Prioridades

Estaba pensando en cómo hacer una analogía entre la fotografía y la escritura y se me ocurrió que podría desarrollarla por ejemplos: me gusta mucho ver y tomar fotos de edificios en ruinas, pero no me interesan las ruinas por sí mismas. Para nada. Me interesa la composición de las fotos de ruinas. ¿Cómo podría extrapolar eso a la escritura? Tal vez diciendo que no me interesa tanto contar historias como mostrar cómo cuento una historia, como quien expone el mecanismo de una máquina en vez de describirla (muy Nouveau Roman, tal vez. No sé…). Pero mientras que pensaba en eso vi sobre el lavadero de la cocina unos zapatos que me gustan mucho y que sería mejor que limpiara porque estaban muy sucios. Y no escribí ese texto porque me importó más limpiar mis zapatos.

Distopía

Paso frente a un almacén de telas al final de la tarde, cuando ya están cerrando, y veo una escena que me confunde momentáneamente: las luces del local están apagadas, pero todos los empleados siguen adentro, amontonados alrededor de alguien en un círculo y sin conservar el distanciamiento al que nos obliga el virus. No se mueven, pero hacen algo con las manos. Me detengo unos segundos y alcanzo a pensar que se trata de un robo o una celebración, pero entonces recuerdo que en la mayoría de los almacenes del país es una práctica revisar las carteras, las bolsas y los morrales de todos los empleados todos los días antes de salir para asegurarse de que no se robaron nada (rodeaban al vigilante, que hacía la requisa diaria). Pero, ¿y el respeto? ¿Los derechos del trabajador? ¿El Contrato social? ¡Por favor!, si Colombia ya era una distopía desde mucho antes de que el género se pusiera de moda.

Engallar un sándwich

Hablaba con un amigo de las opciones que hay cuando uno no quiere cocinar ni pedir comida a domicilio, y surgió entonces el tema de los sándwiches de cierto supermercado, que son más bien mediocres, “pero se pueden engallar”, dijo él. Y yo, que sabía perfectamente de qué hablaba, seguí la conversación como lo haría cualquiera. Engallar* un sándwich es mejorarlo tostando el pan, por ejemplo, o calentando el relleno por aparte, o echándole una salsa que no traía. Y sé que todo esto es una pequeña gran tontería, pero, ¿no es encantador también?

* Además del ave, en Colombia “gallo” es un extranjerismo adaptado del inglés gadget (dispositivo).

Comemierdas

Vamos con unos amigos a un restaurante que, les digo yo, es muy bueno. Uno de esos restaurantes de barrio, que no son de “corrientazo”, pero que tampoco tienen vino. Es, digamos, en el que almuerzan los jefes de las oficinas, pero no los empleados. Nuestra orden se tarda demasiado, el servicio es malo y la comida mediocre. Nada raro, pero aquí está el asunto: es caro para lo que ofrece. ¿Y cuál es el problema? Que vive repleto y tiene fama. Y eso me hace pensar en que así somos los colombianos: aceptamos por bueno algo que no lo es; alimentamos reputaciones inmerecidas; comemos cualquier cosa.

El bómper

Un día estaba dando reversa en el garaje de un edificio en Bogotá. Sabía que el espacio era muy estrecho y que posiblemente le pegaría a otro carro, así que lo hacía con cautela, pero a pesar de eso, toqué otro carro con el bumper del mío. Ni pensé en bajarme. Di marcha adelante, pero al ver que dos pasajeros de un tercer carro se bajaron para ver el daño, me bajé. Frotaron el bumper del otro carro como para ver si debajo del polvo había algún daño irreparable. Por supuesto que no. ¡El bumper es para eso! Y lo escribo en inglés para recordar el origen del término: del verbo to bump: «chocar con», «topar». Y esa es otra de esas reacciones automáticas en Colombia: si uno toca a otro carro, hay que «bajarse a ver». Pero el bumper se inventó para reducir el impacto de los golpes y, en el caso de un leve toque, para que no afecte a los carros. Y su traducción correcta es guardabarros o guardafangos, pero aquí adoptamos el término así no más, sin saber su significado, y por lo tanto, su uso.

Ira

Todo lo que pasa me ocupa y me duele, pero lo que más necesito en este momento es una ingeniera o un equipo de profesionales que diseñe buenos tajalápices (o sacapuntas). ¿Por qué no son capaces de diseñar y construir uno que funcione? Todos los que tengo, que he comprado durante muchos años en muchas partes, rompen la mina de los lápices en el último instante, cuando la punta ya está afilada. Además, la punta rota se enquista dentro del tajalápiz, y la fisura que deja la fractura entra al cuerpo del lápiz y rompe la mina adentro. Es un escándalo. Y yo sé que los que diseñan los tajalápices lo hacen mal a propósito para que a mí se me rompa la mina en el momento exacto en el que iba a escribir algo muy importante, y, como pasa con el tal “Efecto mariposa”, cuando un tajalápiz rompe la punta del lápiz que yo estoy tajando, explota una bomba en Belfast.

La frontera

La vida en la frontera es dura porque estamos sometidos por el clima. En las mañanas hiela, y entonces tomamos café muy caliente, endulzado con panela, en jarros de peltre. En las tardes, cuando cae el sol, llega el frío de la noche. En ese momento encendemos una fogata y comemos galletas y un estofado con una cuchara de palo. A veces hacemos aguardiente en el alambique, siempre con el sombrero puesto. Pero no hay vacas, ni indios, ni oro, ni pasto. No hay nada ni nadie más. Esa es la vida en la frontera.

fantasía