Aislamiento

Creo que una parte de nosotros quiere volver al aislamiento por la pandemia, a ese poder quedarse en la casa sin culpa porque hay una razón de salud pública, de enfermedad, que además nos hermana. Estamos siendo responsables y solidarios; no debemos salir a las calles -tan asquerosas las de Bogotá-, ni ver a los otros -tan insoportables algunos- y no relacionarnos en persona, que a veces es tan arduo. Podemos abandonarnos a esa felicidad de la depresión, que es tan particular porque es la de la compañía del pensamiento y la de otra percepción de la realidad. Pero ahora resulta que, gracias a las vacunas, parece que cada nueva cepa del COVID es más débil que la anterior; que es, al parecer, otra decepción. Una vez más, los avances de la ciencia médica saboteando al espíritu.*

* Por supuesto que ya me vacuné y creo que todos tenemos que hacerlo, y ¡que vivan las vacunas!

Un derecho

En el edificio donde vivo ahora están arreglando la fachada y los pasillos, que son abiertos a los edificios de los costados y, por eso, al ruido de la calle. Durante el día, un obrero trabaja colgado de un arnés en la boca del corredor que está a un metro de la puerta de mi apartamento. El otro día puso música en el altavoz de su celular mientras que yo estaba tratando de escribir, y me distrajo (sobre todo porque era música norteña compuesta en Colombia –tan basta y tan destemplada). Yo, por mi parte, trabajo oyendo música barroca o Ambient a un volumen moderado. Pensé en si debía pedirle que le bajara al volumen o no. ¡Pues claro que sí!, me dije. Al igual que él, pensé, yo también pongo música para trabajar, ¡pero no se la impongo a los demás! Así que salí y le pedí que lo hiciera. El hombre fue amable y la apagó. Entré a mi casa sintiéndome muy bien, pero un rato después pensé: claro, si uno hace trabajo de escritorio, oye música instrumental a bajo volumen, pero si uno trabaja en exteriores colgado de un arnés y con un casco puesto, no es como que pueda usar audífonos ni “ponerla más pasito, señor, por favor”, ¿no?

Una idea

El propósito de nuestra existencia es reproducirnos para ser vehículos de la vida, que solo quiere perpetuarse (eso está en Schopenhauer, claro). Nuestro destino es ser nuestros padres (como lo vio Freud), pero el libre albedrío está en poder escoger como cuál de los dos queremos ser. La virtud es ser una mejor versión del padre al que escogimos parecernos más, el vicio es ser una peor versión, y la infelicidad es tratar de luchar contra todo esto. Y además, tenemos que armarnos una vida propia.

Una libertad

Una vieja amiga me ha «gosteado» (de ghosting, en inglés). Es decir, se ha desaparecido como un fantasma. Por «desaparecido» quiero decir que no me ha vuelto a llamar ni a escribir, y no me ha respondido a algunos chats de Whatsapp y a un par de llamadas en los últimos dos o tres meses. Al principio me pregunté qué habría pasado, qué le habría pasado conmigo (porque en las redes sociales la veo activa), pero después pensé: pues es que no quiere hablar ahora. Ya está. Sin motivo. Simplemente, no se le da la gana. Y entonces recordé lo que era la vida cuando solo existían los teléfonos fijos, cuando no había ni celulares ni internet; podía pasar que uno dejara de hablar con alguien por semanas, a veces por meses, pero sin que hubiera habido ningún conflicto. No creo que eso fuera mejor ni peor, pero sí sé que era una libertad. La libertad de «fantasmear».

David y yo

Mi rockero favorito es David Bowie. Es también una de mis personas favoritas. Era un músico genial y además, siempre que daba entrevistas o hacía declaraciones, era inteligente y acertado. Cuando VF le hizo el Cuestionario Proust, a la pregunta «¿Cuál es su idea de la felicidad?», contestó: «Leer». En otra entrevista confesó que no se tomaba un trago: “¿Por qué?”. “Porque soy alcohólico”. Y cuando le preguntaron que qué otra cosa hubiera querido ser sino hubiera sido músico, contestó sin pensarlo: “Profesor”. La única cosa que yo hubiera querido ser sino fuera profesor, es rockero. En un sueño que no he tenido, le doy clase de español a David Bowie.

Anticapitalista de corazón

No tengo ningún talento para los negocios, pero con qué entusiasmo les recomiendo a mis amigos marcas, almacenes, restaurantes, hoteles, ¡de todo! Dichoso. Como un loco. Si los dueños de los negocios me oyeran, me darían una gran comisión, o llorarían de la emoción y me lo agradecerían de rodillas. Sería el mejor influencer. Pero la verdad es que, si me pagaran por hacerlo, lo haría pésimamente, los haría quedar mal y se molestarían conmigo porque les estoy arruinando su negocio.

La muerte en Villa de Leyva

Me fui solo por un par de días a un pueblo colonial a descansar de mi trabajo de profesor y a tratar de escribir. No me hospedé en un gran hotel, pero sí en uno muy bueno; un hotelito discreto, pequeño, muy chic (como para un profesor y escritor que, por su edad y trayectoria, gana más o menos bien). Llevé mi computador portátil y libros. En las mañanas escribía y leía en la terraza del hotel, en las tardes salía a caminar y en las noches cenaba solo en un buen restaurante. En las calles aledañas ya me conocían. Los otros huéspedes del hotel me saludaban con respeto: “Debe ser un profesor, o un escritor”, pensarían, “se nota». Me sentía muy satisfecho de mí mismo hasta que caí en la cuenta de que era eso, sí, pero, sobre todo: ¡era un cliché! Y me aterró pensar que alguno de los turistas hubiera leído Lolita o La muerte en Venecia, y quizás se preguntara si yo no sería una especie de Humbert Humbert o de Aschenbach. No, no. No volveré a irme de vacaciones solo a esta edad. Jamás.