Desadaptados

El día del Paro nacional en el que hubo la mayor concentración de gente en el monumento a Los Héroes, salí después de las diez de la noche de donde una amiga que, por mi cumpleaños, me había invitado a comer a su casa, a pocas manzanas del monumento. Bajé por la calle 85 para tomar la Autopista Norte. Iba en mi carro, satisfecho de mí mismo y de mi vida, y por el carril de los buses de Transmilenio caminaban los últimos marchantes; todos jóvenes; unos con la bandera de Colombia sobre los hombros como una capa y otros con la camiseta de la Selección de fútbol. Me conmovió que muchos fueran solos (supongo que habían venido de muy lejos y que a esa hora regresaban a pie a sus barrios porque no había buses). Pero, ¿y qué necesidad hay de hacer eso? ¡Si yo a su edad estaba estudiando en la universidad y los fines de semana en la noche estaba con mis amigos en la Zona T o en La Candelaria! Cómo no ver algo tan evidente: que si un joven sale a protestar varios días seguidos y termina su semana caminando solo por las calles de noche, exponiéndose a ladrones y policías, es porque está mal de muchas maneras, de todas. Está llamando la atención, dirá algún viejo pendejo. Exactamente. Y es por eso que tenemos que prestarles toda nuestra atención. “Desadaptados” escribió una revistucha semanal hace unos días, refiriéndose al performance que hizo una joven frente al edificio de dicha publicación. Y viendo a los caminantes esa noche se me vino a la mente eso de “desadaptados”. Por supuesto que son unos desadaptados porque, ¿a qué se supone que tienen que “adaptarse”? ¿A que les disparen a los ojos?

Las tapas

A todos los niños les dan al comienzo del año escolar un bolígrafo azul y uno rojo; cada uno cumple una función. Son objetos importantes en la vida de un colegial. Y siempre hay un niño que le pone la tapa roja al bolígrafo azul y la tapa azul al rojo. Apenas lo hace, se siente muy ingenioso y los deja así. A muchos les gusta esa pequeña rebeldía, ese cambio que ni siquiera rompe una regla, pero solo un niño se copia; al resto del curso le parece una tontería molesta (esos son los juiciosos y ordenados, su vida será buena y aburrida). Las profesoras, por su parte, se irritan, quisieran decirle que no cambie las tapas, pero es una nimiedad que revelaría su propia neurosis. El niño deja de sentirse orgulloso con el tiempo porque eso se volvió su “marca”, pero deja las tapas así, aunque a menudo se lo reprocha: «ni siquiera se ve chévere, me tiré todo». Además, a veces se equivoca de bolígrafo, daña la tarea y tiene que empezar de nuevo. Yo sigo siendo ese niño que cambia las tapas de los bolígrafos.

Un pecado

Vivía en un apartamento que le había arrendado a una pareja mayor. El hombre se llamaba Rafael y se murió en un viaje cuando yo aún era el inquilino. Mi nombre es Francisco. Pocos días después de la muerte de mi arrendatario, estacioné mi carro en un centro comercial y, cuando salía, dos viejos se me acercaron. Eran amables y paternales. Uno de ellos me preguntó que si mi carro estaba a la venta. Por esos días yo había pensado en venderlo, así que le dije que sí y le di mi número de teléfono fijo. Dos días después entró una llamada a mi casa. Al otro lado de la línea, un hombre preguntó por Rafael. Supuse que era un conocido del difunto y le contesté con gravedad que había muerto hacía unos días. El hombre se aterró con la noticia y me dijo, muy afectado, que lo había conocido hacía apenas dos días porque le había gustado mucho su carro y lo había abordado para preguntarle si estaba a la venta; se había equivocado de nombre. Con una mezcla de crueldad infantil y pereza de aclarar el malentendido, le reiteré la noticia de mi muerte.

Resiliencia

Paso en mi carro por la Autopista Norte de Bogotá y veo a los caminantes andando por la berma con sus morrales. Grupos de jóvenes, familias y solitarios. Presumo que la mayoría son venezolanos. Tienen hambre de meses, tal vez de años. Se ven agotados y quemados por el sol y el helaje. Y se me viene a la mente La carretera, la película basada en la novela de Cormac McCarthy. Me pregunto entonces por mi piedad y después pienso en la tal resiliencia. Sí sí sí, la pandemia ha sido dura para todos, yo sé, pero, ¡por favor! ¿Resiliencia? ¿Reinventarse? Resistencia la de ellos. Nosotros, los otros, los de techo y comida, los que tememos: a callar y a dar limosna, pienso.

La familia

El peluquero siempre me preguntaba: “¿Qué tal la familia, la señora, los hijos?”. Y yo, solo porque no quería entablar ninguna conversación con él, siempre le contestaba: “Bien, bien, gracias”. No tengo esposa ni hijos. Un día pasó la afeitadora por unas verrugas que tenía en el cuello y las cortó. Salió sangre. El peluquero se apenó mucho y mientras me limpiaba la sangre me decía: “Uy, no, no, no. Yo cómo lo voy a mandar así a su casa, qué va a decir su señora”. Me indignó que a su chambonería, le sumara esa imprecisión constante sobre mi vida.