Debería haber algo como Alcohólicos Anónimos pero dedicado a la condición humana en general. Algo así como: “Hola, soy Pacho, soy humano y llevo un día (o dos, o veintitrés o veinte mil) tratando de ser mejor persona”. Más responsable, más considerado, más ordenado. Lo que sea. Y que se llamara Humanos Anónimos. “Soy impotente ante los embates del día a día. Creo que un ser superior puede mostrarme el sentido común. Aprenderé a hacerle caso a mi intuición, pero también a la razón y a la evidencia” y todos esos pasos que no conozco y que no me importan y que me parece que deberían adaptarse a ese gran vicio de ser demasiado uno mismo (del que, por supuesto, se derivan todos los otros vicios).
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Síntesis
Estaba de paso por Bogotá y una noche fui a visitar a una amiga. Cuando salí y mientras esperábamos a que llegara el taxi, el portero del edificio le habló: “¿Cómo le parece, doctora? ¡Cómo será en los parques ahora! ¡Imagínese!” Se refería a que la Corte Constitucional había anulado una interpretación del Código de Policía que sancionaba el consumo de alcohol y de sustancias psicoactivas en los parques públicos. Ahora se puede consumir… ¡Como toda la vida!, con o sin código de Policía, porque con la excepción de los adictos severos, que por lo general son habitantes de la calle con problemas psiquiátricos, los “burros” y los borrachos no están en los parques a la misma hora que las familias; mientras que unos están en los parques, los otros duermen. Ante el silencio de mi amiga y mío, el portero hizo una pausa y agregó: “Y se nos fue Jota Mario…” Se refería a la muerte de un presentador de televisión de los 80 más bien soso, olvidable. Un empleado de una empresa de vigilancia privada, esa forma de paramilitarismo, el consumo de sustancias psicoactivas en el país que ha hecho evidente la ineficacia de la prohibición, y un presentador de televisión, ese medio cuyos contenidos locales solo sirven para embrutecer a la gente. Todo en una sola conversación.
La empatía
De lo que más me gusta es fumar y los de las aeronáuticas son los únicos que parecen comprender lo que significa la adicción a la nicotina. En los aviones hay un cuadernillo en el que advierten que está prohibido fumar en el vuelo y las azafatas lo dicen en sus anuncios del despegue. Como si eso no bastara, aclaran que la prohibición incluye también a los cigarrillos electrónicos y en los baños advierten que no se puede tratar de alterar el detector de humo: hacerlo es un delito punible que trae también una multa cuantiosa. No, no se puede fumar cigarrillo, tampoco cigarrillos electrónicos, en el baño tampoco y si pretende hacerlo y para ello alteraría el detector, eso también está prohibido. Esa claridad del mensaje y esa reiteración hacen que me conforme aunque sea un vuelo de muchas horas. Más que intimidarme las sanciones, es la comprensión de sus redactores lo que me disuade. Me parece una forma de la empatía.
Carácter y destino
Mi mayor miedo es que la vida, a través de alguien, de una situación o de la simple introspección, me revele que en algún momento tomé la decisión equivocada que me extravió de mi destino. Por ejemplo, que debí de haberme quedado en una ciudad de la que me resistía a irme; que debí de haber besado a una mujer que me miró como esperando a que lo hiciera; que ese trabajo que rechacé con pretextos me habría llevado por una senda mejor. Mi destino habría sido otro si hubiera hecho esa única cosa que no hice. Si no hubiera tenido una falta de carácter.
Un señor
Se terminaba el primer semestre en mi nuevo trabajo en Estados Unidos y había una reunión de todos los profesores en la que los directivos hacían un recuento de lo importante. Al final abrieron el foro. Habló una persona, luego otra; hicieron reconocimientos y dieron las gracias. Empezó a hablar una tercera persona y entonces sentí que tenía que dar las gracias por ese semestre. Soy el mayor de mi cohorte, nadie me pidió que lo hiciera, no lo hice por quedar bien y sabía que hacerlo no me iba a hacer sentir bien ni mal. Simplemente, tenía que hacerlo. Sabía que para mis colegas jóvenes era un alivio sentir que ninguno de ellos tenía que hacerlo porque para eso estaba yo, el mayor. Me puse de pie y di las gracias en inglés delante de más de cien personas a las que apenas conocía. Soy un señor, pensé.
La civilización
Por la Avenida Diagonal de Barcelona, a la altura del Paseo San Juan, hay una glorieta mal señalizada en la que convergen los carros a alta velocidad. Un conductor decidió cambiar de carril antes de llegar a la glorieta y, al hacerlo, cerró al carro de atrás que por poco lo choca. Los dos autos frenaron y del carro de atrás se bajó la mujer que iba de copiloto. Se acercó a la ventana del conductor imprudente, ese que casi los hace matar, y con las manos siempre cruzadas en su espalda a la altura de la cintura, lo insultó a gritos de la peor manera. Pero nunca se acercó demasiado al vidrio, nunca hizo el menor gesto de agredirlo físicamente, ni siquiera de golpear el carro. Vi esa escena hace más de quince años. Pasaron tres mil para llegar a eso: la civilización.
El antepasado
En Colombia todo el mundo tiene un bisabuelo o un tatarabuelo que fue riquísimo y lo perdió todo porque hizo un mal negocio o lo estafaron o se bebió toda la plata o la jugó toda. Por eso nosotros no somos ricos, pero en realidad seríamos los dueños de la mitad de las tierras del país. Curioso. Le he oído esa historia a tanta gente, que las opciones son dos: o Colombia es un país mucho más grande de lo que parece, o todo el mundo resulta ser primo entre sí y, sin saberlo, comparte ese mismo antepasado loco y derrochador. Por supuesto, tengo una hipótesis: se trataba de un potrero grande, una casa y unas vacas, y ese pequeño capital se malgastó en una generación. Esa fue la famosa “fortuna familiar” hoy perdida.