos no somos más trabajadores que la gente de otros países.
El policía
“¡Psssst! ¡Psssst!”, escuché a mis espaldas mientras que delante de mí iba caminando por la Avenida 19 una mujer joven y bonita. El «psssst» venía de atrás y al darme la vuelta para ver quién era su autor, vi a un agente de policía. ¿Lo explico? ¿Es necesario? ¿En qué país del mundo se le ocurre a un hombre que representa a las fuerzas armadas del Estado hacer un ruido de coquetería agresiva a una transeúnte? Sí sí, ya sé que en otras partes del país suceden cosas infinitamente peores, pero esta escena mínima me enfureció como síntoma de todo eso otro, que es tan espantoso.